CONTRATAPA

Manto negro

 Por Beatriz Vignoli

Las formas entre nosotros se convierten en animales.

Robyn Hitchcock

- ¿Elena Ellena? - pregunta una voz de hombre en el portero eléctrico de la redacción de El Atopiano. Digo que sí, que me espere y bajo por las escaleras; el ejercicio calma los nervios. Es mi primera nota en Policiales y tomo un taxi, total lo paga el diario. Subo y le indico al taxista la dirección adonde voy, que resulta ser la de un departamento con vista al río en Barrio Martin. Es la siesta de un jueves y estoy faltando a una cita, y en la radio del taxi suena a todo volumen "Se me retobó el potrillo (No lo puedo controlar)", el hit otoñal del grupo de cumbia bucólica Los Tabernícolas, con su pegadizo estribillo y su picardía al borde del escándalo público. Y el tachero se ríe. Muchos años pensé que era yo que no lograba hacerme respetar por los taxistas. Pero ahora tengo una hipótesis mucho más plausible: no se me burlan siempre, sólo cuando voy a ver al Perro, cuando los tomo para ir a ver al Perro. O cuando creen que los tomo para ir a ver al Perro. Se dan cuenta o creen darse cuenta, lo olisquean en el aire. Creo que ninguno de ellos soporta ser el chofer de una mujer que por su edad podría ser una casada infiel: ¿se solidarizarán con ese marido mío que no existe?

¿O sabrán que el Perro es casado? No sé si el Perro es casado, nunca le pregunté. Me cansé de empezar una pregunta y que él me interrumpa con un "¡SSSHHHH!" porque no quiere romper esto que a esta altura ya es un voto de silencio eterno. Antes por lo menos me decía: "Hola, Elle". Y yo le respondía: "Dos revistas" (tengo un humor muy nerd, y/o nostálgico). El Perro es el único que me dice Elle y no Ele. Digamos que me llama por el apellido. "O por el pronombre", como me dijo una vez mi terapeuta. No voy más. Digo, a la terapeuta. Al bulín del Perro seguí yendo. Nadie entiende mi relación con el Perro. No puedo decir que el Perro no es humano, porque lo es. Pero es como si no lo fuera del todo. Tiene esa sonrisa que no es del todo una sonrisa: es una mueca rígida muy similar a como parecen sonreír los perros, con las fauces entreabiertas y parte de los caninos al aire. Tiene hasta el flequillo lacio de algunas razas. Tiene ese traje gris tramado denso, y lo lleva abierto en el vientre, donde expone ese manchón blanco que es su camisa suave de algodón, y a mí ese contraste de color y de textura me recuerda la diferencia entre el pelaje o plumaje dorsal y el vellón o plumón ventral de varias especies de animales, tanto mamíferos como aves. Tiene el Perro, además, esa corbata que parece una correa y un collar puestos al cuello; un señor formal sin corbata posiblemente asuste tanto como un perro grande suelto. El Perro tiene perros, además. Muchos. Entrena ovejeros alemanes los fines de semana. Intuyo que aparte de mí son su única compañía, y se ha ido mimetizando con ellos. No lo sé por él, pero muchos de esos perros luego son los guardianes de mi hermano. Tampoco lo sé por ellos dos, pero sé que de lunes a viernes el Perro le cuida otros asuntos. Sólo descansa los jueves, de 13.15 a 15.45, para verme dos horas y media. Una lealtad perruna lo ata a mi hermano, Stepan Winograd, alias Steppenwolf, a quien no le dirijo la palabra desde hace años.

Como Caín, el Perro es el guardián de mi hermano. Con el Perro tampoco me hablo. Nos comunicamos en otro tipo de lenguaje, si es que se puede llamar comunicación a eso que sucede entre nosotros, a esa manera en que el Perro se me arrima para que lo abrace y se queda como soportando mis muestras de ternura, y si yo a mi vez soporto que él sea así es porque intuyo que desde lo hondo de su cuerpo de animal humano proviene una mansa gratitud hacia mí y hacia lo que a falta de otro término más adecuado llamaré mi cariño. El Perro se amansa cuando le acaricio la nuca. Me gustaría hacerle un masaje cervical dorsal completo, pero no se deja. Supongo que tendrá otra gente para esos menesteres, que tal vez le parezcan humillantes para la hermana de su mejor cliente. O no sé. Con el Perro nunca se sabe. Está, y eso es todo. Si desapareciera, no me explicaría por qué, pero tampoco explica por qué ni cómo está aquí cada jueves.

Mi acceso al hombre siempre fue así: por gravitación universal, por darwinismo alcohólico, por azar, porque éramos los últimos, porque éramos los únicos (él el único tipo o yo la única mina), porque él o yo justo estábamos ahí. "Yo no busco, encuentro", decía Picasso. Sin premeditación pero con alevosía, la pasión fue eterna mientras duró. Efímeros infiernos o paraísos, todo un edén del cuerpo. Como un clip de la gran película que en realidad no había; como un trailer. Amores trailer. Mil grandes momentos intensos en un minuto. Con el Perro no es así, es todo más estable. Es como volver a ver siempre la misma propaganda. Es como un montón de armas detenidas al borde del disparo. Además tengo mis serias dudas de que haya sido puramente azaroso nuestro primer encuentro. No estaba ahí por casualidad: se las ingenió para estar ahí para mí.

Yo ya no le pregunto nada. Me encanta cómo se entrega cuando lo ablando. Es la de una fiera su mansedumbre. Yo debo tener una zoofilia no asumida, una zoofilia de closet. Lo mío con el Perro es zoofilia pura. No es humana su belleza, que sólo yo sé ver. Hago abstracción de todo lo demás. Y trato de pensar que es él quien se me entrega. Y trato de no pensar en que probablemente sea al revés, sea yo la prenda de paz que le ofrendó mi hermano, sea yo la moneda con que le paga, no ya por su trabajo (que le paga) sino por su lealtad. El Perro y mi hermano pertenecen al mundo de las lealtades trabadas, las tramas cerradas de intereses, los pactos de silencio lapidarios. Son la clase de hombres que terminan siendo comida para los sábalos si alguno comete un error.

Yo creo que los sábalos de Atopia son carnívoros, o se han vuelto: han mutado a pseudo pirañas por adaptación al agua dulce del Paranadá, a fuerza de ver caer adentro de esas aguas turbias, muy turbias, a toda clase de hombres perro y de hombres en general. Los hombres perro de Atopia, cuando al fin caen al río a dormir con los sábalos, caen a plomo hasta el fondo del lecho del río por el plomo que llevan metido adentro, de las veces en que los hombres lobo que los mandan intentaron hacerlos matar y fallaron. Así duermen, cuando duermen. El Perro no duerme mal, está tranquilo. Gruñe en sueños, pero por lo demás duerme tranquilo. Una sola vez lo vi dormir. Y sospecho que no se lo perdonó. Lo dibujé dormido, pero él no lo sabe. Creo que me odiaría si supiera. Al Perro no le gusta que lo haga sentirse vulnerable. No me deja que yo le saque la ropa ni me hace caso cuando le pido que se deje puesta la camisa. Se desviste él y con toda prolijidad, alisando y colgando prenda por prenda. No quiere arrugar nada: toda imperfección es evidencia que lo incrimina o lo avergüenza y él después tiene que seguir trabajando el resto de la tarde. "Estoy trabajando" es el ladrido del Perro, la única frase que atina a articular como excusa. Es su feroz manera de decir: "hoy no". "Estoy trabajando". ¿Contra quién? Es lo que prefiero mejor no preguntar.

"Se me retobó el potrillo, no lo puedo controlar./ Se me retobó el potrillo, no lo puedo controlar.// Mi potrillo era mansito, se dejaba dominar./ Lo tenía guardadito, tranquilito en el stud./ Pero ahora está loquito, quiere ir a galopar.// Se me retobó el potrillo, no lo puedo controlar, ¡ay ay ay!/ (CORO): Se le retobó el potrillo, no lo puede controlar.// El potrillo me la vuela, no lo puedo pilotear./ Cuando pasan las mujeres me lo vienen a mirar./ El asoma el hociquito y ellas lo quieren montar.// Se me retobó el potrillo, no lo puedo controlar, ¡ay ay ay!/ Se le retobó el potrillo?" (ad libitum).

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