CONTRATAPA

Z

 Por Víctor Zenobi

Hace muchos años, cuando era un adolescente, mi padre decidió mudarnos a uno de los barrios más elegantes de la ciudad. Recuerdo que descendí de su automóvil fascinado por la gran avenida, cuando la presencia de un joven que nos observaba reclamó mi atención. Estaba apoyado sobre la precariedad de una puerta vecina que contrariaba la cualidad predominante del ambiente. Instintivamente sentí una espontánea vinculación. No referiré su nombre, Hoffman opinaba con razón que los nombres suelen ser un estorbo, me bastará con llamarlo Z... lo cual no es arbitrario ni insignificante.

Una pasión en la vida es tal vez demasiado; Z profesaba dos. La primera era su pasión por la lectura; la otra, derivada de la primera, eran los linyeras. Resueltamente contaminado por sus afecciones, un mediodía me atreví a las inmediaciones de la plaza Guernica, donde los linyeras se juntaban para comer, pero mi osadía tenía límites. Z no los respetaba; se mezclaba con ellos y accedía a algunas historias que muy pocas veces comentaba; la historia de Ramón que se perdió por una Helena más inestable o la historia de Omar que perdió a su pequeño hijo en una noche de borrachera. Esas historias nos llenaban de una incontrolable ansiedad y nos insinuaban un universo cercano y sin embargo desconocido. Hacia el naciente, hacia el lado del río y del rancherío díscolo de sus orillas, se extendía La Sexta. La decadencia de sus prostitutas y de sus rufianes agónicos había mitigado el temible prestigio de sus fronteras y cada tanto, impulsados por inconscientes alardes de coraje, realizábamos incursiones más allá de la vía y sorteábamos los meandros de la brusca barranca. Cada tanto nos topábamos con nuestras bandas rivales y los palos y las piedras menudeaban hasta que, una tarde, alguien exigió una tregua y propuso que un duelo individual dirimiese la cuestión. Z no vaciló en aceptar. Se debatió con verdadero coraje y cuando el duelo terminó, Z, que no había llevado la peor parte, tenía la frente horadada por una herida profunda. Pese a eso nos emborrachamos y advertí una extraña cualidad de mi amigo. En el desvarío del alcohol, Z me confesó que cada tanto lo asaltaba la sensación de vivir ciertos momentos, en otro tiempo y en otro espacio que se superponían al actual. A veces pensaba que era una mezcla de una vivencia suya, ocurrida en el pasado, que se mezclaba con la vivencia de un libro o de un film, pero con toda la sensación de un deja﷓vu que presagiaba su muerte. Por ejemplo, me dijo en voz muy baja, "recién tuve la certeza de que yo era Teucro Telamón, abatiendo al eximio Gorgitión, hijo de Príamo y la bella Castianira". Esa sola mención me asombró, puesto que fue la imagen que me asaltó mientras asistíamos a su pelea.

Por supuesto, mi asombro no duró mucho; pero a los días, sus padres decidieron separarse y la madre decidió fugarse en el apogeo de la primavera. Z no se desesperó, ni siquiera al saber que deberían mudarse hacia el Saladillo, donde sus abuelos poseían una casita muy humilde. Yo lo increpé al respecto, dando por sentado que era imposible soportar lo acontecido sin una queja, y su respuesta me dejó perplejo: "Mi madre no es Dido", me dijo, que era justo la imagen que había acudido a mi cerebro... Como yo insistí, me pidió que lo acompañase a ver a una mujer que solía vagabundear en las inmediaciones de la estación Rosario Oeste. Hasta allí me condujo y logró que me fuera revelada la fascinación. Jala era alta y desgreñada y su rostro ajado consentía una cierta belleza en su mirada extraviada. Tenía la costumbre de aparecer hacia el crepúsculo y recorrer los andenes desolados, atravesar el terraplén y detenerse en un baldío vecino, aguardando la aparición de la luna.

Cuando los primeros haces de luz se derramaban sobre el lugar, comenzaba a danzar al compás de una música que ella misma expresaba con su voz melodiosa y grave, que durante mucho tiempo no pudimos dejar de escuchar. A veces, cuando una nube bisectaba la luna llena, la del creciente o del menguante, el rostro de Jala se descomponía de dolor y se arrojaba a llorar con desconsuelo. Con un cierto pudor, yo insistía para irnos, le aseguraba que Jala estaba loca, pero Z no me escuchaba, atravesaba el terraplén y se ponía a bailar con Jala quien se recomponía en presencia de mi amigo, con una sonrisa que iluminaba su rostro de una manera muy especial. A partir de ese momento, algo en mí trató de evitarlo, incluso intentaba desalentar toda posibilidad de identificación y de los gustos en común sobre nuestras lecturas, porque algo inexplicable y hasta cierto punto siniestro se establecía entre nosotros. Algo, que en el espacio progresivo de nuestros sueños, donde tejíamos la telaraña multifacética de nuestras propias figuras, atentaba plenamente contra nosotros, bajo el signo de una relación extrema que nos conducía a un desvío.

Z parecía no darse cuenta, me seguía hablando con palabras que pertenecían a nuestros libros insignes y nos dejaba a mí y a los otros con la convicción, no declarada, de un extremo desatino. De todos modos, aunque mantuve nuestra amistad, evité visitarlo con la frecuencia anterior; la vida me había deparado algunas experiencias importantes y el fluir del tiempo era una melodía necesaria que impulsaba nuevos proyectos. Al cabo de dos años me recibí de ingeniero; me aguardaba la fábrica de mi padre y la tranquilidad inusual de sentir el futuro suficientemente asegurado. Tal vez eso me perdió, dispuesto a sostener esa imagen no pude eludir una cierta precariedad que todavía me asalta cuando entro a la fábrica y no puedo disimular del todo que soy un extranjero. Ninguna vivencia ha logrado desalojar del todo esa sensación.

En fin... la búsqueda de uno mismo encierra la potencia de atenuarse en beneficio de lo que uno ama y yo no supe ser digno del placer o la emoción que esas experiencias deparan. Lo cierto es que algo perdí, algo que Z en algún momento aprovechó. Fiel a sus hábitos insondables, un invierno le presentó a una muchacha de una contrariada belleza; nunca supe los vaivenes de la relación pero supe que la joven había dado a luz a una niña que Z llamó con el nombre esperable de Ifigenia. Previsiblemente el matrimonio fracasó y la mujer se llevó a la niña fuera de Rosario. Oscuramente me sentí más cerca que nunca de él, me parecía que padecíamos un fundamento que nos impedía adecuarnos a la consistente vigencia de las cosas, a ese aspecto sereno y cerrado donde uno es el eternamente extraño. Para colmo de males, un fin de semana arrebató la vida de mi hermano Martín, una de las personas que más quería y pude comprobar que el destino suele ser irreverente y cruel.

Absurdamente, en el epicentro de esa noche mortal, apagué la luz para que murieran los colores y acaté la mutación inquietante a la que se someten cuando los intercepta la oscuridad, dejando que mis sensaciones persistiesen predispuestas para cualquier aprehensión, pero ninguna parecía imprescindible para la posibilidad que es el ser de la cualidad. En ese momento Z apareció y como era su costumbre me dejó un libro en versión latina: Las metamorfosis de Ovidio. No dijo nada, sólo me apretó las manos, dejó el libro y se fue.

Curiosamente sentí que era la única persona digna de mi duelo y quizá la prueba evidente es que al cabo de unos meses, una mañana me trajo el sabor suficiente de una pequeña y humilde aventura. Había podido desentrañar después de una traducción seguramente imperfecta el libro. Casi lloré de felicidad, me pareció y me sigue pareciendo que había nacido para vivir ese momento y de inmediato, decidí visitarlo para retomar nuestra amistad. ¡Ojalá no lo hubiese hecho! Z se había sumido en una completa degradación. Su extravío se advertía en el comentario de sus últimos trabajos, y en vez de asumir las consecuencias de su actitud me hablaba de Bartebly, el escribiente, de El Quijote y de Dante y Virgilio. Además, eludía el hecho de que había sido despedido de su trabajo; habiendo cobrado una buena indemnización por su despido.

Como podía arreglárselas por un tiempo, decidí dejar de verlo. Pero unas semanas más tarde, un sábado para ser más preciso, cuando paseaba por la avenida costanera, bajo el derroche floral de los palos borrachos y de los jacarandás, creí reconocerlo mientras deambulaba sobre la explanada del puerto. Estaba extremadamente delgado y pálido y decididamente enfermizo; lo detuve y logré invitarlo a una merienda que lo reconfortó ostensiblemente. Cuando nos despedimos, pude obtener una invitación de su parte para ir a su casa, tras unos callejones laterales del Saladillo que daban sobre el arroyo de aguas turbias y contaminadas de fango. El violento sol de enero parecía intensificar la pobreza y la tensión siempre tácita de sus calles. Pese a lo concurrido del ambiente se advertía la cercanía riesgosa del frigorífico y el desfile numeroso de rostros con cierto aire de resentimiento, gente morena que desdeñan al blanco, conservando una antigua discordia de razas disímiles, de español y de aborigen.

Recuerdo que me sentía incómodo en el barrio, me parecía percibir la opresión de las miradas que sabían detectar la presencia del extraño. Movido por el más irreprimible de mis hábitos, me demoré en el bodegón de la esquina y desde la amplia ventana observé el desplazamiento de los transeúntes, la fachada gastada del viejo cine Diana, la contactación heteróclita de los carretones con los automóviles y el tranvía. No sé qué fue, si la constelación extraña, las letras A o la Z que había garabateado sobre mi libro, la cucharita con la que revolví el café, pero sentí como nunca la potencia versátil y extraña de la vida y me sentí vacío, un tanto inútil, incluso de más...

Frente a la puerta de su humilde vivienda, un rato más tarde, tuve una última vacilación. Algo debo haber presentido. Un vecino me dijo que Z había muerto hacía unos días y que su cuerpo había sido llevado a la morgue municipal. Entré con cierta vacilación y una pesada tristeza que se obstinaba en entorpecer mi vista al ver la cantidad de papeles que se hallaban desparramados. Recordé la promesa de quemar sus escritos. Un rayo de luz penetraba diáfano por la claraboya y parecía estallar en el secreto centro de la tarde. Hurgando entre sus notas, encontré el atado de cartas que mi amigo deseaba incinerar. Leí el destinatario de algunas: la primera decía Sr. Leopoldo Bloom, Dublín... Otra: Sr. Mersault, Argelia... Otra: Sr. Augusto Perez, España... y todas habían pasado por el correo y habían sido devueltas al remitente por no encontrarse el destinatario.

Me sentí mal, pensé que había eludido una verdad ineludible que ya no tenía remedio, y fui arrojando cada una de las cartas al fuego, pero cuando llegué a la última no pude resistir la tentación de abrirla. Decía así: "Querido Matías Pascal. Tan luego a mí me pregunta usted acerca de cambiar de identidad. ¿Qué le puedo responder? No soy yo la persona indicada, ya que he vivido en la imperfección de la soledad y de los sueños. Tiene usted más consistencia que yo que estoy perdido en un pobre arrabal sudamericano. Mi realidad me impide ser digno de crédito; al menos así me parece. Sea como sea, Ud, tiene la necesidad de ser importante para alguien; eso ya es bastante y puede intensificar la potencia de la vida para la que uno supone haber sido engendrado. Desde aquí uno puede advertirlo, desde aquí donde lo común es pasar desapercibido. Mersault me dijo una vez: cuando la vida se apaga, la tarde es una tregua melancólica. Me basta asomarme a la ventana y ver a la gente de mi barrio para saber que es cierto. Le agradezco que haya pensado en mí para preguntarme algo tan importante; lamentablemente no estoy a la altura de una respuesta. Toda mi vida he conversado con fantasmas y es dudoso o muy excepcional sacar un provecho práctico de ello. Con todo afecto. Z".

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