rosario

Miércoles, 10 de mayo de 2006

CONTRATAPA

SIETE

 Por Federico Tinivella

Lunes:

Sacudo los brazos a los lados del arroyo que trazó un perro, una ruta muerta. Extiende la mano entre los pinos agitados por las líneas de una mano. Veo en la mitad del camino, se caen del cuerpo, veo en una garita temprana las manos congeladas sobre un bolso. Recuerdo esas fotografías robadas desde la ventana de un auto, cuando no pensar en nada.

Desde un papel de diario, desde ese olor, rescato las frescas dudas que me traían hasta los cordones de una calle sin números. En el otro viento que hacia atrás invitaba a quedarse, monté las bocas de puentes destartalados como huesos con fiebre, llanuras de espacios quietos como las heridas del otoño.

Martes:

La imagen del vapor de la cintura de un trozo de pan. En la huella que dejan unas paredes sobre restos de dibujos articulados en celofán, sobre recuerdos primarios. En un arroyo en donde el eco devuelve las llaves de un desierto. Ahí, en la espalda de este martes, donde los aullidos articulan un juego perpetuo, dejo de esquivarme. Zigzag, cornisas de escarcha en los frentes de un mueble viejo, escrito de pies a cabeza, en el fondo duermen arrugadas, no perdidas, las cantimploras y los versos de un ciego.

Miércoles:

La cabeza se caía, sudada, fría, que me des alguito, a la orilla de un disfraz, sobre esas mantas húmedas. Pido gancho. Y en la cara de un viejo las patas de un insecto quiebran el paisaje, atan las puntas de un boleto. Secaban con trapos los restos inacabados de postales manchadas. Detrás de esa niebla, en el temblor de unos tachos, buscábamos algo para liquidar. Ya puedo colgar, sobre unas perchas de plástico los nombres al sol de los pibes que buscaban.

Jueves:

Repto en las vasijas del patio que como adoquines siembran un manso territorio, de allí a las afueras de las costuras, lo malatado. En la superficie de verdes que comíamos, de verdes ácidos arrancados, los chupábamos esperando el bondi, esperando que pase algo. Era entrelazar el show de muñecas de plástico en un teatro desolado. Autopsia de muñeca que en el espejo del techo más tarde nos acogió, en ese instante, ese reflejo. Los disparos sobre esas vasijas cargadas de un tiempo de patio yacen ahora sobre baldozas, pedazos nuestros despedazados. Los pájaros se acercaban a beber el agua que la lluvia dejaba. Apartadas, las muñecas iban a bailarse sobre los volados de las piernas de las vecinitas, que se arrancaban las trenzas con el sol de contramano.

Viernes:

Saqué de ahí los pinceles, los pinceles que estaban ya secos, en el frasco seco. Les di agua, les di para que bebieran, para que volvieran a vivir, para que yo pudiera hacerlo. Saqué del armario los pomos, los restos de los pomos que estaban secos, tenían una nueva tapa de su color. En el marco había que meter algo, jugar ahí adentro, con los colores gastados, con los pinceles en coma, conmigo. Algo había que hacer ahora y lo que era blanco se tiño de vino, de una mano resucitada, lo que nada había, lo que nada digo, en el blanco se abrió como las bocas de los subtes, otro territorio, en la superficie, en el aire que hay cuando se sale de los pozos.

Sábado:

En la calle, que ahora es amplia como una tela colgada, mancho con los pies su cara, como si en la tela colgada salpicara un pájaro, los pájaros que no tienen bordes ni cordones. Pesan ahora en las telas del cuerpo los pisos que quedan, que caen desde arriba. Sacaban detrás del cuerpo la silla sobre unos postes de madera, ataban la sombra desierta con la mirada despoblada.

Recuerdo esas estaciones deshabitadas de sábado que quedaron congeladas en un cuadro en la pared de un viejo ferroviario. Recuerdo ahora, que los cuadros pasaron a las cajas de embalaje y de los bostezos, de las plumas de los pájaros no sabremos nada hasta que se vuelvan a abrir. Como cartas en un buzón que se tejieron en el viaje o en las lágrimas de un té canasta.

Domingo:

En aquella sala no había música, y estaba abierta sólo los domingos.

Solíamos juntarnos ahí, por la mañana, a preparar artesanías que después obsequiábamos a nuestros padres, porque éramos muy pequeños y no pensábamos más que en nuestros padres todo el tiempo y en cómo demostrarles que éramos buenos y lo que ellos siempre habían soñado. Para llegar a aquella sala, a la que se accedía por escalera, nos pasaban a buscar en un auto y estábamos ahí hasta el mediodía. Todavía conservo un señalador de cuero que tiene pintado sobre sí una flor de ceibo, casualmente hoy, caminando por Circunvalación, avistamos una. Me pregunto ahora qué era aquello, para qué nos llevaban a esa sala sin música un domingo a la mañana a realizar artesanías, sí ninguno de nosotros lo había pedido, si nosotros no habíamos pedido nada.

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