CONTRATAPA

Ideas para un país del carajo

 Por Javier Chiabrando

No se hace un país sin ideas. Ante una idea que no generamos, aparece una del FMI o caraduras del estilo. O bien ese vacío termina ocupado por las ideas (o buzones) de los que tienen la sartén por el mango: no se crece sin inversiones extranjeras, la emisión de moneda genera inflación, el estado siempre es ineficiente, los equipos se arman de atrás hacia adelante, y un largo etcétera. Como nunca vienen mal unas ideas extras, y respondiendo al reclamo de los clubes de fans que se organizan alrededor de mis contratapas (algunos ya insisten en que me presente como candidato a presidente, o que al menos salga en la tapa de Paparazzi como probable amante de Luly Salazar), acá van un puñado de ideas que intentan hacer de este gran país, un país inigualable.

Lo primero que propongo es que Argentina se vuelva una superpotencia mundial sin levantar polvareda y sin que se enteren los mercados internacionales y otros alcahuetes. Igualito a esos tenderos de pueblo que meten billetitos debajo del colchón y un día se compran la cuadra. Si descubrimos que toda la Patagonia es un pozo de petróleo, diremos que preferimos no extraerlo para no lastimar el paisaje. Si la soja llega a mil dólares el kilo y el mundo languidece de sequía, simularemos que este año sembramos remolacha. Y un día seremos potencia, pero de incógnito. Así esquivaremos los pechazos, porque seguro que al toque se viene España con que somos primos y que el saqueo a que nos sometieron durante siglos eran las típicas bromas familiares que con el tiempo consolidan los vínculos. Otra cosa que hay que evitar es la envidia, que en muchos casos se parece al boicot. ¡Pero sobre todo hay que evitar que todos los muertos de hambre del mundo se vengan para acá! Mejor que sigan yendo a EEUU, que tiene Las Vegas, el cañón del Colorado, el bourbon y esas cosas que nosotros nunca tendremos (vean como ya aprendí a disimular).

Una vez vueltos superpotencia, compramos Europa, que anda de remate. No es necesario descapitalizarse. Basta con las monedas que van quedando en los bolsillos de los pantalones.

Al principio los europeos se van a escandalizar, pero cuando se den cuenta de que es un triunfo más del capitalismo que defienden a muerte (y van a morir de eso, para creer que tienen razón), se van a enorgullecer de su antigua colonia. Una vez resuelto los problemas legales y formales (que incluyen que cualquier europeo puede integrar la selección argentina de fútbol y que cualquier vino con soda se puede llamar champagne), declaramos a Europa provincia argentina y la cercamos para evitar que los europeos pobres nos invadan (no con alambre de púas: es antihumanitario; con un muro pintado por nuestros ilustres fileteadores).

En tanto, a los argentinos que creen que cualquier país es mejor que éste, los becamos y los mandamos a vender pastelitos de dulce a Mónaco o choripanes a Champs Elysees. Por último, a los malandrines, presos o en camino de serlo, les damos la ciudadanía inglesa y allá los mandamos, como para que se sientan en casa.

Hay más. Para lograr la definitiva pacificación de los argentinos propongo crear el San

Argentino. Se trata de fundir a todos los santos, paganos y no tanto, vivos y no tanto, sean Perón, Evita, Néstor, Maradona, el Gauchito Gil, la Difunta, Vilas, Ceferino y etcétera, en uno solo: el San Argentino. Un día al año todos los habitantes de esta tierra nos citaremos en las plazas a vivarlo, sin banderas políticas ni enconos. Tomados de la mano y cantando, carriotistas, setentistas, golpistas, resentidos y esperanzados, nos fundiremos en uno. De paso, declaramos un único día feriado en todo el año, el día de San Argentino. El resto, a trabajar, para volvernos, como dije arriba, una potencia. Una vez pacificado el país, declaramos el Domingo Celeste y Blanco, a la manera del Domingo Rojo de los países socialistas, que era juntarse con los vecinos para pintar escuelas, etc. Nuestro Domingo Celeste y Blanco lo dedicaríamos a ayudar a levantar la soja de los productores argentinos, grano por grano, sin dejar en la tierra más que el sudor de nuestra frente. Así nos garantizamos seguir creciendo económicamente como país (ya no oírlos llorar) y de paso cumplimos con el nunca tan apreciado concepto de que Argentina es el campo o el campo es Argentina. ¿Se imagina cantando zambas entre los surcos (como negro esclavo feliz de poder cantar blues bajo la lluvia de latigazos), mientras Biolcatti le ceba unos mates y le recuerda que el campo es Argentina y Argentina su campo y que las vaquitas son suyas y las penas nuestras?

Va otra idea: horarios para llorar. Hace años, los japoneses aumentaron la producción de sus fábricas dejando que los obreros bostezaran durante un tiempo preestablecido, digamos cinco minutos por día. Yo, teniendo en cuenta que nuestra realidad es la de llorar un tanto en exceso, propongo que se instale una vez al año el día de la llorada nacional. Seguro que eso va mejorar nuestra calidad de vida, porque ?y el que avisa no es traidor?, no se podrá llorar fuera de horario. De suceder, te perseguirá la AFIP. Y el tiempo que ahora los argentinos dedican a llorar, podrán dedicarlo a proponer ideas, ayudar al vecino, aprender a bailar, a tocar la guitarra, malcriar nietos, o volver al viejo hábito de leer libros y hablar con fundamentos. Lo que esta idea no contempla (soy creativo pero no mago) es qué van a hacer los periodistas y políticos que viven de llorar.

Sigo. Hay que poner en vigencia la Ley de los Presidentes Intercambiables. Después de ponerla en práctica, la democracia será mejor y nosotros (más concretamente yo) pasaremos a ser importantes como los griegos que la inventaron o los franceses que la pusieron en práctica. Mi idea propone que todos aquellos que se presenten como candidatos a presidente tengan, según los votos que saquen, la posibilidad de ponerse la banda presidencial algunos días al año. De esa forma, ellos sabrán si ese destino para el que se imaginaron capaces está a la altura de sus talentos y torpezas, y de paso nosotros sabremos qué nos espera con ellos en el poder. Tres días con Lilita a cargo de las decisiones puede ser una experiencia lisérgica, clave en nuestras vidas como cuando tuvimos papera o se nos murió el gato. Una semanita con Binner a cargo puede curarnos de la crispación cual cura de sueño. Incluso a Macri habría que darle la posibilidad de que sea presidente por una tarde y que ponga en práctica esas ideas transformadoras de paz y amor que pregona como si no tuviera otra que ésa (y esa fuera prestada). De paso vamos a ver cómo le echa la culpa al gobierno nacional de todo siendo gobierno nacional.

La última idea es abolir, por decreto y anunciado por cadena nacional, la cruel práctica infantil de mandar el gordo al arco. En ese hábito argentino nace el derrotero de uno de los personajes más conflictivos de los últimos años, sea por sus devaneos ideológicos, sea por sus cambios de frente, sea por hablar mal de quien luego alabará como si en eso se le fuera la vida (o los ahorros). Me refiero a Lanata, claro, al que sus amigos mandaban al arco desde el jardín de infantes. Allí, entre revolcada y revolcada, comenzó a odiar a todos por igual, contrincantes ocasionales (que le querían hacer goles), amigos fieles hoy y no tanto mañana (que en su vida serían legión), y compañeros de juego (los que lo mandaban al arco). Y un día juró cargarse a todos sin importar quiénes eran ni qué pensaban. Le bastaba lo que pensaba él.

Vea como en una tarde de lluvia resolví media docena de problemas, internacionales y de orden interno. Ya sé que no resolví el gran problema argentino: cómo conseguir dólares, pero piense que el mundo nos va a admirar como nosotros admirábamos a los parisinos, que podremos ir a Europa con pesos argentinos, que los argentinos que odian Argentina ya no podrán hacerlo porque eso equivaldría a odiar Francia, que los políticos que putean al gobierno nacional ya no podrán hacerlo porque ellos lo serán por unos días y que al llorar un solo día al año sonreiremos trescientos sesenta y cuatro; entonces Lanata se quedará hablando solo.

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