rosario

Miércoles, 5 de septiembre de 2012

CONTRATAPA

Suspiros de bandoneón

 Por Víctor Maini

--Andá a traerme a tu hermano desde arriba de aquel árbol, que si es por él se pasa todo el día sin comer. Lo único que falta es que le salgan plumas a ese chico.

Mi madre siempre supo adonde estaba. No era difícil en aquel tiempo saber que mi lugar en el mundo era la horqueta del nogal que regalaba sombra y nueces al gallinero de la casa de mi abuela. Alguna muerte cercana, las crueles cargadas de mis compañeros, mi cobardía de no poder expresarle mi amor a Rosarito, pegaban fuerte en un pecho virgen. El dejar de pisar la tierra, volver a los orígenes de la especie o quizás el de convertirme en pájaro era lo que me devolvía la alegría y las ganas de vivir. Entre las propiedades del viejo árbol estaban las de detener el tiempo, podía sentirlo, observar como giraba el mundo en torno a sus raíces, colgado en el espacio podía ver girar la tierra como un astronauta en una estación espacial. Hablaba sólo con las aves bautizadas por mí, cosa que me convertían en vegetariano cada vez que había puchero de gallina. "¡Lo único que faltaba!... Ahora el señor elige... Comé que está bien condimentado", eran las palabras de mi padre, que no podía entender que para mí estaba humanizado.

Mi abuela sí lo comprendía y guiñándome un ojo me traía un plato lleno de ñoquis. Ella era parte de la naturaleza, le daba las gracias a la encina mientras le sacaba una mandarina al igual que a las aves cuando retiraba sus huevos. Me enseñó que el peor defecto que podía tener un hombre era el de no ser agradecido, en otras palabras era un principio de los sabios griegos, quienes sentían el mismo sentimiento ante la soberbia, aunque mi nona el único conocimiento que tenía sobre Platón fuera el del recipiente en que me traía las pastas. Aunque nunca lo charlamos estoy seguro que a ella la apenaba tanto como a mí el desprecio de algunos hombres por aquellos animales a quienes se le había sacado todo, su carne, su fuerza, su cuero y hasta sus plumas como al caballo, la vaca, el porcino o la gallina y encima sus nombres eran usados para adjetivar despectivamente a otros hombres. Con el tiempo me di cuenta que el mismo atropello lo repetía entre individuos de su misma especie. Demasiado castigo tenían estos bípedos emplumados con el hecho de tener alas y no poder volar, enseñándome para siempre que no es lo mismo tener un vuelo gallináceo al volar bajo.

Aquel sitio de sosiego alcanzaba el nivel de paraíso cuando el viejo Cicutta, con paso lento, entraba en un galpón contiguo, desenfundaba su fuelle y comenzaba a tocar sólo para él. Nunca supo que estuve allí. A don Cicu lo había visto discutir a los gritos de política en el club, hablar de su Italia como si todavía estuviera viviendo allí y a cuidarme de su mal genio cuando lo molestaba con la pelota, pero aprendí a conocerlo y a quererlo desde mi palco privado. Todavía integraba una orquesta con la que solían pueblear por algunos bailes. Pero sus conciertos en soledad nada tenían que ver con aquel programa, era como transformarse en instrumento, era hablar por su intermedio, sus cosas nunca dichas, sus amores no olvidados, su destierro, sus lágrimas nunca mostradas, en fin, todos sus silencios en los suspiros de su bandoneón.

Dicen que un profesional cuando mejor interpreta es cuando está frente a su público. Tengo mis dudas, cuando un artista se encuentra con él mismo, por y para él, como en aquel caso en que cada jadeo, cada sollozo de aquel fuelle fueron flechas que se clavaron en mí para siempre, son conciertos dados por el alma que no saben de repetición alguna. Desde las alturas pude sentir que el viejo también volaba, que la bruma de la aurora de un niño mucho se asemejan a la oscuridad del final en donde sólo la mística y el arte le pueden dar un poco de luz eterna.

De a ratos creía reconocer algunos acordes de algún tango de los que se escuchaban en mi casa pero en la mayor parte del tiempo eran improvisaciones, conexiones, sentimientos hechos notas que aunque a priori resultaban tristes había un trasfondo de dulzura, de agradecimiento a la vida que eran imposibles traducirlos en un pentagrama.

Cuando tengo la necesidad imperiosa de bajarme del mundo, busco en mi sillón de algarrobo la posición de horqueta, instalo unos cd de Troilo y de Piazolla y no me preocupa la no existencia de gallineros, porque cerrando los ojos puedo sentir hasta sus olores. Aunque no me lo crean, en ocasiones suelo conseguir que mi alma pese lo mismo que en aquellos tiempos pero lo que consigo siempre, generalmente al escuchar Adios Nonino, es verlo al viejo fueyista caminar entra plantas mientras se me pone la piel de pollo.

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