CONTRATAPA

Bisnonna web

 Por María Lanese

Elena Paglia nació en Italia en 1925, llegó a la Argentina conmigo, su hijita de casi cuatro años, en 1949. Desde Rosario la había llamado* su marido, Benjamin Lanese, llegado un año antes.

Aquí nos esperaban mi padre, una ciudad, una familia --la de mi abuelo paterno--, y una lengua nuevas y desconocidas.

Veníamos de un pueblo de casas de piedra y escaleras que aparecen en mis sueños, que quedaron en mí como escaleras infinitas, seguramente a causa del largo de mis piernas infantiles, y un campanario, el de la Iglesia de San Michele, el más hermoso de la comarca, el faro de su gente.

El nombre de nuestro pueblo, Ripalimosani, que poca gente puede repetir sin equivocarse, para los argentinos es un verdadero trabalenguas, tal vez también sea algún conjuro de mi madre por la impresión que causó en ella su primer contacto con la lengua nueva.

Elena siempre fue curiosa, ¡muy curiosa! Este rasgo es esencial cuando hay que enfrentarse a lo desconocido favorece la confianza. Por eso, en poco tiempo hablaba tan bien el castellano que: "No parece extranjera", decían algunos de los clientes de nuestra panadería o: "¿Vino de chiquita?", preguntaban otros.

Mi madre insiste, ahora más, mucho más, en las sobremesas, en sus visitas, en nuestros encuentros con ella, en repetir con maestría el relato de sus recuerdos, invariablemente los mismos, como si fuéramos niños necesitados de escuchar mil veces el mismo cuento.

Uno en particular la obliga a cerrar los ojos, a juntar las manos en el pecho, como si al hacerlo una oración secreta la aliviara. "Cuando bajamos del barco en el puerto de Buenos Aires ¡tuve un miedo tremendo!, una angustia terrible aquí, en la garganta, cuando escuché de golpe a un montón de gente que hablaba algo que yo pensé que no iba a poder entender nunca, nunca, ¡nunca!".

Gran parte de su juventud como la de muchos emigrados de la Ripa, trascurrió entre bolsas de harina, trajines, toda la gente de la casa trabajando, todos los días, todo el día, y la recompensa de vez en cuando, de ruidosas y concurridas fiestas familiares. Elena, particularmente, la pasó escribiendo cartas para los muchos parientes de la gran familia ya instalada en Rosario, que acudían a pedir auxilio. Ella leía y escribía como ninguno de sus paisanos en las dos lenguas.

Aquellos eran tiempos de correspondencia a vapor, las cartas iban y venían en barco, nadie podía imaginar lo que nos esperaba.

En el quinto año del nuevo siglo, ya por festejar sus 80, Elena declara triunfante ante nuestra sorpresa y estupor: "Voy a comprarme una Nobuc". los nietos y bisnietos estallaron en gritos y aplausos.

Nadie supo hasta ese momento que desde hacia unos años su curiosidad la había llevado a rondar las computadoras de la casa, a preguntar inquieta a probar y aprender con la nueva maravilla.

Un ratito a la mañana y otro rato a la tarde allí está Elena con su notebook, abierta al mundo.

Naná, que es como le gusta que la llamemos, chatea con nietos, amigos y amigas de los nietos, ¡hasta con su bisnieta! y de su pueblo lejano, con sus sobrinas nietas porque sus coetáneos que nunca salieron de la aldea, mantienen, como en todas las aldeas, su obstinación por conservar intacto en cada gesto el legado de los que vivieron antes, como si esto fuera suficiente para detener al tiempo, como si el tiempo que los habita no fuera el tiempo de la carne, sino el tiempo de las piedras, el tiempo de los huesos.

Lee cotidianamente las noticias de Italia, visita su pueblito, ahora ¡tan cercano! cuando su corazón se lo pide. Es probable que también escuche el canto de la fontana Irma donde, yendo a buscar agua con su cántaro, se enamoró de Beniamino para siempre.

Toda mi niñez estuvo signada por un enigma resistente a mi lógica infantil. Aún no resultan suficientes las razones que a través del tiempo concurrieron en procura de alguna respuesta meritoria, ¿por qué mis padres no tienen fotos de casamiento? "Y... Estaba la guerra, no había nada", dice ella con calma y resignación. Como si esa renuncia, para mí inconcebible, fuera para mi madre la redención de las tremendas tragedias familiares cuyo relato ansioso, apasionado, retoma fatalmente cada vez que con mi insistencia les doy lugar a aquellos aguafuertes que acuden con la prolijidad y el esmero de un dolor intramitable.

Hay momentos en que sus ojos entornados, como los de Bette Davis, la iluminan. Son segundos en que como si todos entendiéramos al unísono, la miramos en silencio hasta que recupera las facciones a las que nos tiene acostumbrados, un rostro generalmente tenso, la mirada en alerta, como la de los pájaros cuando tienen miedo.

No me animo a preguntarle qué sucede en ese instante privilegiado, temo romper un encantamiento, violentar una puerta secreta. Como sucede en esos casos, quien se atreve a pasar el límite arrastra con la culpa de haber hecho perder el esplendor que la cerradura custodia con tanto celo. Temo opacar el brillo de los armónicos, apagar los ecos rebotando en la gente presurosa, temo aquietar el vaivén de la cadencia serpenteando en los senderos del pueblo, poseído aquella mañana, por la música de las campanas del día de su boda, que resuenan en su alma todavía.

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