CONTRATAPA › EL BOTE

Delivery

 Por Beatriz Vignoli

--Mire, eh...

--Elena.

El comisario Brunelleschi se mueve, incómodo, en su sillón. Tiene cierto sobrepeso, pero no tanto como el que le atribuye la leyenda. No es eso lo que le incomoda. Ni eso ni el calor. Ni el olor a papeles en lenta oxidación que brota por las hendijas de las gavetas (metálicas, esmaltadas) de su oficina. Ni el estrépito a problemas insolubles que proviene de las oficinas y las celdas de alrededor. Ni la mirada de las dos bolitas de vidrio que constituyen los ojos de la Virgen de Luján estilo colonial, con halo radiante de oro, pelo natural y manitos orantes de muñeca sobresaliendo por entre el manto recamado de seda, ante la que Brunelleschi se ha santiguado con temor reverencial en una pausa frente a la hornacina de cristal en el pasillo, antes de entrar a su oficina.

--Mire, Elena. ¿Quiere que le diga una cosa? Ustedes los que escriben viven en una realidad paralela de películas y letras de tango. No tienen idea de lo que es estar todos los días exponiendo la vida en la calle. Yo vi cómo se descompuso en el departamento del subteniente Bianciotti cuando nos acercamos al fiambre. Todavía debe soñar con eso. Bueno, acá es el menú de todos los días. Y eso que no fue un hecho de sangre...

--Dígame usted entonces qué fue.

--¿Quiere la verdad? ¿Le sirve de algo la verdad?

--Me sirve para escribir mi nota.

--Ah. Fue muerte por inmersión.

--¿Y quién sumergió a quién?

--Qué sé yo. ¿Por qué no le pregunta al juez?

--Porque me cansé de oírlo alegar secreto de sumario.

--Ah, ¡entonces yo también alego secreto de sumario!

--Aléguelo. Y encubra una muerte presuntamente criminis causa.

--?¿Pero quién presume eso?

--No se haga el estúpido. Un detenido apareció ahorcado en una de sus celdas con una corbata que no tenemos idea de cómo llegó acá. A menos que usted sepa algo.

--No sé nada. Ni tampoco soy estúpido. Ni me hago, mire usted.

--¿Y entonces?

--Nada. Y entonces ahora usted se va a su casa. Y riega las plantas.

--Si cree que su chicana me afecta, oficial, está muy equivocado.

--¿Por qué no se ocupa de esto Walter Oliverio, como antes?

--Porque renunció. Yo soy la cronista de policiales ahora.

--Qué lástima. El sí sabía como manejarnos.

Hay sorna en la media sonrisa del comisario. Me hace acordar a Perón. O a una fantasía que siempre imaginé: Robert de Niro, en el papel de Juan Domingo Perón. Para mis hermanos y para mí, la cara de Perón no es un recuerdo agradable. Es el rostro del dios de los otros, del padrastro de huérfanos al que nosotros nunca conseguimos amar. Si algo nombra el abismo, la distancia que nos separaba de los demás habitantes de Villa Mándrax, no es una palabra sino esa cara. Y Brunelleschi parece sospecharlo.

--¿Y? ¿No se iba a ir a su casa a preparar la sopa?

--¿Qué le hace suponer que lo desprecio?

--Sus quince gatos la deben estar esperando...

--Y si fueran los quince gatos de Agustín Aguirre, ¿usted qué les diría?

--Aguirre no tenía gatos. Tenía pájaros. En la cabeza los tenía. Estaba enamorado. De su ex. Era el perfecto boludo, si me disculpa la expresión. Era lo suficientemente pelotudo como para suicidarse. Y como para suicidarse en su celda, a la vista de nadie. Sin dejar ni una nota. Eso nos permite a nosotros colgar, de la práctica percha en que sin entrar en detalles pasa a ser el cuerpo (rigor mortis mediante) de un santo varón ahorcado, cuanto crimen se nos puta ocurra, por ejemplo: la muerte de Bianciotti. Imagínese usted. Mil novecientos ochenta y dos. Malvinas. Una gesta patriótica por la soberanía que al caer en las garras de unos revisionistas zurditos se transforma en lo que ya sabemos. No hay héroes. Ya no existen los héroes, son cosa del siglo pasado. Ahora son todas víctimas. Quedaron todos traumados. Alguien tiene que hacer algo. Nadie hace nada. Esperan treinta años. La venganza (como bien lo sabrá usted que por su naturaleza femenina tiende a la cocina según designio divino), la venganza, a diferencia de la sopa, es un plato que se sirve frío. Y después de treinta años estará bien frío. Así que pregúntele, al único que queda vivo de la trinchera de Aguirre, pregúntele a Irazusta por el rengo Lucho. Los mates y los mates que se habrán tomado, Aguirre que en paz descanse, y el rengo Lucho: mates amargos, amargos de rencor. Y Lucho que no puede hacer nada, él con su pata de palo. Y en el medio ese juicio que se demora y se demora. Y el bobo que no da más: el cuore digo, el de Lucho, que grita pido gancho. Y el tiempo que pasa. Cincuenta años cumplen los dos. Cincuenta años de esquirlas de hielo, de frío, de odio, clavadas en el alma. Y Aguirre que define. Y que ya no hablará. Nunca más.

--Y usted que puede tomarse vacaciones...

--¡Exacto! ¿Ve cómo nos vamos entendiendo? Ahora vaya con Dios y saque del freezer ese filet de merluza. Qué van a decir sus gatos. "Mamá anda callejeando..."

--¿Y la corbata?

--Si quiere se la muestro.

--A ver.

Ante una orden del comisario, alguien le trae desde otra oficina una bolsa de nylon.

Conozco demasiado bien lo que hay adentro de esa bolsa. El comisario me explica que el arma homicida está siendo sometida a peritajes, que está siendo estudiada por la policía científica. Que pueden ubicar a quién pertenece cada huella digital que encuentren en la seda. Al pedo, dice, una tarea de rutina porque para él el caso está cerrado. Y yo de bronca, antes de irme, le tiro en el escritorio el imán del delivery.

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