CONTRATAPA

El jardín del desahogo.

 Por Dahiana Belfiori

Sobre una de las paredes de mi casa de niña se extendía un bosque de tres a cinco árboles de colores. Mi madre los había pintado a puro rodillo y con una paleta bastante heterodoxa, tratándose de árboles, digna de un fauvismo de entrecasa. La pared en cuestión, que todavía se yergue en mi memoria con la majestuosidad que le imprimían mis ojos proyectando sobre ella las fantasías más delirantes, era el resabio de una galería abierta al patio que se había extendido para agrandar la superficie cerrada de la casa. Lo que antes era galería luego fue "desahogo", así le llamaba, y le sigue llamando mi vieja a ese espacio multiuso en donde convivían los más disímiles elementos: la máquina de coser con su pedal eléctrico que varias veces nos dio patadas a mi hermano y a mí por meter las manos en los lugares "donde nadie nos llama"; el aparato de tevé "supersónico" blanco y negro que nos embobó hasta el '85 cuando ocupó su lugar el pequeño y moderno cubo a color; varios rollos de cinta super 8 que mi viejo usaba para trabajar, esparcidos por toda la habitación --y suplantados luego por las terribles cintas VHS que acabarían con el cine, y que por un tiempo parecieron lograrlo, hasta que el cine recuperó su indiscutible y antiguo reinado--, y la moviola con la que empalmaba las cintas super 8; la biblioteca, prodigioso mejunje que amalgamaba libros de química y biología de mi madre con algunos clásicos, y no tan clásicos, de la literatura universal, diccionarios de todo tipo y varias colecciones indescifrables; la salamandra que en invierno humeaba la casa con vapores de hojas de eucaliptus; una mesita de madera con sus cuatro sillas hechas por mi abuelo, pintadas de rosado, cómo no, a pedido mío; lápices de colores y hojas completaban el cuadro de ese lugar. El desahogo era el espacio para el devenir, para el simple estar siendo, donde chicxs y grandes disponían sus cuerpos en una mixtura de quehaceres y placeres.

En el patio de la casa que ocupo en este tiempo de mi vida, no hay jardines, o al menos no de esos que parecen haber salido de un cuento de hadas o de la mano verde de alguien proponiendo un orden al que la naturaleza siempre resiste en su sabia anarquía de ramas y raíces. Hay, sí, un cantero rebelde, pedazo de tierra contenida por cemento, en el que fueron cayendo azarosamente algunas semillas. El tomate no prosperó, pero sí la albahaca que perfuma las hojas de zapallo creciendo ajenas a la persistencia de los yuyos omnipresentes. La constancia del yuyo me recuerda a la de la palabra, simiente poderosa de entendimientos y desacuerdos humanos, que sin embargo se atrinchera y recrea en jardines encantados cada vez que no la nombran sincera. Hace un par de años floreció la estrelicia, reinando altiva en el centro del cantero. Desde ese día y cada vez que anaranjada y azul se abre puntual en primavera, la visita un colibrí. Y ahí, donde detiene su pico el diminuto helicóptero viviente, se posa absorta mi mirada. El núcleo de néctar concentra nuestros esfuerzos por asir el mundo. Y el aleteo, motor incesante, acompaña mis pensamientos.

Ahora, en este atardecer de patio prestado por vacaciones, la guardiana de los seres que reflejan todos los tonos de verde me cuenta la historia de sus plantas, porque ellas también la tienen y la conservan en su memoria de savia, así me dice la jardinera mientras riega cuidadosamente un jazmín. Distraído se pasea, o al menos a mí me lo parece, un colibrí de estas tierras. Lo observo. Respiro, profundamente. De las exóticas y llamativas flores que invaden el verde con colores saturados y brillantes, elije una roja, pequeña y modesta. No pregunto cuál es su nombre. Respiro el ritmo lento de los jugos que fluyen en direcciones contrarias. Respiro creyendo que en el aire que inhalo regresa el jardín del desahogo. No puedo evitar una sonrisa al pensar en mi madre y en su acierto al bautizar aquel espacio en el que se respiraban encuentros y desencuentros. Porque allí latía la vida, ese desahogo. Desahogarse, musito, es respirar, es hallar la cadencia que nos conecta con la tierra. Y aunque aquella pared de árboles haya sido blanqueada, debajo se esconde un bosque que sigue palpitando en la memoria de mi cuerpo. Cada vez que me falta el aire, invoco el juego de aquellos años y me exorcizo de blancuras para liberarme al caos de árboles de colores y al aleteo de colibríes. Soy habitada por el desahogo.

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Ilustración: Luis Acosta
 
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