CONTRATAPA

DIOS SE ENCARNA EN EL VERBO

 Por Candela Siale

Tenía el agobio de quien ha pasado los cincuenta y aún debe responder por unos cuantos. Cachito era un macho proveedor con todos los atributos del gran padre argentino. Generoso y bien predispuesto forjó una familia numerosa que supo llenarlo de orgullo en actos escolares y escenas de boulevard. Esas donde se descargan del coche changuitos de supermercado atestados de duraznos en almíbar. Y no interesa si su mujer era proclive a tapar agujeros con la glucosa de las latas. ¿Quién resiste el desvelo de la madrugada sin algo dulce, pero muy dulce en la heladera? ¿Podemos recriminarlo? El anhelo de saciedad quizás sea de las pocas cosas que nos hermanan como especie.

Cacho no tuvo enemigos mucho menos adversarios. Su fijación en la búsqueda del mango que garantiza el coche, el changuito lleno y una mujer sin agujeros aparentes lo distrajo de darse para sí una lectura política, cualquier lectura. Por eso el secuestro de su vecino del 4º y las visitas de la gendarmería a la facultad de veterinaria de La Plata se le representaban como imágenes confusas de una vida remota. Y es que como él nunca se consideró un estudiante, los uniformados pudieron diluirse en su memoria a la par que su paso fugaz por las aulas universitarias. De aquellos años de furor juvenil en cambio, su caja registradora acopió los gags vinculados al Fiat 1500 y a eso que, aunque mucho mas tenue que el amor, alguna vez desmadrado sobre la butaca lo había hecho feliz.

Entrenado en el arte de desalojar recuerdos incómodos borró también el abandono de Mariel y se adentro en la primavera democrática con libreta de matrimonio en mano. La inexorabilidad de una pronta descendencia le inyectó esperanzas renovadas sobre el "ser". (Nota al pie para el lector inquieto: no, no era precisamente el Ser heideggeriano el que lo que lo preocupaba y ocupaba, si no, el "ser alguien". Topo al que su papá y ahora su suegro en un continuum casi perfecto, hacían referencia en la sobremesa de domingos y feriados)

Fue por esos años que comenzó con las migrañas vespertinas. Bastaba con abrir los ojos y toparse con la claridad del día para que se le desencadenaran sensaciones de martillazos sobre sus sienes. A su modo, rumiaba en las mañana de lunes la problemática existencial. "Dios se encarna en el verbo", se recordaba de la Biblia. Sin tiempo para metáforas acerca del lenguaje asumió la frase en su acepción más literal: Dios se encarna en el hacer. A partir de esa revelación el ruido de sus contradicciones mermó y al final, Rodolfo Marino soltó la ambición.

Lo suyo siempre había sido la venta: primero ropa de cama, sistemas de riego artificial mas tarde y a la postre, repuestos para la Volkswagen. En febrero de 1985 cuando Alfonsín reemplazaba a Grinspun por Sourrouille en un contexto que ya mostraba la comezón inflacionaria, Marino inauguró su propia empresa. Estaba en el clímax de su audacia. Pese al ambiente hostil, en poco tiempo la convirtió en una de las distribuidoras de autopartes de automóviles más importante de la provincia. Estoicamente soporto la hiper del 89. En medio de una crecida del 500% que hacía caer a la mitad el salario real, en lo que competía a su albedrío fue coherente: prometió no despedir empleados y cumplió. Cacho era esencialmente un buen tipo, un liberal por desconocimiento de opciones.

Llegaron los noventa y también resistió los embates de la avalancha de importaciones. Se recicló, abandonó la incipiente manufactura de accesorios básicos que había comenzado con entusiasmo apenas tres años antes y como vendedor de oficio que era, rápidamente tomó la representación de firmas extranjeras. Representaciones como "traiciones" que indefectiblemente, reventaron su estomago ulcerado. Fue pa┤ frenchi excepto, cuando ya no hubo ningún frente. Mañana se cumplen doce años y un día de la última vez que nos vimos. Y es probable que decirlo de este modo sea una arrogancia pues en verdad, yo ni siquiera pude sostenerle la mirada. Durante cinco años compartimos la sala de espera de los consultorios del matrimonio Ascolani. En esos tiempos de la vida en orsay contándonos intimidades nos hicimos fraternos. Por eso yo lo supe un día antes, cuando me despidió apretando mi hombro. Lo supe y no pude hacer nada más que saberlo. Y es que en la sintaxis que parsimoniosamente construíamos 45 minutos semanales antes de cada sesión, Cacho era siempre el verbo.

El 28 de febrero del 2001 fundido y con sus empleados en la calle se pego un tiro. Seguramente su mujer no entendió porqué eligió para ese último acto encerrarse en un hotelito remoto de Venado Tuerto. Seguramente, sus hijos tampoco. Yo que no he hecho casi nada con los propios, aprendí sin embargo, a desplegar los sueños ajenos.

Cacho tuvo un sueño: hacer una fábrica de autopartes de producción nacional en Venado Tuero. Así te recuerdo.

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