CONTRATAPA

Estado terminal

 Por Víctor Maini

Mirada esquiva, sonrisa de viejo, alma de niño. Pegado a los zócalos, de espalda a la vida, su cuerpo parece querer convertirse en muro, tal vez para no sentir, para dejar de sufrir, al menos por el tiempo en que pueda convertirse en pared. La terminal de ómnibus Mariano Moreno genera una luz para los cargados de sombras, más allá de las miles de personas que la recorren por día, posee una población estable, formada por bohemios, perdedores, solos, prostitutas, fugitivos de cárceles matrimoniales, ladrones de profesión y soñadores. Se encuentra en estado de refacción permanente, las distintas modificaciones fueron coherentes en limpiarla de estos habitantes, tratados en ocasiones como subhumanos y en otras como seres de otro planeta. Fito fue el único en permanecer en el lugar, su insistencia pudo más que las persecuciones, encierros y prohibiciones. Quienes gozan de un amplio permiso de permanencia, collar mediante con nombre y costumbres, son los perros de la calle.

El gordo Garufa, autoproclamado cacique de la tribu de los "cometierra", amante de los gatos y del vino en jarra, supo profetizar en varias sobremesas que más temprano que tarde los canes tomarán el poder. Decía también que la crueldad era hija del miedo y que los pasajeros tenían pánico de ver a pobres y enfermos por la posibilidad cierta de convertirse en uno de ellos en un futuro cercano. Agregaba también, con la tranquilidad y certeza que tienen los que saben que nadie los escucha, que el pasajero requería de shoppings, en donde todo sea bonito, perfecto y alucinante, parecido al paraíso que imaginan cuando rezan. Con el correr del tiempo Fito se fue ganando el cariño de todos los que trabajamos en el lugar. Los taxistas, tal vez por ser los encargados de vestirlo y llenarlo de cigarrillos, le inventaron una historia que aunque lejos de ser cierta alimentó al mito. Les cuentan a los turistas que Adolfo estaba trabajando de albañil con su hermano en un andamio y ante un descuido, éste quedó colgado de su mano por el tiempo que pudo sostenerlo, para luego caer al piso desde lo alto.

Fito nunca lo pudo superar, se sintió culpable y enloqueció. Una buena historia humaniza hasta un monstruo. Según como se levante, camina todo el día, se pega solo, se ríe y asusta a sabiendas a la gente de paso. En ocasiones trata de pasar su puño entre columnas, manijas de maletas, correas de bolsos, lo cual provoca el temor al robo. Nunca más lejos del hurto, no necesita nada para sobrevivir, no conoce ni quiere el dinero, sólo cigarrillos y alguna sonrisa.

Mueve su mano cerrada con desesperación, como un ciego que busca en la oscuridad una puerta a otra realidad a la cual desea no llevar su cuerpo. Melómano, canta La chica de la boutique, la marcha peronista y la de Central. Lo que más pánico produce en el visitante son sus movimientos incoherentes en el hall de entrada. Se mueve como un alfil en un ajedrez humano, pisando solamente las baldosas negras, o suele andar a los saltos imitando los movimientos del caballo. Yo también lo hacía cuando de niño me llevaban de paseo por ese sitio, me compraban un librito de la colección "mis animalitos" de editorial Sigmar que trataba de leerlo antes de llegar a la salida, para no equivocarme y pisar el cuadrado equivocado. Hace poco tiempo me enteré que los textos eran de Oesterheld, y me emocionó el pensar que seguramente los había escrito pensando en sus hijas. Una mañana en que lo noté tranquilo, le pregunté qué era lo que más le gustaba de ese lugar. "El nombre", me contestó. "Mariano Moreno, el primer desaparecido, uno de los padres de la patria", acoté ingenuamente. "No, terminal, aquí están todos como yo, en estado terminal", me corrigió.

Nunca lo había pensado. Si la vida se compone de ciclos que empiezan y terminan permanentemente, tal vez la palabra terminal tenga más que ver con esto que con un simple destino final de líneas de micros interurbanos. Conozco de llantos en las plataformas después de una partida, sé de miradas ansiosas esperando la llegada de la persona amada, término de dos soledades. Están cambiando el piso de la entrada, Fito discutió con los albañiles y salí en su defensa. Traté de explicarle el motivo de su desesperación y me regalaron unos mosaicos como para tranquilizarlo. Dividimos el botín. Me llevé ocho para mi casa y los coloqué en el fondo, busqué "El Eternauta" en mi biblioteca, puse un pie derecho sobre un casillero negro y el izquierdo en otro del mismo color, como para no cortar la suerte, repasé sus páginas y volví a vibrar como cuando no había muertos en mi memoria.

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