CONTRATAPA › EL BOTE

Sea Harrier

 Por Beatriz Vignoli

--Mirá, nos mira como si nos conociera.

Irazusta extendió la mano para acariciar la cabeza del enorme animal. Era un perro negro desconocido, de actitud mansa pese a su aspecto feroz. No sabíamos de dónde había salido. Se había materializado, al verde sol del mediodía de Barrio Tablada.

--Qué mirada humana, ¿no? ¿Vos creés que una misma alma pueda habitar dos cuerpos? --dijo Irazusta luego, como leyéndome el pensamiento. --Yo en mi profesión he visto cada cosa extraña... Familiares que llaman justo en el momento en que...

--Agustín tenía un hermano, ¿no?

--Sí, más chico. El hermano armaba avioncitos. De chicos jugaban a la calesita de dinosaurios. Compraban dinosaurios de plástico y los ponían en fila en la bandeja del winco, del tocadiscos. Lo encendían y se reían mientras los dinosaurios iban cayendo.

Me contó Irazusta que le contó Agustín que lo primero que vio al volver a casa fue el Sea Harrier. Lo primero que vio Agustín en cuanto pudo ver algo, porque se había cortado la luz en toda la cuadra. Tuvo que tantear mucho en el jardincito de adelante para dar con la copia de la llave de la puerta de calle que su madre escondía previendo esas contingencias, como por ejemplo un hijo que vuelve de la guerra y no encuentra a nadie. Encima se había quedado sin fósforos. No les habían dado partidas nuevas en el continente, y los soldados conscriptos dados de baja tampoco tenían encima un centavo. Lamentó no haber caminado desde el cuartel hasta lo de su abuela Dolores (que quedaba ahí nomás en zona sur, a pocas cuadras), porque entonces se habría encontrado al menos con ella, con el perro y los pájaros. Supuso que hubieran piado al reconocerlo. O estarían dormidos en el jaulón. Era ya casi invierno. En cuanto pudo hacer girar la llave en la cerradura y abrir la puerta, llevó la mano instintivamente a la llave de la luz; la accionó, y por supuesto nada se encendió. Igual podía andar a tientas. Los ojos se le habían acostumbrado a la oscuridad, de tanto patrullar a campo traviesa, de tanto montar guardia en la trinchera que no debía delatar la posición, e incluso de entrar, a veces, a saco en casas ajenas. Y ahora conocía bien el lugar: estaba en casa. Tanteó nuevamente adentro de los bolsillos del duvet y encontró algo. Era el encendedor que le habían dado los británicos. Royal Navy, decía el encendedor en letras blancas sobre fondo azul.

Y ahí estaba, posado en la mesa del comedor, esperándolo: una maqueta a escala, obra del hermano. Un Sea Harrier. En la penumbra reconoció enseguida su contorno desagradablemente familiar. Consiguió encender las hornallas de la cocina (cada uno de cuyos detalles era para él como un detalle del rostro de la madre) y finalmente una vela de las que ella guardaba en el primer cajoncito de la mesada, y volvió al comedor. El hermano lo había puesto ahí, para él, sobre la mesa, al lado del elefante de loza de la suerte con un billete enroscado en la trompa y encima de la misma carpetita redonda tejida al crochet por la madre. Tenía una forma bastante retorcida de manifestarle que lo quería, como por ejemplo poner ahí ese cazabombardero enemigo en miniatura que él había hecho unos cuatro años antes, ni bien salió el modelo. Después le contaron que esa noche habían ido a esperarlo al Monumento. Se había corrido a voz entre las familias de los soldados conscriptos de que les darían una bienvenida en el Monumento a la Bandera. Esa noche, la madre y el hermano (y el perro) estaban ahí.

No hubo, de hecho, bienvenida oficial alguna. Para él al menos hubo primero la oscuridad: los olores tan reconocibles de la casa en la oscuridad (tan distintos al sudor, la nafta, la grasa de los camiones, el hedor inenarrable de los muertos, el olor a lana vieja de las literas del cuartel); para él hubo luego las formas familiares vueltas visibles a la luz de una vela que le dejaba gotear cera caliente en las manos curtidas por el frío. Para él hubo la forma nueva del horno microondas apagado y momentáneamente inútil, el que había comprado la madre durante su ausencia; la poca comida ya medio rancia que pudo encontrar buscando a tientas en la heladera llena de agua para calentarla en el horno a gas, y de nuevo un baño para él solo, y la silla ante la mesa, y el Sea Harrier.

Afirmó la vela con unas gotas de su propia cera en un candelabro improvisado con una botella vacía, y se sentó ante el avioncito. Lo odió. No se había imaginado capaz de odiar tanto un objeto. Parecía, por su forma y tamaño, y también que por su actitud (tensa, expectante, mezquina, calculadora, cruel: típica de bicho cazador) un carancho: un caranchito. O un ave carroñera más grande: un zopilote, un jote, como decía uno de los dos compañero de trinchera, Sosa, el que no volvió. Le faltaba graznar. O emitir ese característico siseo del Sea Harrier, ese silbido que jamás abandonaría sus pesadillas.

El lo miró con una mezcla de fascinación y rencor. El avión lo miraba también, o eso parecía, con su trompa puntiaguda y sus alitas rígidas. Eran como dos ojos tristes los parabrisas de su carlinga. No pudo evitar temblar al revivir el terror de la primera vez que se nos vino encima. Estuvo un rato puteándolo, y así lo encontraron, dijo Irazusta.

No le creí nada. El perro seguía ahí.

Compartir: 

Twitter
 

 
ROSARIO12
 indice

Logo de Página/12

© 2000-2020 www.pagina12.com.ar | República Argentina | Política de privacidad | Todos los Derechos Reservados

Sitio desarrollado con software libre GNU/Linux.