CONTRATAPA

Mar de cemento

 Por Dahiana Belfiori

A orillas de uno de los ríos más anchos del casi nuevo continente hay un mar de cemento. El mar de cemento es infinito y no es posible asirlo por completo con la mirada mortal, aún si se lo pretende observar desde un avión -ese invento de los dioses-. La arquitectura de este mar no difiere de la de otros mares, al menos en su macroestructura. Mares que le confieren al mundo su caprichosa y salvaje forma. Es más, es su infinitud lo que los enlaza entre sí en los confines de la tierra, ahí donde la vista humana se ha hundido para siempre en la impotencia.

Cuando se piensa en mares como estos, aparece, con una obviedad casi de perogrullo, una primera gran dificultad: la imposibilidad de establecer límites. ¿Dónde colocar el punto o la línea que distingue entre una ola y la siguiente? ¿Y entre lo que el mar tiene de mar y lo que tiene de océano? Por supuesto, todxs sabemos de plataformas continentales y de mares territoriales y de demarcaciones signadas en acuerdos internacionales tan imposibles de aprehender como el propio mar.

Divisiones que se tornan más arbitrarias de lo que son para quien está en el medio de la ola, tragando espuma y sal. Así es que todo conflicto limítrofe termina dirimiéndose por la perspectiva, cosa que no beneficia casi nunca a lxs que nadan y se ahogan en el mar revuelto: ganancia de pescadores.

Hay demasiados pescadores en el mar de cemento, y no hablo aquí de los de caña y canoa. Hablo de los que tripulan pesqueros que arrasan con todo lo que al mar le da su nombre. La ciudad sin embargo ejerce una violencia que le es propia. Ya no cobija a sus habitantes, que se han vuelto insensibles al corte de una arteria principal para que un pescador de turno realice su antojo de metroveloz y pulcra mugre ajena. A los ojos de cualquier extrajerx, hay, o debería haber, un límite que se hace evidente: el que instala lo siniestro. La gran ciudad es el infierno en el que todxs proclaman su verdad y escupen sus miserias. Pocxs escuchan con los ojos, sienten con la mirada, hablan con los oídos. Pocxs encarnan la sana anormalidad que evade al sistema y se atreven a salir de su cómoda caja de cartón acondicionada, que tristemente sabemos no es a prueba de las balas y las bombas que lanza la desidia y el rédito del capital.

En este mar de cemento resulta violenta la poesía de una muestra fotográfica que relata en lenguaje a la vez lírico y cotidiano, las vivencias de los abortos que nos hicimos y hacemos las mujeres. Y poco importa sin un grupete de machos exaltados defensores del odio regurgitan la muerte fundada en el orden y la normalidad. Y si de normalidad hablamos, la maldita policía hace gala de su homo/lesbo/transfobia abandonando en un hospital la vida sin valor de cualquiera de nosotrxs. Porque somos nosotrxs lxs que permitimos que esto siga pasando. Porque somos nosotrxs lxs que acodadxs en uno de los tantos bares de la infamia nos mentimos que siempre fue así y así será, que nada cambia después de todo y mientras la mierda se huela en un riachuelo, el mar seguirá su ritmo de olas y de espuma.

Mar de cemento, ciudad de la furia, lenguaje de nuestras células: nos lo comimos. Estamos impregnadxs de ese cemento y no somos capaces de dejar crecer la grieta por donde se arremolina una incipiente enredadera. La grieta permanece aunque se torne invisible a nuestros alienados sentidos. La grieta es el límite de lo siniestro. La grieta es la resistencia en el mar de cemento que somos. Vendrá el tiempo nada apocalíptico en el que la resistencia se haga revuelta, en el que la grieta se haga rajadura enorme en la tierra y en el que la tierra se sacuda en un tsunami de anormalidad, la podredumbre estancada en la que vivimos.

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Imagen: Angie Quiroga
 
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