CONTRATAPA

La ínfima rebelión

 Por Marina Maggi y Pablo Serr

Cuando duerme sufre, no sueña. A veces no piensa en nada: deja que pase, que arrase. Al final, siempre el sonido de unos pasos que vienen desde lejos la despierta. Esa tarde, previendo entre luces y oscuridad la tempestad, él no salió. Tenía puesto el impermeable y las botas de lluvia cuando ella le pidió especialmente que no fuera, que por una vez le hiciera caso y se quedara adentro; no había necesidad, al fin y al cabo. Una vez que lo hubo descalzado y sacado el piloto, lo besó en la frente.

No volvería a ser como fue y siempre todo sería igual. Las hojas en otoño caen de los árboles, pero antes de morir dicen tantas cosas. En el abrazo ella lloró, lo sintió indigno, impuro, y se le desató en el pecho un dolor blanco, elemental, como un hilo de perla que desbordante la colmara, traspasándola, ignorando el tiempo en gozosa plenitud, iluminando cada cosa desde adentro: espectros, campos y ciudades remotas.

Al alba, un chillido incineró la inescrutable planicie. El abrió un ojo, y con un dedo acarició la angélica, tibia intimidad de una paloma acurrucada bajo la almohada. Por la noche recordaría esa sensación plagada de espeluznantes reminiscencias. Solemne, la pálida musculatura del momento lo hizo suspirar. Chasqueó su lengua contra el paladar y se imaginó andando a tientas entre la niebla espesa, como un caracol de pronto devorado por la clara luz incendiaria del día. Pegajoso, con cierta pereza, se enderezó apenas y desesperado, sin ninguna razón aparente, gritó el inextinguible nombre de su mujer. Bajó como hipnotizado hasta el rincón semioculto donde ahora yacía la paloma y rebuscó entre la hierba mojada de la mañana a la señora de su instante: era falso el deslumbrante rostro argénteo bordado en el silencio de esa habitación sin puertas ni ventanas.

Es un nicho la cordura, diminuta luz herrumbrada, estanque de hielo, invulnerable temblor de rayo misterioso. Nuestra habitación huele a vapor tenso, a cría de tormentos. Vuela el aire entre tus dedos; crepuscular se angosta, enflaquece. ¿Era tu nombre el rígido primor descampado? Me enfrento solo y sin armas al oscuro presagio de seguirte a ciegas esta noche y todas las que puedan ser. Me encaro a la seguridad de un sólido silencio pertrechado de agonía. El acantilado, abismo hacia el cual destilo, llora tus lágrimas, desciende claro de tu voz.

Preciso, no vacila, se sienta de negro ante la irremediable soledad del campo. Su típico zumbido, como de mar que anida fantasmas en legión, se le posa en el hombro y lo sacude. Falso y verdadero, esclavo y señor de su aureola, el silencio del mundo lo aturde y hunde en su inexplorada blancura convocante. Lo que sí no puede tolerar son los grillos "piratas de horas de sueño", que tientan con su cántico procaz y hacen bailar a las sombras del lugar. De ella, de su mujer, le quedan ahora sus palabras, idílicas fragatas que navegan como majestad desnuda por las desmenuzadas sendas de la sangre y por las más arduas aguas sanguinolentas del alma. Después construye su esperanza en la perfección de su aislamiento: ¿qué sabe él ni nadie de su propia oscuridad? Le crecen los ojos hacia adentro, su mirada transpira a mares el puro ritmo de aquellos dulces ojos que supo amar. Afuera las luces, la luna y todo lo que cunde y se filtra con fosforescencia astral y pendulante fervor.

El gris mohoso de los muros se confunde a veces con su piel azul vagando en el petrificante aire. La ve llegar e irse trepando locamente por la enhiesta espiga de algún dios vengador. Se dejan ver con todos sus dientes las estrellas en la hondura ilesa de su cuerpo. Fuente de vigor irreprochable, su dolor, curva que pule la vigilia y lentamente se deshace en pétalos de lamento anestesiado, la reclama.

Y ella ¿por qué está así, tan sola? ¿Qué sueño inmóvil, se pregunta él, la desgarra en sedas de vana inconsistencia? Envuelta en las sábanas como en pesada y roja mortaja, tendida casi a los pies del mundo, suplicante, se eleva aguardando se resuelva pronto la trama secreta de su razón oscura, ombligo del abismo, rama caída que eternamente bifurca, con la fuerza de una ciudad o trébol, la incalculable vertiente de días y días que transitan la tarde y la retienen.

***

"¡Eran tu voz y tu mano,/ en sueños, tan verdaderas!.../ Vive, esperanza, ¡quién sabe/ lo que se traga la tierra!" Antonio Machado.

--Cuando mi puño feliz se cierre, sueño con que lo abras, antes de que la calma se quiebre sobre mí. Y si tal vez sonrío, algún comentario tuyo podría salvarme. Si algo malo desciende en mí, quitalo; no me dejés temblar, dame un abrigo.

--Podría hablarte a través de paredes blancas y estridentes. Estás afuera, tu voz me llega triste desde ninguna parte. Un peso ardiente, gravedad inclemente de tu magnificencia desgarrada en mí: desde las celdas infinitas de la noche, en el camino de tierra, tu espalda, digna siempre de sol y viento, podría en la ascendencia recrudecer el nombre. Reías: debería haber mordido las manos del tiempo.

--Algo real veo que se mece; negando precipitarse, esa espuma vaga, como de labio inaparente, se abre y cierra con la premeditada inercia revelada de un aullido. Te oigo, cercanía vieja y estaqueada. Te veo ahí, cristalizado, henchido, inexplorado, arrancado a la altura, reposando en un desvelo irreparable. ¡Tarde vino a acabar con todo el huracán de las visiones! Y a tu caída no la podrán salvar las aguas simplemente: vendrá una calandria y rebotará en tu hondura, se posará en tu vuelo inmóvil sobrellevando el aire, consumiéndolo, y respirarás al fin toda aquella frescura que le fue negada a mis manos. Sin imágenes, el color del campo te devolverá el tibio hechizo de la estación dormida. --Era como si estuvieras a punto de nacer. Caminabas a mi lado, yo intuía el implacable frenesí de tu nacimiento próximo. Una savia, un extracto de clemencia formando la gravedad de tu cuerpo, recóndita reliquia, al compás de mis pasos. Eran todos los días, uno junto al otro, no ya sucediéndose. De pronto vos sin mí, dormida en la extrañeza de mis ojos. El canto de los pájaros entre los árboles y tu canto infantil sonando desde el pozo. Me arrodillé y alcé una piedra al sol, que no opacó tu sombra. Clavé mi mano en la tierra, arrancando un puñado y llevándolo a mi boca, para poder sentirte en la calidez inútil, mineral, vaporosa, de su aliento. Cuando levanté la cabeza, el cielo me pareció un error milenario, un cuenco vacío que corría enviciado bajo mis pies, y tu boca era de piedra, y tus brazos las ramas por siempre reverdecidas, cubriéndome. Un fuego de ceniza, aparición danzante: nosotros dos, por fin jóvenes, atravesando en olvido pleno los campos sin nombre.

***

La habitación permanecía intacta: la cama armada desprolijamente, las paredes maltrechas, las cortinas corridas. El libro era como la partitura de una canción dormida para siempre en el vacío y la calma de lo que ya no vuelve. Un latido breve, desconsolado y mínimo temblor, le arrebató a la estancia su pulcritud inocente. La brisa volteaba las delicadas páginas manchadas por el tiempo, ahí donde su mano había estado y el polvo aún no había hecho su nido. El pudo percatarse con rechazo de aquel signo de inquietante sutileza: una ínfima rebelión contra la muerte implacable, un rasguño en el absoluto de la ausencia. Se sentó y hojeó con horror ese cuerpo lacerado, partido en dos. Quiso estar despierto en un sueño donde todo pudiese perdonarse, incluso la muerte. El papel, gélida piel translúcida, le salpicó una gota de sangre imborrable, y tembló en un espasmo que le recordó los estragos de la fiebre, la plaga del cansancio, las incontables revueltas de la noche incinerándose ella misma, gozándose en la castísima exactitud del dolor y su furia.

*Capítulos 26, 27 y 28 de la novela "La promesa de vivir". **imperioylalibelula.com.ar.

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