CONTRATAPA

La noche en que los mellizos Pequenino tiraron el Fiat 600 a la pileta

 Por Tomás Doblas

Uno se da cuenta de las cosas cuando ya es demasiado tarde. Y te cae la ficha porque ocurrió algo que de repente te revela la trama secreta del universo. Eso fue lo que me pasó cuando encontré en el desván de mi vieja el destartalado tocadiscos Winco que yo escuchaba allá por los 60.

Calculo que me lo habrían regalado para algún cumpleaños y me acompañó toda la adolescencia. Era la estrella de esos bailes de entrecasa que durante la secundaria -asaltos se les decía﷓, organizábamos con los compañeros y donde se ligaban y deshacían nuestras primeras relaciones con las mujeres.

La recuperación del Winco, su laboriosa reparación y efímero disfrute me llevaron a recordar, entre tantas otras cosas, la famosa noche en que los mellizos Pequenino tiraron el Fiat 600 a la pileta, y en la que yo perdí para siempre el amor de Sandra. Y de paso también, simultáneamente, alcancé a aprender la inasible esencia del devenir.

Reparar el artefacto no fue fácil, luego de recorrer diversas tiendas de reparación de electrodomésticos, donde era rechazado con desprecio, fui a dar con un desordenado cambalache, donde, entre esqueletos de viejos televisores, videocaseteras putrefactas y amputadas bandejas giradiscos, un señor de edad indefinida defendía el antiguo oficio de arreglador de equipos de audio y video. Luego de observarse mutuamente -el Winco y el señor﷓ éste dijo con desgano: Ddéjemelo, algo vamos a hacer.

Conseguir los repuestos fue un parto, creo que el pudor me evitó preguntar por ellos en alguna casa de electrónica. Me amparé en el anonimato de internet y después de mucha búsqueda y consultas con el arreglador para ver si se podían adaptar las cosas que me ofrecían, logré hacerme de lo esencial. El buen hombre seguramente apiadado por mis esfuerzos dijo al fin: "tráigame lo que tenga, ya veré cómo lo hago funcionar".

Y la cosa resultó, un día llamó para avisarme que el aparato estaba reparado y que fuera a buscarlo. Creo que colgué el teléfono y salí corriendo para allá. Con amorosa preocupación lo llevé a casa y lo instalé en la mesita que hacía tiempo le había destinado. La pila de viejos discos de vinilo estaba ya desempolvada. Esperé la ocasión propicia. Una tarde de sábado, en que mi mujer había salido a visitar a su mamá y mis hijos se habían evaporado como siempre y entreví mi oportunidad. Me instalé en el living, maniobrando las persianas atenué la claridad que venía de afuera, me agencié de una copa de licor de huevo -sé que desentona, pero es mi debilidad﷓ y me apresté al disfrute.

Tomé un disco al azar ﷓¿habrá sido al azar?﷓, era un viejo long play de Mina. Lo limpié de nuevo con una franela, lo deposité en la bandeja y con extrema delicadeza le apoyé la púa. Al instante me envolvió la maravillosa y sensual voz de la cantante italiana. Sumergido en el sillón, con la copa en la mano, los ojos cerrados, me entregué a la música y los recuerdos. Sentí que comenzaba a fluir a mi memoria -seguramente eso era lo que anhelaba desde que recuperé el Winco﷓ aquella inolvidable noche en el club, la noche en que los mellizos Pequenino tiraron el Fiat 600 a la pileta.

Teníamos entonces 16﷓17 años: Con Sebastián estábamos perdidamente enamorados de las terriblemente lindas hermanas Rivera. Sandra, la menor, era la mía en mis deseos. Angélica, era para el Seba. No recuerdo haber visto jamás muchachas tan hermosas, tan bien proporcionadas, simpáticas, y con esa pizca de descaro que las volvía perfectas. Sabedoras de su poder, seducían a todo el mundo con la inocencia que sólo la pura belleza les podía otorgar.

Era al comienzo de la primavera, cuando las hormonas se desordenan, los pajaritos cantan y los animales se aparean. Los fines de semana se organizaban en el club del barrio aquellos bailes para juntar plata para el viaje de fin de año. Fue en uno de ellos que decidimos con Seba tirarnos a la pileta, dejar se sufrir y encarar en firme a las Rivera, a cara o cruz. Sigo creyendo que teníamos buenas posibilidades, si bien ellas eran gentiles con todo el mundo, sentíamos que hacia nosotros había un trato especial que no prescindía de la atracción.

Los bailes en el club los organizaba la escuela, junto con la comisión de padres. Por eso en los mismos había que sufrir a veces la presencia de los indeseables, puestos allí para vigilar las conductas de los adolescentes. Aquella noche, recuerdo, el vigilador principal era el abominable viejo Turlét, jefe de celadores, universalmente odiado por su impertérrita conducta hostil a todo lo que oliera a desorden, alegría, juventud. Su presencia en la barra fue un bajón.

Con Sebastián habíamos previsto todo. Determinamos que después de revolotear como al descuido por todas partes, invitaríamos a bailar a las hermanas Rivera. Sabíamos que aceptarían sin problemas, ya he dicho que con nosotros tenían una onda especial. En determinado momento yo le haría una seña al DJ para que pasara el disco de Mina -de quien Sandra era fanática﷓ y que yo había llevado ex profeso. De ahí, cada cual se entregaría a su suerte.

Pero un hecho preanunció el desastre. El maldito viejo y milico Turlét, que se paseaba vigilante por la barra, por el parque que rodeaba la pileta y la cancha de básquet -que era la pista de baile﷓ descubrió a un grupo de muchachos ingiriendo cerveza. En estos bailes sólo se vendían jugos o gaseosas, por lo que los chicos, ayudados por algunas niñas, no tenían más remedio que ingresar de contrabando las bebidas alcohólicas. Esto era sabido y tolerado siempre que no se desmadrara.

Pero para Turlét eso era intolerable, hubo corridas, gritos, conatos de agresión, intervención de gente del club y finalmente un pequeño grupo de chicos y chicas fue invitado a abandonar las instalaciones. Nunca había pasado nada parecido, un sentimiento de bronca y frustración nos invadió a todos que confusamente entendimos que la cosa no debería terminar así, pero luego de un momento de vacilación, la fiesta continuó normalmente.

Al poco tiempo ya tenía a Sandra en mis brazos y podía ver en el otro extremo a Seba con Angélica. Cuando empezó el disco de Mina sentí que el cuerpo de mi compañera se estrechaba aún más al mío mientras me empezaba cantar susurrante al oído Sono come tu mi vuoi. Sandra iba a la Dante y usaba impiadosamente el italiano para seducir. Si su vieja lo hubiera sospechado la hubiera cambiado inmediatamente de escuela.

Sentado en el living de mi casa, tantos años después, volvía a percibir el suave aliento de Sandra en mi oreja, su perfecta imitación de la sensual voz de Mina, recordando que nunca más volví a tener una erección igual. Nuestros labios apenas habían comenzado a rozarse, cuando veo aparecer a Sebastián con el rostro desencajado como aguantándose las lágrimas, atrás Angélica, indignada. No entendí nada hasta que una seña de Sandra me avivó. Una gran mancha insidiosa oscurecía el pantalón de mi amigo a la altura de los genitales. Lo tomé de un brazo y lo llevé aparte. Avergonzado me explicó: Las cuatro botellas de cerveza que había tomado para darse ánimo habían decidido salir sin permiso justo en el momento culminante de su excitación.

No podía dejar solo a Sebastián en un momento así, era y es mi mejor amigo. Por supuesto que él no quería quedarse un minuto más en la fiesta, de modo que tuve que acompañarlo y cuando saludé de lejos con la mano a Sandra para despedirme un frío invernal cayó sobre mis huesos. Nos fuimos del baile cinco minutos antes de que los mellizos Pequenino tiraran el Fiat 600 a la pileta.

Los mellizos Pequenino, en el Fiat 600, atravesaron lentamente en línea recta el césped que rodeaba la pileta y al llegar al borde aceleraron. Mientras el auto se hundía abrieron las puertas y se tiraron al agua, emergieron con una sonrisa en los labios y haciendo una V con los dedos de la mano izquierda. La sorpresa, el griterío, la emoción, la incontenible algarabía fue de todos. El Fiat 600 era de Turlét.

Eran los 60, década fértil en rebeldías. Comenzaba a gestarse una generación que llevaría sus ideales a la línea del frente. No creo que mis hijos hoy puedan entenderlo. Algunos de los muchachos y chicas que estaban bailando esa noche en la fiesta, habrían de pagar muy caro sus sueños de justicia pocos años después. A los Pequenino los expulsaron de la escuela y del club, pero ganaron en cambio una aureola de héroes románticos que los llevó directo al corazón de las hermanas Rivera, de quienes también ellos estaban enamorados.

Ahora, sentado en living de mi casa, envuelto en estos recuerdos, escuché de pronto cómo la increíble voz de Mina se deformaba en un sonido horroroso y luego el silencio. El disco había dejado de girar. Me incorporé extrañado, levanté el brazo con la púa, lo volví a apoyar y nada. Repetí esta acción varias veces sin el menor resultado. El Winco ya no funcionaba, la reparación no había durado ni siquiera un disco.

Frustrado, salí al balcón, la indignación me cegaba, me sentía engañado, ese falso experto de morondanga me había cobrado una fortuna para un arreglo que no duró más que un suspiro. Ya iba yo a cantarle las cuarenta el mismo lunes. Esto pensaba furioso acodado en el balcón ese atardecer de finales de otoño, cuando de repente, me cayó la ficha. Comprendí que todo era inútil. Reparar el Winco era tan imposible como volver a mis 17 y que nada me llevaría de vuelta a los brazos de Sandra. De la Sandra de 15 años de los 60, ni a ninguna otra parte de mi juventud, con sus amores y rebeldías. Me di cuenta que todos estamos condenados a correr siempre hacia adelante mientras sentimos como se cierran, para siempre, las puertas que vamos dejando atrás. Esa es nuestra esencia.

Cuando entendí eso, tomé una bolsa de consorcio, introduje con calma mi Winco en ella y bajé a la calle. El bulto y los discos quedaron en el contenedor. Volví a mi departamento, me hundí de nuevo en el sillón del living, previo servirme otra copita de licor, y allí me dejé estar. El lunes siguiente me compré un CD de Adele.

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