CONTRATAPA

Hacernos compañía

 Por Dahiana Belfiori

Hoy la llamé a Sofía por su cumpleaños. Tarde, como siempre. Tres días después, para ser exacta. Hace algo menos de un año que no la veo, pero fue oírla alegre y cansada al otro lado del teléfono y sentir que el tiempo de no vernos se achicaba hasta hacerse un punto, un punto en la soga en la que saltábamos de pequeñas. La soga sigue flexible y tensa para el juego. Eso me alegró. Me contó de su abuela, le conté de la mía. Hablamos de los cansancios y de las imposibilidades. De las visitas a los geriátricos, de sus gatos. Me contó de sus gatos. Me sorprendió cuando me dijo que tenía cuatro, ahora tres porque uno se le escapó. Hizo de todo para encontrarlo, sufre por esa alma perdida por ahí. Ella que siempre fue tan arisca a los animales me dijo: "Me pueden, no sé cómo hacen pero siempre logran ponerme de buen humor".

Anoche tomamos whisky con Laura. Me contó de sus intentos por encontrarse con tipos, que la dejan insatisfecha. "No sólo no son generosos en la cama, nena, además son poco originales: todo gira alrededor del pene", me dijo. Ella quiere algo más que sexo y parece que anda descubriendo que la edad es bastante amiga de la soledad. Curioso que la palabra soledad contenga la palabra edad, como si los años no fueran más que una sumatoria -a veces dolorosa- de soledades, una confirmación ostensible de que solitas nacemos, solitas morimos y en el medio andamos chocándonos con otras soledades, sin entender muy bien porqué seguimos chocándonos. El sexo, dijo, es una excusa para no comprometerse. "Porque, fijate, no es que quiera un amor para toda la vida. Hace rato que dejé de creer en príncipes y princesas. Sólo me gustaría que después de coger me pregunten 'cómo estás?' y que no sea mera retórica. Por qué coger implica automáticamente desinterés? Fijate, con conocidos hasta parece que tenemos relaciones más sanas. Quiero decir, de vez en cuando una pregunta 'cómo estás', o te lo preguntan a vos, y se da un diálogo, al menos por pura formalidad. En este caso ni eso, che. Ni eso. Una pena".

Le dije que quizás el sexo no era excusa de nada, que el problema no era el sexo. Que el problema era que nos enrollábamos con el sexo y que elegíamos mal. No todas las personas están dispuestas a entender el afecto, a dejarse afectar, y a dejarse ir también, nosotras incluidas. "Y menos los tipos, mi querida", concluí como vieja mala.

La semana pasada Leo, otro amigo, nos invitó a Celina y a mí a comer pastas con salsa en su casa. Destapamos un vino, después otro, y se nos fue soltando la lengua y la risa entre sahumerios de la india y música celta. Éramos un montoncito de soledades, con dolores reales e inventados. Conversando nos fuimos haciendo compañía. A mí me gusta conversar porque siento que es uno de los pocos lugares y momentos en donde dejamos de lado la argumentación, la obligación de convencer. Sólo disfrutamos el placer de las palabras enlazadas caóticamente y de los silencios entre el caos. De paso, nos reímos de la charla y de nosotrxs. Mientras no convencíamos a nadie ni a nada, las gatas rondaban a nuestro alrededor en la cocina. Celina hizo migas con Magda, gata gorda y bella que paseaba su cola con orgullo. "Estás bien alimentada nena", le dijo mientras le acariciaba el lomo y la panza. Leo nos contó que cuando la había llevado a castrar pensaba que estaba embarazada. Le preguntó al veterinario sin más: "Cómo estás con el aborto vos?" Soltamos una carcajada lxs tres, y remató: "Chicas, pueden creer que haya veterinarios objetores de conciencia!?"

Mientras escribo pienso que quizás tengamos que desaprender muchas cosas y aprender sólo un par. Una llamada, un cómo estás, una charla forman parte de ese dejarnos afectar por lxs otrxs, con sus soledades. Tal vez en eso consista la única compañía posible. Quizás debamos aprender de la generosidad de los animales, que nos miran dar vueltas en círculos y jamás se ríen de nosotrxs. Siempre encuentran el modo de hacernos compañía aún sin palabras.

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Imagen: Andrés Ricchetti
 
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