CONTRATAPA

Perplejidad del sueño

 Por Javier Núñez

Conocí a Martín a los pocos días de haber llegado a Madrid, a través de un amigo en común que nos puso en contacto. Entre los dos no juntábamos un duro, de modo que cuando surgió la posibilidad de alojarnos juntos en un mínimo departamento cercano a la Cibeles no lo dudamos ni un segundo. Tenía pelo oscuro, revuelto y enmarañado como si nunca lo peinara, caído sobre una frente serena que hacía resaltar sus ojos inquietos. Se sentó mientras yo preparaba café y me preguntó si podía fumar.

﷓Dicen que eres escritor ﷓me dijo﷓. Quizá algún día escribas sobre mí.

Le pregunté, por preguntar algo, si había algo que lo hiciera especial. Con una mueca parecida a una sonrisa ﷓acaso los años de repetir la misma historia, la predisposición a no ser tomado en serio﷓ me explicó que tenía la rara cualidad de soñar lo mismo que las personas con las que convivía. "Un don por completo inútil en cuestiones prácticas. O, por lo menos, insuficiente para darme de comer". Me reí porque creí que no hablaba en serio.

-No es cuestión de bromas -dijo-. Para muchos es algo nuevo y maravilloso. Imagínate que nunca hubieses soñado: Un nunca literal, absoluto, que se extiende desde el útero de tu madre hasta esta mesa donde tomamos un café. Ahora imagina la perplejidad que te provocaría cualquier sueño, por nimio que fuera. Toda una catarata de sensaciones inéditas que te entran por los ojos, los poros, la nariz. La maravilla de experimentar por primera vez esa impresión de estar soñando con una persona aunque tenga la cara de alguien más; el vértigo de las pesadillas; la emoción de un beso tan real que te despiertas tanteando la cama vacía.

Lo miré curioso. Hablaba con tanta confianza y seguridad que me entusiasmó. Aunque tenía algunos sueños ﷓humildes, míseros sueños de escaso arraigo en mi memoria inmediata﷓, la idea de rememorar uno compartido como si se tratase de una anécdota real me pareció fascinante. Cuántas veces uno tiene un sueño agradable y al despertar siente la necesidad de contarlo para revivirlo? Cuántas veces había tenido una idea o una sensación a la que aferrarme para luego desarrollarla en un cuento? Y al despertar, en medio de la noche, con esa brumosa sensación de no saber si se está dormido o despierto, vislumbrar en forma clara y concisa lo que quería escribir. Sin embargo, por la mañana, la idea se había esfumado y el sueño era sólo un recuerdo confuso y entrecortado. íCuánto hubiese valido en esos momentos alguien como Martín, para poder recordarlo junto a él parte a parte!

La primera mañana Martín se despertó temprano, privándome de nuevos sueños o bien dejándome librado al posterior olvido en el cual se sumían los que eran de mi exclusividad. Cuando desperté sólo recordaba uno sobre el reencuentro con los viejos amigos de mi patria. En un paseo imposible, atravesábamos Rosario y Madrid sin escalas. Tras partir desde el palomar del Parque Independencia, frente a la puerta principal de la cancha de Newell's, llegamos a la Plaza Mayor; nos detuvimos un instante a la sombra de la estatua de Felipe III para luego seguir viaje y salir, de algún modo, a la mismísima Gran Vía. El viaje y el sueño terminaron cuando tomamos un metro que, al cabo de unos minutos, nos dejó frente al Monumento a la Bandera.

Cuando entré a la cocina Martín abandonó el diario sobre la mesa y me saludó. Luego, con una sonrisa cómplice, me preguntó dónde coño quedaba el Monumento a la Bandera. Se lo dije.

﷓Pues que rápido se llega en metro desde Madrid.

Convivimos durante unos seis meses. Podría decir que llegamos a hacernos buenos amigos. Si bien conversábamos horas enteras, supe muy poco de su pasado. A mí no me importaba. Me conformaba con su compañía para rememorar los sueños y canalizar la nostalgia de aquella suerte de exilio que me había alejado de mi patria y mis afectos, una callada añoranza que liberaba al conversar sobre los lugares o personas con las que soñábamos.El último sueño que compartimos fue raro pero inolvidable. Martín y yo estábamos juntos. Al ser ambos partícipes, los dos sentíamos como propias las sensaciones del otro: yo era yo y también era él, y viceversa.

Al día siguiente volví a la Argentina. Me había llegado una oportunidad inmejorable para regresar y apenas tuve tiempo de preparar las cosas antes de estar a bordo del avión con rumbo a Ezeiza. Me despedí de Martín con un abrazo.

﷓Seguí soñando ﷓le dije desde el taxi.

Durante un tiempo mantuvimos cierta correspondencia. Pero los años se encargaron de ensanchar las distancias: al océano real que se abría entre nosotros, dividiendo continentes, se sumó aquel otro de ausencias y silencios. En algún momento ﷓casi sin darnos cuenta, como pasa en estos casos﷓ perdimos contacto para siempre.

No sé por qué me desperté una madrugada pensando en él. Muchas veces me había rondado la idea de escribir un cuento y cumplir la predicción que había anunciado la mañana en que nos conocimos, pero los esbozos nunca me habían conformado. Aquel día me levanté de golpe, como si en las penumbras del sueño hubiera asido alguna idea. Encendí el velador y me puse a escribir en la libreta que guardo siempre en la mesita de luz. Al rato me tuve que levantar, urgido por la certeza de que el cuento que me había asaltado habría de perderse con la luz del alba. Me preparé café y me senté en la computadora a escribir.

Terminé con la primera luz del día. El hueco en el papel de Paul Sheldon, aquel torturado escritor de Misery, se había abierto para mí. La idea estaba lejos de ser grandiosa, pero de un tirón me había salido un trabajo rescatable. En mi cuento, Martín era el dueño de una casona antigua; le alquilaba una habitación a un sujeto parco y misterioso -un recurso gastado pero efectivo﷓. Al cabo de un tiempo compartía un sueño recurrente con su inquilino: tras deambular por callejones oscuros, el sujeto atacaba por la espalda a un hombre, ahorcándolo con un cordón de seda. Martín, obsesionado, empieza a desconfiar. Una noche decide seguirlo: lo pierde a la salida de un bar y se mete en un callejón sombrío; corre hasta un cuerpo tirado en el piso pensando que llegó tarde. No es más que un ciruja que duerme en un rincón. Entonces empieza a pensar que se dejó llevar por el sueño, empieza a creerlo cuando el cordón de seda le rodea el cuello. La circularidad tampoco era excepcional: esa continuidad de parques cortazarianos, la trascendencia onírica de Silvina Ocampo, acaso mellaran el conjunto. Sin embargo lo terminé satisfecho.Fumé un cigarrillo. A veces uno termina un cuento con esfuerzo, agotado, como si hubiese amontonado un ladrillo sobre otro para armar la estructura. Esa vez no. Era como si el cuento hubiese estado entero en mi cabeza, como si el acto de sentarme frente a la computadora no fuese más que la liberación de una historia que la noche me había traído íntegra.

Pasé los días siguientes buscando ocupaciones para alejarme de Madrid y de Martín; no de los reales ﷓ausentes desde hacía tiempo en mi cotidianidad﷓ sino de los imaginarios. Esperando el momento propicio para pulir el cuento. Un par de semanas después me senté a tomar un café en una librería del centro. Mientras esperaba a un amigo empecé a hojear el último número de una revista literaria europea. Traía una nota interesante sobre la literatura española durante el franquismo; una revisión de la obra de Alejandra Pizarnik y un texto inédito en una sección llamada Los Elegidos. Lo primero que me llamó la atención fue el título, idéntico al mío. Al cabo de un vistazo rápido a los primero párrafos, comprendí que el argumento era el mismo. Recién entonces vi la foto. A pesar de los bigotes amplios tipo Laiseca, teñidos por la nicotina, los años no lo habían cambiado tanto.

Pagué el café, sin esperar a mi amigo, volví caminando a casa. Saqué el cuento del cajón del escritorio,lo rompí a la mitad y lo volví a romper. Tiré los restos en el tacho de basura. Después fui hasta la pieza y saqué la libreta que guardaba en la mesita de luz. La miré un instante, con algo parecido a la pena. Después me deshice de los apuntes, de cada mínimo esbozo, de todas las historias simultáneas que la noche nos había traído. Me quedan los recuerdos, supongo. Una anécdota inverosímil, insuficiente para un cuento, y la memoria de un puñado de sueños compartidos.

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