CONTRATAPA

No parece

 Por Víctor Maini

Alguna vez, en las gastadas mesas del boliche de Calicho, cuando nos tomábamos todo el tiempo para escuchar los atardeceres, jugábamos a un juego de nuestra autoría. Aunque carecía de nombre, contaba con reglamento, tabla de posiciones y un campeón mensual. Consistía en acertar, sólo mediante el método de observación, la ocupación, trabajo u oficio de los parroquianos y vecinos que pasaban asiduamente por el lugar. Los albañiles o mecánicos no sumaban puntos por considerarlos votos cantados. Los casos como el del viejo Acosta, quien dejaba su camión cargado con sifones en doble fila para consumir su dosis diaria de caña, o el "Loco de la guerra" que dejaba los plumeros en la vereda para calentar su alma con ginebra, estaban fuera de concurso por ostentación de los medios de subsistencia. Tal vez porque siempre me habían visto jugar de puntero o mediero, mi mayor acierto sorprendió doblemente, sonó como un verdadero bochazo. No dudé aquella noche en apurar mi veredicto sobre un nuevo y solitario comensal, un tal Domínguez, tildándolo de odontólogo. En aquel momento, agrandado por las circunstancias, justifiqué falsamente mi decisión en su pulso firme y la prolijidad en el manejo de los cubiertos, escondí la verdad, la sensación de miedo al dentista que sentí cuando me crucé con aquel hombre en el baño. Aquel pánico hacia los solistas del torno, en mayor o menor medida, me acompañó durante gran parte de mi existencia. Hace algún tiempo, un agudo dolor de muela, me llevó a golpear la puerta del doctor Fragazzini, conocido como "El entrerriano" en el barrio de Alberdi. Al pisar la sala de espera supe que estaba frente a la excepción. Una foto de Drácula, bajo un cartel que lo destacaba como cliente del mes, un flipper sobre un rincón, tapas de discos de Los Beatles convertidas en cuadros y algunos graffitis como "se fía en el género humano" o "descuentos especiales para superhéroes", me hicieron sentir que estaba en algún bar de los años setenta. Ya sentado en el sillón de torturas y con dos inyecciones en mi encía, el profesional me preguntó si me gustaba Alfredo Zitarrosa. Tomó una guitarra y entonó Stephanie, con la intención de hacer tiempo buscando el efecto de la anestesia. La mitad de mi cara dormida no fue obstáculo para que le dijera lo que pensaba: "Usted no parece dentista". Haciendo gala de un sentido del humor subordinado a la ocurrencia, rápidamente me contestó "Es que no lo soy, mi amigo!". Inducido por su aire campechano quise saber cuál era su zona rural de origen. Mientras hacía dibujos en una pizarra, me corrigió diciendo que era oriundo de la ciudad de Paraná. Me mostró el plano dibujado, una humilde casa al frente, baño en el fondo, al lado del gallinero y en el centro huerta con árboles frutales. Me habló sobre la economía autosuficiente, la comida sana, el reciclado y todo lo que hoy se conoce como huerta orgánica. Sentenció que en algunas cosas el futuro radicaba en el pasado. Agregó que aquel patio había sido también el almácigo de su profesión, surgida como un acto de legítima defensa frente a una hermana algunos años mayor, quien lo mortificaba en su cuidado. Tenía que hacer de papá, de hijo, de Roberto Carlos con una peluca con rulos de bailarín de Rafaela Carrá y no sé cuántos otros martirios por el estilo. Por su parte, se desquitaba las pocas veces en las qué podía elegir el juego. Siempre el mismo, el odontólogo que aterrorizaba a su paciente. Me confesó también que nunca había dejado de jugar, la mejor manera de combatir la rutina. Después de enjuagarme la boca, interesado por el relato, alcancé a preguntarle: "Y su hermana que hace ahora?". Mi pregunta quedó colgada del techo de su consultorio como una estalactita de tiempo. Sentí que amasaba la respuesta junto con la amalgama. Observando sus ojos vidriosos como dos soles asomando detrás del barbijo, esto le escuché decir: "Mi hermana... ahora... me sigue cuidando desde algún punto del espacio".

No es fácil para alguien educado dentro del paradigma de la medicina curativa, practicar la preventiva. En mi caso, es irónico haber comenzado por la odontología. Lo cierto es que de tanto en tanto, acudo a la casa de mi amigo. Descanso en su sillón reposera tendido en medio de un patio con olor a romero y abro mi boca sin temor alguno.

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