CONTRATAPA

Tardebuena

 Por Gabriela Gervasoni

Me falta comprar un regalo. Aunque quisiera dormir un rato termino naufragando con los que dejaron todo para último momento. Es la hora de la siesta, la más calurosa, la más pesada. Nos movemos con la inercia que queda de todo el movimiento anterior, con los restos de un año que está a punto de rendirse. El punto final como motor es algo raro y contradictorio, porque no debería haber ninguna energía en ese extremo del almanaque.

Unas nenas caminan ocupando toda la vereda. Llevan gorros de Papá Noel y van cantando un villancico. Tienen esa edad en la que el cuerpo las empieza a desbordar, como si tuvieran un disfraz que alguien va a arrancar en cualquier momento. Mientras se rompe ese cascarón, abrazadas, sonrientes, cantan Navidad, Navidad, dulce Navidad, la alegría de este día hay que celebrar. Una de ellas me choca con el codo. Perdón, señora, me dice. No hay dudas, me lo dice a mí que soy la única persona que quedó al lado de ellas, las invasoras de veredas. Las dejo avanzar y me quedo mirándolas desde atrás.

El calor es insoportable pero me consuelo pensando que en nochebuena y el rato anterior al fin de año siempre refresca. A la gente no parece importarle el calor. Hoy no. Ahora hay algo expectante, algo latente que les alivia el sudor, el agobio.

Cruzo la calle después de un interminable semáforo rojo. En la plaza hay una feria de artesanos, una de artesanos de verdad. Me gusta que el capitalismo los alcance también a ellos. Compro un caleidoscopio. La gente revuelve, toca, pregunta. Tampoco ahí se quejan del calor. Se asombran ante tanto juguete para adultos, tanta magia. ¿Qué es?, ¿para qué sirve?, ¿cómo se hace?, preguntan. Escucho algunas respuestas para otros y lamento no tener más plata encima para comprarme todo lo que veo.

En la fuente de la plaza unos chicos juegan a que es una pileta. Nadie los echa de ahí. Son tres nenes de unos seis o siete años. Sólo se sacaron las remeras, que están sobre el piso, junto a unas bolsas con curitas y pañuelos de papel. Los que pasan los miran con envidia, algunos tienen ganas de imitarlos, sacarse la camisa, la corbata y zambullirse en el agua fresca. Los chicos se salpican entre ellos y las gotas brillan en el aire como estrellitas de cristal.

En la puerta del shopping un nene se elige el Mario Bross que acompañará su hamburguesa y sus papas. La mujer mayor que lo sostiene de la mano no entiende el proceso que tiene que cumplir, las palabras son como los dibujos que ven los chicos cuando las letras son sólo eso, una imagen que no saben leer. Combo, nuggets, Angus Premium, chicken. Disculpemé, ¿usted sabe cómo es ésto? Le simplifico la historia recomendándole que pida una cajita feliz, pague en efectivo y que el nene le diga a la empleada cuál es el muñequito que se quiere llevar. Felicidades, me dice la mujer de pelo casi blanco. En lugar de buenas tardes, chau, hasta luego, gracias; en vez de saludarme me desea felicidades.

Se va ablandando mi rechazo a la navidad. Se derrite. A pesar de que después de una hora no encuentro el regalo que estoy buscando, a pesar de la cantidad de gente que circula al lado mío, a pesar del calor insoportable. No sé por qué, mientras trato de recordar cuándo fue la primera vez que odié la navidad, hay una sensación nueva, desconocida, que me quiere inundar. No puedo recordar nada malo ni triste, ningún incidente al cual endilgarle esa repulsión por el rojo, verde y dorado, por los árboles de navidad y los villancicos.

Me pido un exprimido en mi bar favorito. Un hombre de unos cincuenta años lee un libro en la mesa de enfrente. Carta al padre. A pesar de que está concentrado y parece feliz, yo pienso que es un bajón. Leer Carta al padre un 24 de diciembre es un verdadero bajón. Si me preguntara qué podría leer creo que le contestaría que no hay ningún libro apto para leer en Navidad. Mejor correr, nadar, hacer el amor; en Navidad hay que liberar endorfinas. Ya no tengo tiempo, pido la cuenta pensando que en media hora tengo que encontrar el regalo que estoy buscando.

No es tan difícil comprar algo para un bebé que está por nacer. ¿Por qué me cuesta tanto?, ¿por qué nada me gusta? Antes de que la empleada me atienda hago un recorrido más con los ojos y nada llama mi atención. ¿Qué le gustaría comprar? me pregunta una chica que lleva su nombre, Julia, colgando de un prendedor. No sé, le digo, algo blando, con sonido, que sea móvil, colorido. Baja muchos juguetes, muchos, todos los que tiene para bebés. Tiene paciencia conmigo, no se cansa, no me apura. Y de repente quedo en medio de animales, estrellas, pelotas de trapo, lunas y soles de peluche. Me hundo entre esos objetos exageradamente bellos. Al fin consigo un librito hecho de tela, con distintas texturas y sonidos. Me emociona saber que es el primer regalo que le compro y que todavía no sé si es nena o varón. Se sigue ablandando mi navidad. Sigo sin acordarme por qué la odiaba antes.

Salgo a la calle con el regalo que compré y vuelvo a mirar a mi alrededor. Entre moños dorados, carteles de descuento, campanas, estrellas, hay gente. Hay mucha gente. Sigue ablandándose mi navidad y ahora siento un nudo en la garganta. Saco el caleidoscopio y lo miro para que nadie vea que estoy llorando. Flores, triángulos, círculos, pequeños vitraux atraviesan mi ojo derecho. Al principio no me doy cuenta de qué es lo que me emociona, creo que es por el primer regalo para mi sobrina, creo que soy yo, que me pasa a mí, sólo a mí. Después entiendo que no, que me emocionan las ganas de milagros que tienen todos, ese secreto deseo de que a las doce de la noche pase algo, algo que cambie todo para siempre. Que a las nenas les dure la infancia, que los artesanos puedan seguir asombrando, que los chicos de la fuente tengan amor y piletas, que nunca se muera la abuela que quiere comprar una cajita feliz, que Kafka jamás duela, que me quieran, poder querer. Felicidades, le digo al taxista cuando me da el vuelto. En lugar de buenas tardes, chau, hasta luego, gracias; en vez de saludarlo le deseo felicidades.

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