CONTRATAPA

La valija de Walter Benjamin

 Por Hernando Quagliardi

Crónica Uno:

Toda la noche habían caminado por senderos escarpados de montaña. Arrastraba el peso de su cuerpo enfermo, la angustia ante la inminencia del momento final. Acompañado de su segunda mujer y de su hija, formaban un grupo sombrío que escapaba furtivamente de la invasión nazi al sur de Francia. Walter Benjamin, el judío alemán proscripto de las universidades de su tierra, había escrito una obra y resistía aún en esa penosa instancia. Tal vez por eso, pese a que le habían rogado que se desprendiese de su equipaje, insistió en llevarlo consigo hasta la frontera, deshaciendo el esfuerzo en el anticipo del descanso para el día por venir. El manuscrito que guardaba en la valija, borrosamente lo alentaba como un faro en la noche entre los pinos sin luna.

Crónica Dos:

Hacia 1920 Macedonio Fernández se "muda" de trabajo. Abandona su profesión de abogado que lo llevó a ser fiscal en la ciudad de Posadas y se pasa a la literatura sin llevarse ninguno de sus antiguos clientes. Trabaja como un recién venido, desde la oralidad y va dejando innumerables papeles, contradictorios a veces, metafísicos, experimentales, poniendo en tela de juicio los paradigmas literarios de la época, como si el lenguaje no fuera otra cosa que material incompleto, fragmentos de una obra que parece siempre a punto de ser terminada, o más precisamente, "interminable".

Crónica Tres:

Cuando Roland Barthes pronuncia su discurso inaugural en la cátedra de semiología Literaria del College de France afirma que el lenguaje es fascista porque nos obliga a decir. El fascismo se caracteriza menos por la prohibición de hablar que por el deber de decir esto o aquello. Ese deber viene dado en la repetición, el cliché, el estereotipo, con el que el Poder ha ido desgastando la piedra rústica del lenguaje durante miles de años. Barthes piensa, si no en una relación de jerarquía de la literatura con relación a las restantes hablas científicas, en la ruptura de toda confianza en los discursos ortodoxos, conservando para la Literatura, el espacio exclusivo de la Libertad.

¿Pero qué tienen que ver estas tres crónicas? --me pregunto en la tarde lluviosa bajo el hospitalario techito del Café "Nino". La unidad de sentido que ataría a esta involuntaria trilogía es la noción de "refugio" --arriesgo- y luego me veo en la obligación de avanzar, como cada vez que se formula un enunciado inicial que pasa por ingenioso. Por suerte, el diletante ámbito del Café permite estas divagaciones.

La mayoría de la gente escapa, corre por la falta, huye de la sensación de frustración en la que han caído las utopías esenciales. Ya desde la niñez la conciencia se agita aún sin saber demasiado del mundo y nos pone en guardia. Al niño se le cuenta una historia antes de dormir o bien el niño la inventa en silencio. Esto también lo pensaba Benjamin.

Más tarde, ingresados en la vida social, los hombres explotan los vestigios y transformaciones de la vieja retórica del siglo XX: la medicina, la tecnología, los avances en el campo político y jurídico, el descubrimiento de nuevas panaceas como la buena forma física o la comodidad del consumo y la ampliación de los encuentros que plantean las redes sociales, son algunos ejemplos de semejante intercambio.

Aquí estamos, liquidando las utilidades de nuestra era, persiguiendo con voluntad constante el beneficio, enojándonos, mirando de reojo al otro, exigiendo más y mejores condiciones de desarrollo. Está bien, pero vamos a fracasar. Es inexorable. No encontraremos la salud en la clínica especializada, ni la seguridad en las plataformas políticas ni en los códigos, entre otras razones porque la seguridad no existe ontológicamente hablando. Las ciencias hace rato que no tienen nada para decir y en los medios y redes sociales todo recircula para continuar con la repetición.

¿Dónde, cómo y qué poner a salvo entonces?

Volvamos a la "crónica uno".

Walter Benjamin se quitó la vida en el pueblito catalán llamado Port Bou, al cerrarse el paso fronterizo en la mañana en la que habían llegado. Luego la guardia civil española, a la vista de los sucesos, dejó pasar al resto de los viajeros. La Gestapo se hizo cargo del cuerpo del escritor y de los efectos personales. El manuscrito no fue nunca dado a la luz. Es un misterio que los cronistas de la literatura desistieron de buscar. Lo dieron por perdido, una novela perdida o nunca escrita o escrita para un solo lector: los bárbaros cancerberos del III Reich.

Ayer hurgando entre libros nuevos, con el goce que otorga saber que una obra profundamente anacrónica como la de Benjamin continúa editándose, encontré el tomito llamado "Calle de mano única", publicado por Cuenco de Plata en julio de este año. Me detuve en la larga enumeración que el editor escribió en la contratapa, resumen que a Benjamin le habría gustado, creo, por el carácter heterogéneo de los elementos que lo componen.

Me permito una transcripción con nuevas y arbitrarias mutilaciones: "Viejas estampillas de diez centavos con sellos; guantes; máscaras halladas en un guardarropas; la torre de una iglesia, una bandera, un mapa de Berlín marca Pharus, una agenda de bolsillo; un pisapapeles que evoca el Obelisco de la Place du Concorde, bijouterie de escaso valor, el reloj del patio de una escuela; una cuchara antigua; un abanico; un torso esculpido en mármol; flores (...); juguetes, pipas móviles girando lentamente en una kermese; manzanas dispuestas sobre paja para venderlas en un puesto de verduras (...) un rifle en un sueño para quitarse la vida; un folleto de viaje del Cabo Buena Esperanza; artículos de mercería; el gorrito rojo de un clérigo sentado en la estación; cerveza para beber al paso; mercancías vendida en un barco recién atracado en puerto; collares, pinturas al óleo, cuchillos (...) un cinturón de cuero de Hong Kong, una postal de Palermo, la foto de una muchacha de Szczecin, la calle Asja Lacis que existe en este libro, este libro".

Leído así de corrido, vertiginosamente, como impone la prosodia de la enumeración caótica, me digo muy satisfecho: ¡Es esto! Lo que nunca podrán entender los guardianes del poder, lo queda a salvo. Es el arte, la posibilidad de una redención, el refugio último de la mala conciencia.

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