CONTRATAPA

Vienen a desmantelar el hospital

 Por Sebastián Rogelio Ocampo

La luz de la tarde entraba por la ventana. Rulo miraba las alpargatas del viejo Parrado. El viejo movía el pie como si estuviera pedaleando una maquina de coser, pero pausadamente.

"¿Querés un mate?", le ofreció a Rulo.

Rulo aceptó.

Estaban los dos sentados en una casilla junto al portón de hospital. El hospital quedaba en el límite del pueblo con el monte. El viejo Parrado era el sereno. El edificio ya estaba construido, sólo faltaba inaugurarlo, pero por el golpe de estado se había postergado todo. Rulo cada tanto iba a hacerle compañía al viejo. Charlaban. Tomaban mate.

¿Vos te das cuenta, pibe? ¿Te das cuenta lo grande que es Perón? Somos un pueblito en medio del monte, perdidos en la inmensidad del norte argentino y viene este general y hace construir este pedazo de hospital acá, acá mismo.

Rulo le dio un buen sorbo al mate y asintió.

Sí, entiendo, dijo. Es algo increíble.

De otro planeta, pibe, de otro planeta. Bueno... voy a calentar más agua.

El viejo se puso de pie, con un balde llenó de agua la pava y la puso sobre un brasero. Se masajeó la espalda. Hizo algún comentario sobre el dolor de cintura.

Es así, pibe, dijo.

Quedó petrificado. Algo había visto por la ventana que lo dejó duro, al instante. Un momento después se escuchó el ruido de unos motores y de vehículos acercándose. Rulo se asomó. Tres camiones verdes. Tres camiones militares se detenían frente al hospital.

La puta madre, dijo el viejo. El puño apretado encima de la mesita.

¿Qué pasó?, preguntó Rulo.

Ahora vamos a ver.

El viejo salió de la casilla al patio y abrió una puertita que había en el portón del hospital. Salió al encuentro de los soldados.

Rulo vio cómo bajaban de los camiones. Uno que tenía unas tiras amarillas en el hombro, parecía el jefe, se acercó al viejo Parrado y le dijo algo. El viejo hizo unas señas con las manos y volvió para la casilla.

Vienen a desmantelar el hospital, le dijo el viejo a Rulo.

Rulo sintió una angustia abrasadora en la boca del estómago.

Pibe, hay que hacer algo rápido, ayudame. Hay que avisar a toda la gente del pueblo, que vengan a reunirse al patio del hospital. Primero nos van a tener que matar a todos.

Rulo salió corriendo. Se imaginó a los soldados entrando en el hospital, rompiendo todo, llevándose sillas y camas. El corazón le latía como una locomotora. Corrió, corrió, corrió; levantando una polvareda. Llegó a la casa de Cáscara. Golpeó la puerta. Cuando la madre se asomó Rulo le explicó lo que estaba pasando y que el viejo Parrado quería que el pueblo fuera a defender el hospital. La mujer entró para avisarle al marido y Cáscara salió a la calle.

¿Qué pasa, pomelo?, preguntó.

¡Tres camiones llenos de milicos! ¡Quieren hacer volar el hospital! ¡Ayudame a avisarle a la gente!

Rulo y Cáscara corrieron hasta la próxima casa. Golpearon y dieron aviso. Luego corrieron a otra. En el camino Chuña se unió al grupo. Le contaron.

¿Muchos soldados?

¡Tres camiones!

¡Tiene metralletas, morteros y bazukas!, dijo Cáscara.

Pomelo, no digas pavadas. Tienen sólo metralletas, corrigió Rulo.

Seguro que tienen bazukas. Vos no las viste. Pero las traen siempre escondidas para atacar al final.

Podemos acercarnos por la parte de atrás, sugirió Chuña, les ponemos un trapo con nafta en los caños de escape y fuego y ¡PUM! ¡Vuelan los camiones!

La bolilla se había corrido por el pueblo, podía verse a la gente salir de las casas, caminar hacia el hospital. Familias enteras. Hombres, mujeres, chicos.

Los chicos llegaron a la casa de Melito. Estaba la puerta abierta. Entraron. Melito estaba en el patio, le daba de comer a unos pájaros. Tenía unos trocitos de zanahoria en las manos.

¡Pomelo, están atacando el hospital!, gritó Rulo.

¿Con aviones de guerra?, preguntó Melito.

¡Tres camiones llenos de soldados con metralletas!

Y bazukas..., agregó Cáscara.

Llamemos a Comando Cody, gritó Melito.

¡Yo soy Comando Cody!, dijo Chuña, sacando pecho, abriendo los brazos.

¡Vamos, vamos a avisarle a la gente!

Siguieron golpeando puertas. La gente alborotada salía a la calle. Llegaron hasta la última casa del pueblo, que era la del viejo Aguirre.

El viejo manoteó la escopeta y partió para el hospital.

Aguirre, ¿Nos presta el caballo?

Sí, sí, llévenselo.

Vamos a ser los héroes de la tarde.

Y Rulo se imaginó entrando con el caballo en el hospital, amedrentando a los milicos, obligándolos a la retirada.

Cáscara le hizo ancla a Rulo y Rulo se montó. Le dio unos talonazos suaves al caballo y se pusieron en marcha. Chuña, Melito y Cáscara caminando a la par.

Creo que deberíamos llevar las gomeras, dijo Melito. Nos escondemos entre los árboles y le zumbamos piedrazos desde ahí.

Pero tienen cascos, dijo Chuña.

¿Y qué tiene?

Los cascos son duros. Yo una vez vi uno. Son duros y pesados y las piedras no les hacen nada.

Les tiramos a los ojos, dijo Cáscara. Los dejamos ciegos.

Mejor sería conseguir clavos, dijo Rulo, y les pinchamos las ruedas de los camiones.

Comando Cody los liquidaría uno por uno, dijo Chuña, ¡Yo soy Comando Codyyyyyyyyy!

¡Ya sé! ¡Ya sé!, dijo Melito. Armamos un barrilete, y les volamos por encima y les tiramos aceite hirviendo.

Es para hoy, pomelo, no tenemos tiempo de armar un barrilete.

Y siguieron andando hacia el hospital. Elucubrando planes de ataque y defensa. Cuando llegaron a la esquina escucharon una canción. Rulo sintió la melodía recorriéndole el espinazo. Era la marcha peronista. Estaban cantando la marcha peronista. Ataron el caballo, entraron por una puerta lateral al patio.

El pueblo entero estaba reunido en ese patio, hasta gallinas, perros y patos había. Hombres, mujeres, chicos, chicas; cantaban con fervor la marcha peronista. Los chicos se quedaron a un costado mirando. Sorprendidos. Rulo pudo ver al viejo Parrado a la cabeza de la multitud cuando abría el portón de par en par. Los soldados entraron lentamente, no parecían convencidos de lo que hacían. Al ver a la gente se quedaron quietos. Como clavados al piso. La marcha en boca de la gente. Los soldados, los ojos de los soldados, había confusión en esos ojos. El militar que parecía el jefe se desprendió de su bando y avanzó hasta encontrarse con el viejo Parrado. La gente había terminado de cantar la marcha pero volvían a empezar. Dos hombres más del pueblo se acercaron al militar jefe y al viejo Parrado, que a mitad de camino entre los pobladores y los soldados, hablaban. El viejo Parrado hizo un ademán, parecía que le decía al milico que mirara, que mirara a ese pueblo. Entonces el milico saludó llevándose la mano a la cabeza, gritó un par de órdenes y los soldados pegaron media vuelta y comenzaron a subir a los camiones.

Rulo abrazó a Cáscara, y Cáscara a Melito, y Melito a Chuña. Se quedaron mirando cómo los soldados se subían a los camiones. El barullo de los borsegos ensuciando la melodía de la marcha peronista. Se encendieron los motores. Los camiones arrancaron y enfilaron por el camino que se metía en el monte. El sol todavía colgaba de la tarde en todo el esplendor. La gente cantaba. Rulo empezó a cantar y después los otros chicos, y cantaron, y el Perón Perón parecía el sonido de los pulmones, parecía el latido de cada uno de los pechos, parecía el eco del monte y los cerros, parecía que nunca iban a dejar de cantar.

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