CONTRATAPA

Drogados

 Por María Eugenia Sartori

Estoy completamente drogada, pero vení, me dijo Brenda cuando la llamé para corroborar el horario de nuestro encuentro. No hay timbre en su casa. Y la verja que separa la vereda del jardín delantero tiene puesto el pasador, pero alcanzan las manos para hacer un sonido que la llame. Y ella lo escucha, porque está atenta, porque está esperándome. Esa sensación me salva el día.

Enseguida aparece con su vestido de algodón verde que la cubre hasta las rodillas, sus sandalias con lazos de cuero marrón que decoran sus pantorrillas y el pelo enrodetado. Apenas abre la puerta, también sale a mi encuentro la voz de la Negra Sosa y el olor a pan recién horneado, como anunciando la intensidad.

Brenda se recibió de profesora de letras hace un par de años. Durante el último tramo de la carrera trabajó en un salón del comedor de su barrio coordinando un taller de leyendas y dando clases de apoyo escolar, que terminaron siendo mucho más que eso. Todavía no se inventó la palabra que defina todo aquello que a ella estuvo reservado brindar. O tal vez sí, tal vez podamos conformarnos con una familia de palabras apoyadas: Brenda apoyaba su pasión en los pibes y ellos apoyaban sus noches en ella.

Hace unos días me llamó para pedirme unos libros fotocopiados de los que le hablé en una obra de teatro que nos encontró en la sala de usos múltiples del pueblo. Nuestra biblioteca popular es adorable, pero pequeña, y muchas veces la falta de tiempo o de dinero, nos impide ir a la ciudad en busca de los tesoros perdidos: de modo que estamos acostumbrados a traficar bellezas, así, de mano en mano y confiando en que volverán a su estantería.

Drogada y todo, se ocupó de amasar un pan para mí y de disponer el equipo del mate sobre una bandeja de mimbre, cuya base cubrió con una carpeta con puntillas que sé que ella misma bordó. Enseguida sacó la pila de libros fotocopiados y anillados. Ella los baraja como si fueran naipes sobre la mesa.

--¡Oro!, ¡Esto es oro! -dice- ¿Cómo te lo agradezco?

--Ojalá te sirvan.

--Ya no sé.

--¿Qué pasó?

--Se me cayó la estantería.

Y me explica que le salió un reemplazo largo en una escuela de la villa. Que ese fue uno de los días más felices de su vida. Que les leyó a los chicos poesías de Bukowski y crónicas de Lemebel, que se le animó a Lorca y que los pibes la flashearon. Pero la cosa es heavy, me dice. Me terminé acostumbrando a los ruidos de los celulares, a que cada tanto se prendan un porro y a que la Directora me responda que con mantenerlos adentro del aula, ya está. Que qué le vamos a hacer, que por lo menos están contenidos unas horas.

Yo tragué saliva espesa y me creí que me iba adaptando, me dice. Esto lo viví mil veces, vos sabés, acá en la placita, en las peñas, en el dispensario también, mil veces llegaron fumados los pibes y nunca esquivaron el tema y, no jodamos, nosotras también. Pero esto, esto, se me cayó encima.

Entonces, allí, yo no quiero detener sus palabras. La dejo hablar. La dejo vaciarse. Les miro los ojos, me dice. El extravío, la apatía, la abulia, eso ya lo había visto en otras escuelas pero en ellos hay algo más, hay una lucidez que los vuelve cuchillos: "nosotros somos el pulso herido", "nosotros somos la grieta", "nosotros no salimos más de ésta". Y terminé en el psiquiatra Lu, y con un cóctel encapsulado. Ahora soy un zombi más, me dice, con una cadencia lenta que le desconozco.

--Pero hace un mes, se me cayó la estantería encima. Completa. A la mierda Freire y todos sus hijos.

--¿Qué pasó?

--Estábamos laburando el tema de las oraciones complejas en un aguafuerte de Arlt. Alguno me preguntó para qué mierda les servía eso y yo arranqué la perorata del lenguaje como una forma de poder, como un arma de lucha y no sé qué otra sarta de cosas y Rodríguez se para, saca un arma de verdad y me apunta. ¿De qué carajo habla?, me dice. Bajá el arma, Rodríguez. No la bajo ni mierda. Acá el único arma que sirve es ésta. Ésta y la merca para olvidar. Y enseguida me largó: ¿Usted quiere que yo a los guachos, duros como una piedra, los apunte con una subordinada cuando me quieren meter la pija en el baño de la estación o cuando le quieren afanar a mi vieja la única bici que hay en casa y con la que va a laburar todos los putos días de su puta vida? Nosotros no tenemos tiempo para pelear con otros, nosotros peleamos entre nosotros, para sobrevivir, a ver si lo entiende. Con los otros, ni peleamos. Y nunca los vamos a entender.

Entonces yo también sentí que se me caían las estanterías encima. No cabía ni una pregunta en el filo del aire. Ahora éramos nosotras las que estábamos duras. Así nos quedamos un buen rato escuchando a la Negra Sosa. Dos bólidos o dos recién nacidas a punto de dispararle al aire con la desesperación del llanto primero. "Me vengaré, llorando", escribió Martí.

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