CONTRATAPA

El coyote y el correcaminos

 Por Víctor Zenobi

A Toti y a mis alumnos

Me dijo: ¿Y usted me lo pregunta? Si usted me lo enseñó... No es casual que lo recuerde ahora, que en pocos días más dejaré de dar clases. La sensación es confusa, dejar de hacer lo que se ha hecho durante tanto tiempo... parece un sueño... Y para colmo porque a pesar de haber profesado la vocación de profesor durante tantos años, pocas veces me he sentido un profesor en el sentido más estricto de esa palabra, sino tan solo alguien que aprovechaba ese menester para aprender todo lo que no había comprendido bien en muchos sentidos... ya que casi siempre he sido uno de los últimos de la clase. Una consecuencia de eso es que siempre estoy intentando corregir mis errores, no sólo vivenciales, sino también los que refieren a mi posición ideológica que sostengo como un núcleo duro de mis ideas, aferrándome a ella como un náufrago se aferra a una débil tabla de salvación. A ella me remito, tan propicia para un profesor de letras, dado que la interpreto como la posibilidad de interrogarme permanentemente y sobre todo, más allá de mí mismo; la A y el círculo incompleto que la simboliza (aparte de ser misteriosamente la primera), se abre a la reconvención, a la incertidumbre que promueve un universo tan cambiante, pero jamás hacia aquellos que intentan persuadir a los demás de que tienen la verdad sobre asuntos de importancia vital. Nada puede ser para mí algo tan incómodo, ya que no sé nada acerca de asuntos de vital importancia, a lo sumo propendo a diligenciar los sentimientos involucrados en las razones de mi pasión, principalmente por la literatura, que -como ha dicho Joyce- da una falsa conciencia de las cosas, una conciencia literaria. En mi caso, agregaría, para no incomodar a los creyentes, parasitaria, puesto que es una manera de tratar de mejorar un poco el exiguo borrador de mi vida, ya que por lo demás, lo que siempre ha constituido para mí una riqueza me ha sido dado hasta por personas que ingratamente he ignorado ¡Ojalá pudiera reparar ese error! En suma, quizá por este tiempo, el tiempo de un límite, de una cierta claudicación que la vida social nos exige, intento revisar el trayecto y comprender lo ilusorio de lo que he creído y que me ha impulsado, sin afirmar que lo tengo más claro, puesto que sería el pleonasmo de un error dialéctico irreparable. Pero sí, que puede sugerir algo a quien se sienta como yo, un aprendiz detrás de una incesante metonimia que siempre me ha impulsado tras algo imposible de definir y por tanto de alcanzar y que, en consecuencia, me hace creer que es imposible establecer, en ese sentido, una línea precisa, que separe lo imaginario de aquello que puede suceder de verdad. Esa deriva me hace creer en cierto aspecto mágico de la vida, en la consistencia de una cierta espera, puesto que creer está relacionado con la espera de algo que puede ocurrir o que seguramente ocurrirá. Por ejemplo, yo espero siempre que algo ocurrirá cuando mis chicos han podido interesarse en una clase... Entonces, a la noche, con cierta satisfacción, cierro mis ojos para dormir y me doy vuelta hacia un costado porque recuerdo una frase de uno de mis maestros: "...mecido y anulado por la corriente..." Por supuesto que doy en pensar que eso se produce porque he vivido casi toda mi vida a la vera de un río y que casi siempre me trae, aunque yo no lo convoque, la experiencia de Heráclito, de la cual sin quererlo o sopesarlo me siento íntimamente cercano... Todo pasa misteriosamente ya que nunca sabré hacia dónde, pero en eso radica lo que me inquieta y me intriga, hacia dónde y cuándo... Sobre todo porque en la brevedad de mi tiempo, mi vida será resumida en un cerrar los ojos, en un instante, digamos... en el que volveré sin duda a participar de la eterna serenidad de lo inerte, sin darle a esto el significado trágico que tanto desalienta. La espera es un estado habitual que se me impone y que no rechazo porque predominantemente está involucrada en el sueño o en la ensoñación, en la... ¿cómo decirlo adecuadamente? La lenta tremulación de un poema, de una línea de un poema que me hace respirar cierta felicidad, inalcanzable para mí en el espacio de los hechos, como si se me revelara algo que nunca se produce o se produce intermitentemente... Equiparable a la vacilación de una luciérnaga o a la brisa que tiembla en la hojarasca y promueve un rumor concéntrico sobre el agua donde un abejorro traza un rastro de su vuelo. Algo hermoso y efímero, digamos. Algo que permite quitarle gravedad a las vivencias y que he intentado transmitir, probablemente con escasa fortuna, pero en lo que insisto a través de tantos textos, que intensifican los aspectos más bellos de la vida. Por supuesto, sé que no es mucho, pero siempre es valioso en mi medio lograr una diferencia entre un poquito y nada. Hace mucho tiempo y acaso sin saberlo, una profesora me allanó el camino, insinuándome que las cosas mejores podían ser las cercanas, que de hecho, son las que se inscriben en la memoria. En mi caso, por la costumbre en la humildad de mi infancia de escribir en el aire para alterar el extraño silencio de tantos días de una precaria realidad ignorada. Esa costumbre ha insistido hasta esta hoja, donde ella y mis chicos me dictan de algún modo el texto. Siempre me ha agradado el sentimiento de la soledad esencial, no la soledad subjetiva, sino la soledad constitutiva de un acto creativo que intenta reparar el momento... La experiencia trivial e increíble de que lo vivido está destinado a desaparecer. En ese sentido me ha complacido reiterar, seguramente en demasiadas páginas en las que he optado deliberadamente por un narrador protagonista que sólo coincide con el "supuesto real" en que ambos son una ficción lógica, la compensación de ese hecho misterioso y creo que para el caso, siempre escribo lo mismo, sin alcanzar a expresar, al menos no con eficiencia, lo que quiero expresar... pero, ¡vaya uno a saber! De todos modos, y al cabo de tanta imperfección y precariedad, no debería asombrarme de que al final de este trayecto, recuerde como el hecho más significante que no haya comprendido de movida el gesto de ese alumno que, para mi asombro, se tatuó al Coyote, en lugar del Correcamino, incorporando algo que ignoraba haber transmitido ¿Usted me lo pregunta? Si usted me lo enseñó... porque lo intenta siempre.

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