CONTRATAPA

Cuando uno descubre que ya no está

 Por Gary Vila Ortiz

Gary:

Llega a su fin la extensa carta que Nicanor te dejó para mí. En esta última parte, nuestro amigo deja de lado a personajes reales o imaginarios (el impalpable mister Wingren, el memorioso López Arnaud) y nos regala un verdadero "festival Pérez": paréntesis, sueños, digresiones, razonamientos confusos y teorías disparatadas (o que al menos yo no comprendo), referencias al cine y al policial y a los detectives y a los discos, amistades, traiciones, melancolía, un final abrupto. Que lo disfrutes. Fernando.

"Me doy cuenta de que copio, de que como ya no estoy recurro a lo que vulgarmente se suele llamar plagio. Como en el film de Billy Wilder, yo, el cadáver que flota de espaldas en la pileta de natación de esa mansión en decadencia de 'Sunset Boulevard', soy el que cuenta parte de la historia. Algunos deben recordarlos, acaso no demasiados: acabo de recibir un par de incómodos balazos que terminaron con mi vida. Pero ¿mi vida ya no había terminado un poco antes? Uno se va terminando poco a poco y luego descubre con pesadumbre que ya no está. Lo desolador: en la mesa de la cocina hay un único plato, un tenedor y un cuchillo, un vaso, la botella con agua, las pastillas que me mantienen, vacilantes, en mi vejez. No, las pastillas son exactas, no vacilantes. Soy yo el que va entrando en ese extraño pero no tan extraño mundo de lo que vacila. Las pastillas, en cambio, son precisas: una para la diabetes de la ancianidad, otra que permite otros funcionamientos, aquellas pequeñas, por lo general de color azul pálido, aunque no celeste, que me inducen al sueño, no demasiado ya pero acaso suficiente. Desde mi lugar de cadáver en la pileta es necesario aclarar: uno no está aún estando en muchos lados, inclusive cuando algunas de las cosas que cuento no sean exactamente como las cuento. Un cadáver, sobre todo el cadáver de un asesinado, puede cometer esos deslices. ¿Qué ocurre? Una parte del ser (aunque hablar del ser sea presuntuoso) va comprendiendo su no estar, su no﷓ser, el abismo que no pasa de ser idéntico al abismo que va de la silla en la que estoy sintiendo al suelo. La silla en la que el que ya no es, escribe. No tengo reparos en sorprenderme de la persistencia notable que tienen, ignoro desde qué tiempos, los rastros de lo humano, las ruinas de sus máximas o mínimas construcciones. Todo cadáver necesariamente es injusto por la simple razón que no quiere ser un cadáver. El deseo de supervivencia del cadáver (fea palabra) es intenso. Una paradoja ﷓una más﷓, pero lo sé y lo escribo. Y se me debe creer."

El fragmento anterior, querido Fernando, me fue entregado por un viejo amigo, periodista para más datos, que deseaba escribir una narración policial diferente pero no lo lograba. Se le ocurrió que si toda la historia fuera contada por la víctima, el hombre o la mujer a quien habían asesinado, tal vez podría encontrar algo de interés, al menos en teoría. El relato contado por el asesino ya había sido repetido en infinidad de oportunidades; abundaban también los narrados por el detective y había muchos en los que la voz cantante pasaba de un protagonista a otro; en algunas ocasiones el que contaba era el ayudante del "private eye" alrededor de quien giraba todo el asunto. Mi amigo el periodista afirmaba que no había historias ﷓o si existían, al menos no eran muy conocidas﷓ contadas por la víctima. Y si las había, creo que él las borró de su memoria por completo. Pero fíjese, Fernando, que ahora que lo pienso (que lo escribo), tal vez exista una posibilidad más rica en sugerencias: la víctima no termina siendo la persona asesinada. Se elimina a alguien, ese alguien queda por un tiempo que nadie puede medir fuera del juego, el justo y necesario para quienes lo deseaban así. Habría entonces una cantidad considerable de finales, no un único final sino múltiples, que sería mejor llamar intermedios, intervalos donde los actores de los distintos hechos estarían como frente a una pantalla de cine, ahora en blanco, comiendo chocolates o pensando en vaya a saber qué cosas, hasta que a la pantalla volvieran las imágenes y esas mismas imágenes fuesen las de los espectadores convertidos otra vez en los que aparecían en esas historias cada una tan diferente de la otra, aún teniendo ese punto en común que las unía. Como en el mismo cine, donde el film terminaba no en un final sino en otra cosa, en algo que dejaba abierto el camino para múltiples narraciones posteriores. Es bien sabido que Sherlock Holmes regresaba de la muerte (sólo un mal entendido lo había hecho desaparecer), pero regresaban también, al mismo tiempo que Holmes, lo que llamaré las víctimas de tal o cual hecho e incluso los autores de esos indeseables sucesos. Todos juntos otra vez, los mismos, pero quizá con otras caras, otra gestualidad, otro andar entre la ficción y la realidad. Habría así una única narración policial, aún siendo muchas, pero esta vez correspondiéndose de distintas maneras a un acontecer real que volvería a modificarse y a ocurrir. Philip Marlowe y Sam Spade volverían con otras caras y acaso otras historias, y serían posibles otros Nero Wolfe, Philo Vance, Donald Lam, desde otras realidades y actitudes. Me parece menos posible recrear a esos inolvidables detectives inventados por Sciascia o Dürrenmatt, pero no tendría demasiados argumentos para apuntalar ese "no creo". En algún momento habría que pensar en el trabajo de Martin Ritt, ese director de cine a mi juicio tan subvalorado, cuando encarna al detective del escritor suizo con tan obstinada inteligencia.

(Y ya que le hablaba de Marlowe, Fernando, me permito este paréntesis que usted seguramente disfrutará, y debo decirle que con él me encuentro de tanto en tanto, en mi sueño cada vez más escaso o en mi cansadora vigilia. La cita es hoy en uno de esos bares reciclados, que a ninguno de los dos nos gustan mucho pero vamos lo mismo, claro, porque no tenemos demasiadas alternativas. Por suerte hay poca gente y se puede hablar. En muchos de esos bares una conversación es casi imposible. Le cuento lo que me está pasando. Philip escucha, toma un trago, sonríe y dice: "No hay remedio". Después de otro trago: "Se escribe mucho sobre los crímenes del nazismo pero solamente eso, se escribe. Los nazis abundan. Se habla del genocidio de los armenios pero tampoco se hace nada. Se cree que el racismo ha terminado en los Estados Unidos pero todos saben que no es así. Se cree que muchas cosas han terminado pero tampoco es así: sólo se dan de otra manera. Más sofisticada, más terrible. No es raro que vuelvan sobre vos. Como podrían volver sobre otros. El mundo sigue dominado por una corrupción a la que simplemente le hemos cambiando el nombre. Te dirán que te creen y al mismo tiempo te llamarán mentiroso. No es que no te crean ni que supongan que sos tan mentiroso. Sencillamente no les importás. Apenas a ciertos amigos. A nuestra edad les interesamos a muy pocos, sobre todo si no tenés unos mangos para pagar ese interés. Entonces te cortan las uñas de los pies con los dientes". ¿Qué edad tiene Marlowe? Unos ochenta y pico largos, más o menos la edad a la que murió mi viejo. Sigue con la misma lucidez de siempre. "¿Qué debo hacer?", pregunto. "Primero tomarte otro whisky y después seguir escribiendo sin decir algunas cosas que sabés, porque terminarías con un balazo en la cabeza o para que no sea tan obvio con un par de cosas que agraven tus espasmos alérgicos o ese corazón más grande que tenés. No es difícil, ahora eso es lo que se llama una buena forma de morir. Y en realidad no existen buenas formas de morir, ni tan siquiera para esos que creen que pueden pagarlas". Marlowe se va. Ya no hay invernaderos donde reunirse, ni tampoco amigos a los que pueda decir "triste, solitario y final"; ya eso se ha dicho hace rato, lo que no impide que siga doliendo.)

Y sí, Fernando, lo admito, hubiera sido mejor un relato lineal, sin digresiones posiblemente innecesarias, algo que el lector común comprendiera rápidamente y que hasta alguno pudiera sentirse parte de la historia. Contar el dos más dos son cuatro y no andarse por las ramas. Directas las cosas que pasaron. Pero no fueron así, porque las cosas que deberían ser de una manera, después no lo son. Y no tan sólo porque uno quiera y tampoco por el destino sino por la escondida historia, tan indiscutible, tan inevitable, de nuestra (la mía, la suya, la de aquel) libertad. Debatida palabra ésta que todos parecemos entender de una manera diferente. Me refiero a lo más simple, a lo más cotidiano, al tenedor que lleva el asado a la boca, al vaso de agua bien helada que las manos acarician antes de que decidamos tomar el primer trago, a la felicidad de poder recorrer el cuerpo de ella que susurra los nombres del futuro. Así deberían ser los hechos que vengo contando, una historia que parece tan lejana como la del Arca de Noé o no tanto, como eso que sucedió más cerca, ayer le diría, pero que ahora es contemporáneo del pasado más remoto. Es cierto también que alguien puede ver todo en el mismo instante, ayer, hoy, mañana, que nuestro nacimiento está dibujado al lado de nuestra muerte. Pero ese alguien no somos nosotros. Sin ignorar, como bien me dirá usted, Fernando, que cada vez que quien puede quiere escribir algo, sabe en las primeras líneas que relata la última línea que redactará. Y tendrá usted razón, mi querido amigo, pero le agrego, despacito, casi con vergüenza, que existen excepciones, la nuestra por ejemplo, la historia que estamos intentando recordar sin poder encontrar ese tono para las líneas que algunos lectores aprobarán o no pero después podrán tirar esta página del diario y a otra cosa. Otra cosa, hay que admitir, más trascendente: ir a comprar yerba y unos bizcochitos y en todo caso, para correrse un poco al costado de la intrascendencia, escuchar un par de discos y tratar de hablar por teléfono con ese amor imposible que cortará, puntualmente, después de cinco a siete palabras.

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