SOCIEDAD › EN VILLA FLAMMARION GAMBETEAN LA VIOLENCIA CON UN PROYECTO PRODUCTIVO INICIADO EN EL CENTRO DE SALUD

La dignidad se viste de herramienta de trabajo

La iniciativa surgió en el centro de salud 20 de junio, para ayudar a otro joven, ahora fallecido. Fabrican en madera insumos de salud como pediómetros, tallímetros, muebles y juguetes. Proveen a los gobiernos municipal y provincial.

 Por Luis Bastús

Cuatro jóvenes de la villa Flammarión empezaron un proyecto de trabajo para rescatar a un amigo, y acabaron rescatándose ellos, resueltos a no caer en las trampas de un entorno difícil que a la vuelta de la esquina les propone otros medios más rápidos para ganarse la vida. Decidieron pelearla con un trabajo legal, y como el mercado aún no les da cabida, ellos se abrieron camino por su cuenta, desde el centro de salud del barrio. Fabrican en madera insumos de salud como pediómetros, tallímetros, muebles y juguetes de estimulación psicomotriz, a pedido de los gobiernos municipal y provincial, que los eligieron como proveedores en ese rubro, encima a precios más bajos que los de mercado. "En lugar de estar en la calle haciendo nada, armamos este emprendimiento para acompañar a un amigo que andaba mal y que falleció, y tenemos varios pedidos. Nos va bien", cuentan aferrados al proyecto que les sirve de puente real con la ciudad integrada. El entusiasmo puesto al narrar su experiencia denota orgullo por lo que están sosteniendo.

Alejandro Espíndola, David Godoy y sus hermanos, Daniel y Nicolás. Amigos del asentamiento que toma su nombre de la calle Flammarión, la que corre paralela y en sesgo junto a la vía del ferrocarril que desdibuja la calle España en un sendero serpenteante y flanqueado de viviendas precarias, aguas servidas, cablerío, árboles y un alegre ir y venir de vecinos y perros cuando el sol empieza a calentar un poco la mañana.

Bordes del barrio Tiro Suizo. Lamadrid muere de repente sobre Margís al 5100, en un enclave de 13.000 personas, donde aún destaca el centro de salud 20 de Junio, cada vez menos contrastante con el paisaje a fuerza de pintadas furtivas y grafitis que evocan a otro chico que alguna vez amaneció muerto en la puerta. Allí se encuentran cada mañana los cuatro protagonistas de esta aventura que llaman proyecto Flammarión. Menos Nicolás, que consiguió trabajo como albañil y no dejó pasar la ocasión. "Si se queda sin laburo, volverá con nosotros. Acá nos ayudamos entre todos", advierte David, el mayor.

No se entrega. Con 20 años, su relato da cuenta de alguien empecinado en resistir. Dejó la escuela en 7º grado y fue en busca de aprender oficios, supo trabajar en la construcción, y ahora abraza con vehemencia el inesperado destino de carpintero que les propuso Mauricio Banchero, el enfermero del centro de salud. A diferencia de las habituales preocupaciones de otros pibes de su edad, David no parece pensar en motos ni las últimas Nike. Su obsesión es que no le falten pañales a la pequeña Nicole, de 5 meses. Lo dirá una y otra vez cada vez que hable de su vida, pero el sujeto constante en su relato es la primera del plural: nosotros.

"En el barrio algunos vagos nos miran de reojo y nos dicen «ehh, cómo laburan ustedes ahí», pero nos conocen. Somos tranquilos, buenos, pero cuando se portaron mal vamos con todo. Acá es así: si no te hacés respetar te pisan la cabeza", explica. En boca del mentor y guía del espacio, "este proyecto productivo empezó como una acción terapéutica para recuperar la salud y la integración de Gastón, un chico de 17 años que estaba en silla de ruedas, sintiéndose mal y sin hacer nada bueno. Que él eligiera con quién encararlo, y pensando a la vez qué insumos necesitaba el sistema de salud pública que ellos pudieran construir", reveló Banchero, apoyado en otras profesionales del efector como la trabajadora social Marcela Solari y la médica generalista Celeste Alarcón Loizaga. Arrancaron en diciembre con un pedido inicial de 12 pediómetros para la Secretaría de Salud municipal. Se trata de elementos con los que los profesionales de salud realizan estudios de talla y peso en los niños.

El rescate de Gastón. El amigo que los convocó y con el que empezaron en diciembre a descubrir una rutina de trabajo cierto era Gastón. Murió en marzo último, a los 17 años. Estaba postrado desde los 14, por causa de un balazo sufrido en una pelea, y sin lazos fuertes de familia. "La mamá trabajaba mucho y él andaba por ahí, venía acá y nosotros siempre lo sacábamos para todos lados, lo llevábamos a La Florida, al centro. Por él empezamos", contó Alejandro.

"El primer trabajo grande fueron 35 pediómetros. Ganamos 6.900 pesos, pero tuvimos que comprarle una factura a uno porque no teníamos. Ahora sí, me anoté en el monotributo, pagamos 50 pesos por mes, y podemos facturar", cuenta el mayor de los Godoy con un entusiasmo que le ilumina la cara hasta hacerle parir una sonrisa franca. Su más noble orgullo. "¿La escuela? No, ya tengo 20, una hija, y sé leer, escribir, sacar cuentas. Ya está. Me interesa trabajar".

Los pedidos continuaron, y ahora con la chance de diversificar la producción. Desde Promoción Social encargaron mesas de ping pong para instalar en sus centros barriales, también rompecabezas en fibrofácil, y por estos días empezarán a fabricar un kit de 10 juegos de encastre y destrezas para tareas de estimulación psicomotriz en los efectores de Salud.

Hace poco recibieron el primer pedido desde el Ministerio de Salud: 50 tallímetros y 50 pediómetros para diferentes centros de la provincia, por 21.000 pesos. "No podemos facturar todo junto porque nos vamos a pasar de categoría, así que tratamos de que nos fraccionen el pedido. No nos dieron plazo, pero en menos de un mes seguro que lo hacemos", comentó Alejandro, que a sus 17 años empuña con afán y pericia el taladro eléctrico, y exhibe con serena timidez su satisfacción de sentirse en un lugar propio. "Este es mi trabajo", reafirma. La escuela, que dejó en 8º año, ya quedó lejos.

David y Alejandro subrayan un rasgo de su competitividad, como lo hace cualquier empresario para con su producto: "Los pediómetros de aluminio cuestan 370 pesos. Nosotros lo vendemos a 320 pesos el plegable y a 250 el simple. Los tallímetros los vendemos a 270 el de pared y a 370 el de pie", describen.

Todas las mañanas, de lunes a viernes, convierten el salón de reuniones del centro de salud en su taller, acompañados por los profesionales del efector. "De lo que ganamos, separamos la plata de los gastos y para seguir comprando materiales, y lo que queda lo repartimos en partes iguales", aclaran y se enfrascan en teorías propias acerca de cómo hacer rendir más una placa de fibrofácil de la que saldrán los próximos modelos.

La vida afuera. En los fines de semana, el grupo de trabajo es un grupo de amigos como cualquiera en el barrio. "Bueno, yo no, yo ya no tengo más joda: tengo mi hija y mi mujer. A veces los veo que van a salir y me dan ganas de seguirlos, pero me quedo", aclara David y Alejandro se ríe, a salvo todavía de las rutinas conyugales.

En su relato aparece, inevitable, la referencia al control policial sobre el estereotipo del joven y pobre. "Ahora ya no nos molestan, porque saben que trabajamos y que las máquinas son nuestras. Una vez al Nico lo pararon cuando iba a comprar naranjas y lo llevaron porque no tenía documentos. Es que siempre hay algún bardero que roba y vende en el barrio, y podemos comernos ese garrón, pero nosotros estamos re legal", afirmó David. "No me tienta nada que no sea laburo. Mi hermano está en cana desde que su hija tenía 6 meses; ahora tiene 5 años y se perdió todos los cumpleaños. Yo no quiero eso, quiero estar con mi nena en cada cumpleaños. Si estoy muy muy sin nada y mi hija no tiene pañales, de alguna forma tendré que rebuscármela, pero lo mío es el laburo y acá lo encontré, me sirve para tirar. El otro día le compré dos bolsones de pañales y ya me gastó la mitad de uno. ¡No sabés cómo caga! Pero no la cambio por nada del mundo", dice David, y con su compañero vuelve a la faena de recortar y pintar rompecabezas. Afuera, el sol ya entibió la mañana.

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Alejandro Espíndola y David Godoy, dos de los jóvenes emprendedores, en plena tarea.
Imagen: Andrés Macera.
 
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