PSICOLOGíA › UNA MIRADA CRíTICA DE LA OBRA DE TEATRO DE PATRICIA SUáREZ

Un diván torcido y desvirtuado

La obra extrae con excesiva ligereza algunas cuestiones de la historia del psicoanálisis, según la autora de esta nota. Entiende que no llega a tocar el alcance revolucionario del descubrimiento freudiano y toma ejes discutibles en lo teórico.

 Por Norma Cristina Romano*

Vi la obra de teatro Matar al diván y sentí la necesidad de comentar la impresión que produjo en mí. Impresión reforzada por las ideas vertidas por la autora y guionista Patricia Suárez en una entrevista publicada el 24 de octubre, que respalda dicha puesta escénica.

Creo que la obra es, al menos, injusta ya que pone en juego el nombre de una cuestión cara a nuestra cotidianeidad de ciudadanos contemporáneos, como es el tratamiento psicoanalítico, de algunos de cuyos emblemas se sirve, para descalificarlo. Extrae con excesiva ligereza algunas cuestiones de la historia del psicoanálisis y las instituye como si representaran el corazón del cuerpo teórico de esta práctica, sin tomar en cuenta la pertinencia y la vigencia de lo referido. Lo cual va en sintonía con lo dicho en la nota arriba citada. De tal manera "el diván" va quedando torcido, desvirtuado. Por ejemplo, cuando la puesta teatral toma a Ana Freud y uno de sus libros de cabecera, quedando sugerida su figura como un referente de este campo. Ana Freud, hija de Sigmund Freud, puso al psicoanálisis en la cuenta de la reeducación, muy lejos de lo que su padre proponía. Ana no sólo no es decisiva ni relevante para la praxis del inconsciente sino que su teoría quedó perimida, y aún más, cuestionada por el propio corpus post﷓freudiano.

Otra de las cosas que creo injusta constituye un latiguillo frecuente en el imaginario antifreudiano de diversas latitudes. Me refiero al énfasis detractor puesto en la mira de un Freud cocainómano. Se propone un lado vicioso, omitiendo las cuestiones médicas de su dolencia, producidas por su cáncer de garganta que lo llevó a un sinnúmero de operaciones. Además del tiempo de experimentación y descubrimiento con importantes consecuencias científicas en la historia de la anestesiología. Conociendo los pormenores de su biografía ﷓y más aún, si conocemos mínimamente su obra﷓, descartamos la idea de un hombre vicioso. La trivialización de la adicción puede atacar de manera directa el legado de una producción sin precedentes.

En la textura de la obra no llega a tocarse en lo más mínimo el alcance revolucionario del descubrimiento freudiano, lo cual sí haría legítimo, a mi entender, hacer humor con un tema sin distorsionarlo ni dejar en la apreciación del espectador una idea falsa, al menos para quién no está en tema.

Creo que la puesta tiene el valor de chanza, y de hecho, hace reír a mucha gente. Pero nada nos impide ampliar la perspectiva y hacer una lectura, una entre tantas posibles, que disiente, en este caso, con el espíritu de la obra, más allá de la masiva aceptación que haya tenido.

En realidad, si tomamos en cuenta fundamentos de la teoría freudiana, este producto teatral no parece hacer humor, sino comicidad. Para esta teoría, el humor tiene más que ver con el juego de ingenio, de metáfora y de palabras en una elaboración lúdica; hay un trabajo de lectura, de lógica e invención, y llama a que el espectador se involucre en la trama creativa. Lo cómico apunta a la mirada: a lo que se ve, a lo externo del otro, a una relación dual, a un puro espejo. Y aún más, a hacer caer una imagen que por algún motivo primero se elevó. La obra logra que la gente se ría a través del histrionismo bien logrado de buenos actores. Se trata de un entretenimiento que se sirve de manera descomprometida de insumos complejos a los cuales pretende "matar" y rebajar.

La directora y guionista, la escritora Patricia Suárez, relata en una nota periodística que peregrinó por varias terapias y pone a cargo del psicoanálisis -aunque aclara que lo hace salvajemente- ideas que están en las antípodas de lo que esta práctica formalizada sostiene. La teoría freudiana, que trabaja con la palabra inserta en el discurso, debe ser leída en su contexto. Como toda obra que funda un nuevo campo, es la única manera en que reclama ser considerada. Además, por supuesto, del propio encuentro con la experiencia del inconsciente en un tratamiento pertinente donde se sea escuchado/a.

Para finalizar este comentario que pretende ser un aporte a la reflexión, digo: al diván lo pueden querer matar o mercantilizar, como también se sugiere en la obra al mezclarse las sesiones con venta de tupperware. No sería la primera vez que esto ocurre en nuestro medio... Y advirtamos de paso, que ningún psicoanalista podría alcanzar una precisión técnica tal que lo preserve de la instancia de aprendizaje permanente que supone esta práctica, que no funciona si se la toma a la ligera. Ahora bien, más allá de las chanzas, seguramente la legítima entraña clínica del psicoanálisis, sostenida por quienes tienen el deseo y consecuente dedicación para formarse en este quehacer, hará que esta invención freudiana no muera. Invención que cuenta con un reconocimiento a esta altura de los tiempos, incuestionable.

*Psicoanalista.

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Matar al diván se presentó en la Plataforma Lavardén.
 
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