PSICOLOGíA › UNA SINTOMATOLOGIA PROPIA DE LA EDUCACION

Poder, violencia y justicia

Denunciar a un alumno -como ocurrió en el Normal 1- es un mensaje a la sociedad, puede ser leído como la pretensión de hacer sufrir al otro el peso de que el alumno cuestione al maestro.

 Por Sebastián Grimblat *

Dos hechos puntuales en el ámbito educativo de los últimos tiempos, absolutamente desvinculados entre sí, denotan una sintomatología propia de la Educación y en nuestro país. Tanto el caso de Carmen de Patagones y la denuncia penal de una profesora a su alumno nos introducen a pensar el lazo de la educación con las formas que adquiere el vínculo entre poder y violencia en las instituciones educativas.

Cuando un acontecimiento se instala creando un debate divisorio de aguas en la sociedad, podemos decir que se trata de un hecho social que trasciende las singularidades de los actores específicos. En el debate público se despiertan los discursos sociales que interpretan el acontecimiento buscando hacer agua para su propio molino. Por lo tanto la precisión y los pormenores del pleito son terreno de la justicia y no del presente análisis.

De lo que se trata aquí es de hacer una lectura crítica, poder pensar lo que el caso hace decir, las formas del pensamiento que dicha situación pone en el candelero.

La sociedad disciplinar propia de la Modernidad instala una serie de asimetrías legales legitimadas en las prácticas institucionales necesarias para el funcionamiento de la sociedad, vale decir, la asimetría entre el adulto y el niño, entre el maestro y el alumno, el médico y el paciente etc, estos operan como agentes del Estado cuya autoridad opera por delegación de poder. Estos se ubican estratégicamente como figuras de "autoridad" sobre los otros. De éste modo la obediencia a estas figuras "garantizan" el orden social. Pero al mismo tiempo instalan una direccionalidad en la relaciones de poder y la violencia, que en el despliegue asimétrico son proclives a instalar el abuso de autoridad cuando estas pasan a desconocer los límites de las propias funciones. Precisamente los derechos humanos son aquellos derechos que amparan al sujeto del uso irracional y desmedido de los atributos del Estado para coaccionar contra el sujeto individual mediante sus agentes.

La experiencia dice que cuando una denuncia veraz de abuso se produce, seguramente hay muchas otras que han quedado acalladas, precisamente por el grado de obediencia que la dinámica de las instituciones produce, un grado de "complicidad" entre el abusador y el abusado donde éste último ligado al lazo de terror, persiste en su obediencia más allá de haber cortado o no el vínculo con la instancia abusiva, o en otros casos, el abusado legitima y agradece el abuso, haciendo propios los argumentos de la instancia abusiva.

Sin embargo la reacción, a veces lógica ante el abuso de poder, no necesariamente es justa, medida y racional, muchas veces se convierte en una forma de abuso de otras características. Ambas son las dos caras de lo que Derrida J nomina poder soberano, una instancia que constituye una ley en sí misma que no necesita rendirle cuantas a nadie de sus acciones.

Esto último es precisamente lo que se torna visible, el modo de percepción y de comprensión de la dinámica del poder que se enuncia de diversas formas, en un tiempo histórico donde se tiende a confundir, justicia con demostración de fuerza, rigidez con rigurosidad, honestidad con pasividad, capricho con verdad, éxito con progreso, show con conocimiento, violencia con autoridad, sumisión con respeto.

El sangriento Carmen de Patagones, más allá de la singularidad del caso, instala un hecho social donde la figura del alumno se transforma, pasa de blanca palomita en un sujeto peligroso provisto de un poder mortífero e irracional capaz de poner en práctica el poder soberano. De otro modo, denunciar penalmente a un alumno por presentar una queja también trasmite un mensaje a la sociedad. El nivel de violencia en el sistema educativo desampara a los actores buscando cada uno por sus propios medios una instancia externa que ponga orden y frene lo que es percibido como siempre abuso y violencia de la otra parte, los maestros y profesores se sienten desamparados ante las formas que adquiere la violencia dentro de las instituciones.

Pero denunciar a un alumno, habiendo usado una vía legítima, no hace más que enunciar la incontinencia del mismo sistema de crear las instancias necesarias para resolver las problemáticas que en el sistema mismo se generan. La violencia crónica distorsiona las percepciones, la imagen del otro. Así una queja se torna injuria y difamación en una sociedad donde la diferencia con el otro, ha dejado de ser una modalidad de encuentro con otro sujeto de derecho, volviéndose esta, motivo de peligro y riesgo. Buscar en la justicia o en los medios de comunicación las soluciones a los conflictos institucionales, no hace más que denotar la descomposición del suelo institucional que compone la sociedad.

Denunciar a un alumno es un mensaje a la sociedad, puede ser leído como la pretensión de hacer sufrir al otro el peso y el rigor de que el alumno cuestione al maestro. Haciendo uso del poder asimétrico de forma irracional bajo el único objetivo de demostrar poder, añejo anhelo de la pedagogía negra que instala al maestro como incuestionable en sus decisiones y actos. Anhelo de intentar resolver la complejísima crisis social y educativa con mano dura ejemplar.

* Psicólogo.

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