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Lunes, 13 de octubre de 2014

OPINIóN › SIETE DíAS EN LA CIUDAD.

Otros capítulos de la inseguridad.

Es el tema más delicado que tiene por delante la administración provincial. La reforma policial se puso en marcha pero no muestra avances, la fuerza quedó a la sombra de Gendarmería y Prefectura y casi no tiene perfil. Los reclamos que aumentan y los candidatos futuros que equilibran entre la crítica y los diagnósticos.

 Por Leo Ricciardino

La policía provincial evoluciona. De su amplio y extendido grado de connivencia con el delito, ha pasado ahora a su casi inexistencia. En ciudades como Rosario y Santa Fe, donde la tasa de homicidios no se detiene, resulta difícil hasta para los que están en tema retener los nombres de los jefes policiales y principales encargados de divisiones. También como lo explicó una especialista este fin de semana, lo realizado por Gendarmería y Prefectura parece diluirse por la inacción o la ineficacia policial santafesina. Se pacificaron los territorios pero no se avanza en el combate concreto contra el delito. Se paró la fiebre, pero la enfermedad es silenciosa y amenaza a todo el organismo.

Es claro que la seguridad sigue siendo el principal talón de Aquiles de la gestión provincial. Y no solamente pasa por explicar las causas del incremento de los niveles delictivos en todo el país. Como lo pararon al gobernador en un canal de noticias de Buenos Aires cuando hablaba del fenómeno global del narcotráfico: "Sí, sí gobernador. Pero ahora estamos hablando de Santa Fe", le dijeron para que no se escape hacia las generalidades.

La seguridad en la provincia se llama Raúl Lamberto y su renuncia ﷓como pedían airados los taxistas que protestaron frente a su domicilio esta semana﷓ lejos estaría de solucionar alguna cosa. Lamberto es el último hombre: es como cuando Jesús Rodríguez se hizo cargo de la economía de Raúl Alfonsín. No importa cuánto sepa o pueda aplicar en la materia, es un hombre del partido, riguroso, leal y dispuesto a sacrificarse por la causa. Cualquier otro haría agua por todos lados si no aparece un plan de políticas públicas para la materia.

Bonfatti y sus colaboradores aseguran que pusieron en marcha un conjunto de medidas y que transformaron a la policía como en ninguna otra provincia. Pero los resultados no se ven y han empezado a admitir que es lo mejor que se puede hacer ante una realidad incontrastable. Es cierto que hubo cambios en los planes de estudios, más profesionalización, una formación policial más larga y juntas de ascensos integradas por civiles, así como la puesta en marcha de mecanismos de control internos. Eran cambios necesarios, pero posiblemente los disfrute otro gobernador dentro de algunos años. Ahora, lo que más se ve es una policía en retirada, tras la sombra de las fuerzas federales, o una fuerza carcomida hasta la médula por su grado de connivencia y hasta administración del delito. Una fuerza policial a la que mucho de sus mejores hombres no quisieron volver. Como lo demostró el fracaso de la convocatoria excepcional que hizo el gobierno.

Pero lo que debe preocupar también es que los futuros aspirantes a la gobernación de Santa Fe sólo tocan tangencialmente el tema para deslizar alguna crítica o trazar uno que otro diagnóstico de ocasión. Cuando la mayoría debería estar presentando equipos e ideas para aportar soluciones concretas que saquen a la provincia del descontrol de la violencia y la inseguridad. Es casi axiomático aceptar que Bonfatti vino a atender como pudo un problema que Hermes Binner descuidó mucho en su mandato. ¿Es claro que Miguel Lifschitz podrá superar en respuestas al actual gobernador en esta materia?. ¿Qué pasa con el resto de los candidatos? ¿Qué puede ofrecer Miguel Del Sel, además del nombre de algún comisario santafesino que ahora milita en la Metropolitana de Mauricio Macri? ¿Cuáles serían los principales lineamientos de Mario Barletta o de Omar Perotti y María Eugenia Bielsa?. Quizás habrá que esperar hasta el comienzo concreto de una campaña que por ahora tiene apenas unos pocos atisbos.

Por ahora, el socialismo acumuló un frente difícil de digerir y con los affaires de Tognoli, Medina y Vienna tendrá que lidiar hasta el final de su mandato. Ya quedó claro que el enojo, los gritos y la permanente denuncia de complot no alcanzan. Habrá que volver a explicar cada uno de los temas, con detenimiento y paciencia. De eso también se trata administrar y gobernar. De dar soluciones pero también explicaciones. Es parte de la cosa pública.

Como trasfondo de todas estas cuestiones, Rosario acumula historias que vuelven de manera permanente. Exceden las estadísticas y nos involucran e interrogan a todos como sociedad. Empiezan a cumplirse aniversarios y empiezan también algunos trámites judiciales clave. En pocos días más unos 80 testigos desfilarán ante un tribunal oral que tendrá que establecer penas para los imputados como responsables del Triple Crimen de Villa Moreno, donde en las primeras horas de enero de 2012 acribillaron a Patom, Mono y Jere.

En estos días se conoció el procesamiento para uno de los responsables de haber disparado contra Gabriel Aguirre, que estaba en una esquina de Ludueña después del clásico de Newell`s y Central. Ni siquiera simpatizaba con alguno de los clubes, era de Boca. Pero tocaba el redoblante con unos amigos de Newell`s cuando pibes con camisetas azules y amarillas abrieron fuego desde una moto que pasaba por el lugar.

También avanzó la causa contra los asesinos de David Moreira, el pibe linchado en barrio Azcuénaga después de ser acusado de robar una cartera. Una historia de dolor y de excluidos "sociales" y "culturales" como dijo la profesora Alicia Aquarone. La víctima y los matadores, vidas truncadas, arruinadas por un instante. Sin siquiera comprender muy bien a lo que se exponían. Y el barrio sigue teniendo bronca en vez de vergüenza. No se ha avanzado mucho. Cuando no se avanza, las cosas pueden repetirse.

Pasó también el asesinato de Mariano Bertini, las movilizaciones de otros sectores sociales conmovidos en la impactante demostración de que a ellos también podía pasarles. Las entraderas violentas, rompiendo puertas con la rueda de una moto. Un salvajismo aterrador y paralizante para cualquier vecino. Pero también el ataque a los servicios públicos, a taxis y colectivos. Los ataques sorpresivos a los restoranes. Ni siquiera una plaza céntrica como la Montenegro pudo custodiarse, ponerse a salvo del vandalismo nocturno. "Ahí no la pegamos", reconoció el secretario de gobierno municipal Fernando Asegurado, rindiéndose ante la evidencia de un concesionario que tiraba la toalla y dejaba el bar, cansado de los ataques y el asedio constante.

Es importante comprender que se ha llegado a un punto en el que el problema no es que la policía es corrupta e ineficaz; se está en el punto de que la policía directamente no es.

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