LECTURAS

EMPIEZA A LLOVER

La muerte prematura de María dejó a todos shockeados en su momento en los medios de Rosario. Publicista, profesora en comunicación, periodista, dramaturga y narradora; legó un conjunto de trabajos que se han publicado en diarios y revistas de la región en los últimos años. Fue colaboradora de Rosario/12, y estos son dos de sus relatos.

 Por María Maseroni

Uno de esos días

Son las 8 cuando me despierto y automáticamente prendo la radio que anuncia otro día de lluvia y denuncias. Todavía cuelgan delante de mis ojos las imágenes del sueño reciente (dos hombres de gris que me escoltan a una celda a través de un pasillo largo y angosto que termina en un enorme ventanal; detrás del ventanal hay un lago donde mueren al mismo tiempo un sol rojo y una luna blanca, y entonces todo, el cielo, el agua del lago, el pasillo y la celda, todo se vuelve negro). Termino de despertarme, me levanto, desayuno mientras me visto, mientras busco la ropa, mientras ordeno mi cartera, mientras me fijo qué impuesto vence hoy. Salgo un poco apurada, un poco cansada. Llego al trabajo, saludo a la telefonista que me pregunta si vi el capítulo de ayer de la novela de las 10, me siento en mi escritorio, atiendo el teléfono, recibo decenas de mensajes, me levanto, preparo el mate, doy las respuestas del caso, me digo que no voy a terminar a tiempo con esto, pero sí; como un instantáneo almuerzo de oficina, miro por la ventana (dos evangelistas persiguen transeúntes por la plaza, una abuela hamaca a un nieto, dos hombres trajeados hablan por sus celulares), vuelvo a mi escritorio. Mis dedos corren por las teclas, me llaman, entro a esa reunión, por suerte también salgo.

Cierro la puerta y salgo a la calle. Atravieso el centro de la ciudad, camino, entro en una tienda, en un bazar, en una librería de usados (me llevo un libro con diálogos de películas famosas: busco inmediatamente el diálogo de Casablanca). Empieza a llover.

Le hago señas a un taxi. Dudo por un instante cuando veo dos hombres en lugar de uno. Pero decido subir. El taxista -que intuyó mi temor a la distancia- se apura a aclararme que es su hijo y que lo lleva al trabajo. El auto es viejo y está sucio. Estoy fijándome en el tapizado roto y los plásticos saltados, cuando empiezo a escuchar "es que acá sube cada uno...". No estoy de humor para anécdotas, contesto unos ajá, uhum más descorteses que el silencio, con los ojos puestos en la ciudad que se pasa a 40 km por hora. Pero el taxista es un narrador eficiente: capta mi atención con la historia de un hombre que quiso pegarse un tiro en su auto porque acababa de separarse y con el relato de una mujer joven que empezó a desnudarse en silencio, "ahí mismo donde usted está sentada ahora".

Le pido que me deje en un bar que hace esquina frente a la inmóvil estación de trenes. Elijo una mesa junto a una ventana. Mientras espero el cortado, miro. Hay un viejo combinado, un farol de tren, un rifle, una cabeza con una peluca, un sifón de grueso vidrio verde, un reloj con números romanos, cuadros que nunca fueron nuevos, un espejo manchado, una vieja foto de familia. Las mesas son todas distintas. No hay dos sillas iguales. El piso fue una vez un damero azul y amarillo, las paredes una vez fueron rosas o celestes o verdes y del techo altísimo -todavía negro- cuelgan peligrosamente tubos fluorescentes que una vez fueron blancos. En una punta del combado mostrador de madera hace equilibrio un esqueleto con vasos. Un gato negro pasea su parsimonia para interrumpirla frente a una mosca. Levanta las dos patas y tira puñaladas al aire con sus uñas, los oblicuos ojos atentos. El atávico cazador se abre paso por la domesticidad para distraerse enseguida y clásicamente ocuparse de los cordones de mis zapatos (también es efectivo: logra que me olvide que soy yo, que estoy en este bar tomando un cortado, que sigue lloviendo). Este juego también lo cansa y decide atacar mi cartera que se bambolea en el respaldo de la silla, trato entonces de acariciarlo pero se aparta con un plástico salto hacia atrás. Así son los gatos.

Decido volver a mi casa. El desorden que dejé me recibe exacto. Chequeó el contestador, pongo música, tomo unos mates, miro por la ventana, ordeno, prendo el televisor. Hay otra guerra en otro lugar, al lado de un cocinero que exhibe langostas en salsa de naranjas, al lado de dos tipos que se tirotean sin tregua, al lado de las especies en extinción de la sabana africana, al lado de un documental sobre la vida de Sherlock Holmes. Apago.

Busco un libro: "Desertarás primero la Tristeza / con su país de soles indecisos y de rumiantes vacas. / La Tristeza es el juego más tramposo del diablo:/ tiene las presunciones de una Musa frutal,/ y sólo es un pañuelo con que se suena el alma su nariz en resfrío." En estos versos la tristeza es primero un lugar que hay que dejar, después una apariencia, un juego tramposo y finalmente tan solo un pañuelo, algo pequeño y utilitario. Marechal va degradando la tristeza hasta sacarle su aura metafísica, su pretensión existencial, para dejarla reducida a algo que puede tirarse: un pañuelo sucio con los deshechos del alma. Sigo leyendo estos versos que ya conozco como un chico que quiere escuchar el cuento que más le gusta, hasta quedarme dormida. El toc del libro contra el piso me despierta.

Salgo al balcón para despejarme. El aire está pesado, la noche violeta dice que va a llover por varios días. Me asomo por la baranda, y allá abajo, en la calle que empieza a humedecerse, dos travestis hacen esquina. Uno es muy flaquito, está apoyado contra la vidriera de la ochava, y fuma nervioso; usa una remera roja cortita y unos pantalones apretados. El otro es gordo, muy gordo, lleva un vestido negro escotado, el pelo recogido y se hace ver paseando su cuerpo monumental por la mitad de la calle. La escena me atrapa y me quedo ahí en la oscuridad, esperando, como ellos. Pasan pocos autos, algunos bajan la velocidad (no los taxis, esos siguen de largo), pero casi ninguno para. Después de un rato me doy cuenta de que me he contagiado de su ansiedad, que yo también quiero que algún cliente se acerque, elija a uno o a los dos y se vayan juntos. Una camioneta blanca que ya va por la tercera vuelta, finalmente decide parar. El flaco se acerca, habla con el conductor ventanilla de por medio, se sube y se van. El gordo queda solo quien sabe por cuánto tiempo.

Decido que ya es hora de dormir. Voy al baño, me lavo los dientes, controlo las ventanas, me fijo si la puerta quedó bien cerrada, me desvisto, me meto en la cama, acomodo las almohadas, busco mis lentes, saco uno de los libros de la pila sobre mi mesa de luz, leo hasta que los renglones se deshacen y las palabras empiezan a entrar vacías de sentido a mi cabeza. Con el último resto de conciencia pongo a salvo mis lentes y apago el velador. Me duermo pensando en el sol rojo y la luna blanca muriendo juntas en el lago, en el cielo, el agua y el paisaje negro detrás de la ventana y en que otro día pasó y no te vi.

Tal vez mañana no llueva.

Mandatos

Aquel domingo de junio salimos a robar mandarinas a las quintas por primera vez. Teníamos 10 años.

Tenían que ser mandarinas y no naranjas, porque las mandarinas se comen así, sin más herramientas que las manos, apoyadas las espaldas contra el alambrado que se acaba de pasar, tirando -despreocupados y sabios- las cáscaras y semillas al surco. Mandarinas y no naranjas porque esa cáscara floja deja que las manos abran la fruta naturalmente y naturalmente separen los gajos preparados en perfectas porciones. Las naranjas hubieran impuesto cargar con un cuchillo y esa simple previsión nos hubiera predestinado. Además, a nadie nunca se le ocurrió robar naranjas (o tal vez se le ocurrió, siempre hay innovadores). Claro que para concretar esa idea hubiera necesitado pasar por la cocina de su casa, abrir el primer cajón del aparador y llevarse uno. La madre -que en ese momento estaría echando flit para eliminar dos moscas infiltradas gracias al descuido de alguien que dejó la puerta mosquitero del patio abierta- preguntaría entonces, qué vas a hacer con ese cuchillo, el trasgresor hubiera contestado vamos a robar naranjas y entonces la madre -corriendo las cortinas para dejar entrar la penumbra que preludia la siesta- le hubiera dicho, mejor vayan a robar mandarinas.

Cuando salimos se iniciaba la siesta. Empezó como una rutinaria vuelta en bicicleta, una más, y la decisión de llegarnos hasta las quintas apareció sin alardes ni pretensiones. Serían las dos cuando tomamos la calle que va al cementerio y en fila india desviamos hacia la ruta. Avanzábamos a ritmo sostenido, las manos firmes sobre el manubrio, temblando cada vez que levantábamos un brazo para saludar a los camioneros que nos pasaban (el túnel de los acoplados nos chupaba por un momento aliviándonos la pedaleada, haciéndonos sentir que avanzábamos rápido, para dejarnos después a merced del viento, haciendo fuerza, todo el cuerpo volcado hacia delante, la cabeza baja, los codos abiertos, las piernas endureciéndose por el esfuerzo). En el trayecto saludamos a otro grupo que iba para el lado de la balsa. Nosotros nos desviamos en un camino cualquiera, uno de esos de tierra que se abren perpendiculares al pavimento, nos paramos sobre los pedales para amortiguar el golpe del badén y avanzamos aminorando la marcha, los ojos atentos y en los oídos el chirriar de las ruedas sobre la grava.

Como todos antes que nosotros y como todos los que después vendrían, buscamos una quinta al azar, con un alambrado gentil como única condición. Lo demás era fácil: los árboles hacían todo el trabajo, nosotros simplemente juntábamos las frutas caídas que todavía buenas parecían estar esperándonos o cortábamos las más fáciles, las que se balanceaban en las puntas de las ramas más bajas. Comimos ávidos las primeras y muy despacio las que elegimos después. Tumbados al sol, los ojos entrecerrados, fuimos abriendo esos mundos, desarmándolos en las bocas que se llenaban de jugo y semillas. Desde nuestro lugar podíamos ver los limoneros y más allá, los esqueletos de los durazneros, esperando el calor para estallar en flores rosas y blancas. No sé de qué hablábamos, si es que hablábamos de algo. Recuerdo el silencio, el olor verde y una tranquilidad despojada de pensamientos, despojada incluso de la conciencia de estar tranquilos. A la vuelta ya éramos otros. Ligeros y confiados, disfrutábamos nuestra flamante veteranía.

Un domingo de agosto Roque vino con la idea. Dijo que conocía una quinta sin alambrar por el lado del Tala, en un camino tranquilo, perfecto como un billar. Era más lejos que de costumbre, pero fuimos. Tenía razón: la tierra tierna apenas si se rebelaba al contacto con las ruedas, levantado blancas nubes bonsái. Desde el cruce se veía el campo abierto, marcado con postes de cemento tan altos como nunca habíamos visto, agujereados como para veinte hilos. Suerte que lo habíamos encontrado a tiempo, para el próximo invierno quien sabe si íbamos a poder pasar por ahí. Apurados bajamos enseguida, tirando las bicicletas a un costado. Nos abrimos en abanico, cada cual a elegir su árbol. Roque se separó de nosotros, caminando monte adentro entre las hileras. Lo último que vimos fue su brazo enfundado en la campera anaranjada, confundiéndose con las frutas. Enseguida escuchamos el disparo.

Volvimos a la quinta del Tala al invierno siguiente. El camino seguía fácil, pero el alambrado terminado ya fortificaba el campo. Nos quedamos un rato mirando el monte sin bajarnos de las bicicletas. Con la renguera enredándole los pedales, Roque llegó retrasado. Lo estábamos esperando, decididos a cumplir sus órdenes y nuestra promesa. Apoyó su bicicleta contra un árbol, recuperó el aliento y arrastrando la pierna machucada caminó despacio hacia el alambrado (detrás del pie destrozado quedaba un rastro de piedras y tierras amontonada). Sin acercarnos lo miramos trepar el alambrado. Desde allá arriba, colorado, sonriente, jadeando, nos preguntó cuál de todos los árboles nos gustaba para empezar. Y nos largamos a reír.

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