LECTURAS

Un hombre con suerte

 Por Pablo Colacrai

Nunca me sentí responsable por lo que pasó esa noche. Quizá para el viejo fue mejor, quién sabe. Además, no era mi amigo ni nada parecido. Antes de ese día no sabía nada de él. Y después, por suerte, no volví a verlo nunca más. Había aparecido en el barrio hacía unos años. Algunos decían que era - o había sido- plomero y que todavía hacía algunos trabajitos. Otros, que había estado preso o internado. Sólo rumores. Lo único cierto era que iba al bar todos los días, de lunes a lunes. Llegaba a la nochecita, ataba su bicicleta llena de bártulos en la puerta y buscaba un lugar donde acomodarse para que alguien lo invitara a tomar algo. Nadie sabía bien cómo, pero siempre, indefectiblemente, conseguía terminar borracho. Por eso, cuando esa tarde se me acercó y me preguntó si podía sentarse a mi mesa, no pensé en ningún momento que pudiera ser para él una noche distinta, ni especial. Simplemente, acepté que era algo que tarde o temprano iba a suceder: esa vuelta me tocaba pagarla a mí.

- Cómo no. Adelante - le dije, invitándolo.

- Fernando, mucho gusto - dijo antes de sentarse, exagerando las formas de cortesía.

Le estreché la mano sin levantarme, un poco sorprendido por tanta formalidad. Me llamó la atención, también, que llevara puesta una camisa blanca y un viejo saco marrón. Nunca lo había visto vestido así.

- Será sólo un momento - me dijo mientras se acomodaba en la silla- . Estoy haciendo tiempo.

Su voz era ronca y parecía no pertenecerle. Tampoco parecía pertenecerle su nombre. Fernando no era un nombre para alguien que tendría, al menos, más de setenta años.

- Yo también - le contesté. Aunque no me gustaba admitirlo, era la verdad.

Esa tarde el bar estaba casi desierto. No había nadie con quien jugar al ajedrez, ni conversar. El único conocido era el gringo Cossia, pero él prefería el pool y yo andaba con pocas ganas. Nos habíamos saludado desde lejos y después él había encontrado un rival a su altura. Hacía más de una hora que los veía jugar, concentrados y en silencio.

El viejo se sentó frente a mí, mirando hacia los costados como si fuera un espía. Prendió un cigarrillo y aspiró varias veces hasta que estuvo absolutamente seguro de que había encendido bien. Después lo giró y miró la brasa. Al final, con un leve movimiento de muñeca apagó el fósforo y dejó los restos de madera quemada en el cenicero. Hacía todo con una paciencia un tanto fingida.

- Tengo que encontrarme con mi hijo - me informó, solemne- . Dentro de un rato.

Para cerrar la frase dio una pitada profunda y largó el humo hacia arriba, delante de los inmensos anteojos de marco cuadrado y vidrios verdes que deformaban por completo sus ojos celestes y saltones.

- No sabía que usted tuviera hijos - comenté, por decir algo.

- Yo tampoco - me contestó, enigmático, y volvió a aspirar ruidosamente su cigarrillo- . Hasta hace unos días, yo tampoco.

Me causó gracia el tono protocolar y ridículo, casi de telenovela, que le imprimía a las palabras. Se notaba que estaba preparado, que lo había pensado mucho antes de entrar y buscar con quién sentarse. Lo imaginé ensayando las líneas, practicando en el reflejo de las vidrieras, de los espejos de los autos estacionados, de los baños públicos, buscando la mejor entonación, el gesto más efectivo, la dirección correcta de la mirada: yo tampoco, yo tampoco, yo tampoco.

Temí que una sonrisa fugaz delatara mis pensamientos y miré hacia afuera. A pesar de que quedaban algunos reflejos del día, las luces de la calle ya se habían encendido. Se veía a la gente volver a su casa, cansada, ansiosa. Pensé en lo confusa y ambigua que es la soledad. Hacía un tiempo que yo ya no tenía apuros, ni cansancio, pero tampoco un lugar adonde volver. La verdad es que no sé si esto lo pensé en ese momento. Creo que sí, porque ahora, cuando intento recuperar de la memoria aquella tarde noche tan extraña, se me presenta con claridad la sensación de que nadie me esperaba y la certeza de que lo mejor que podía hacer era participar de la farsa que Fernando había preparado para mí. Entendí que me había tocado un papel secundario, pero no me importó. Decidí cumplirlo con dignidad. Entonces, para que no creyera que su número estaba fracasando, volví a mirarlo, hice una mueca como de dolor o de resignación - al menos eso pretendí- y le pregunté si quería tomar algo.

- Lo que usted diga para mí está bien - me contestó, manteniendo la formalidad.

Esa noche el mozo de turno era Aníbal. Nos conocíamos desde siempre, nos habíamos criado juntos. Lo llamé y le pedí un vino de la casa y dos vasos. Dudé un momento y antes de que se fuera le dije que trajera también unos ingredientes. Todavía no había cenado y presentía que la ceremonia iba a ser larga.

- ¿Estás seguro? - me preguntó Aníbal, mirando al viejo de soslayo.

- No hay problemas - le contesté.

El viejo no volvió a hablar hasta que aparecieron sobre la mesa el pingüino cachado de siempre, los vasos y unos platitos con queso, salame, mortadela y pan. Se oía el choque de las bolas sobre las mesas de pool y algún comentario aislado, pero no mucho más. Era como si la noche entrara en el bar de a poco, imponiendo cierto sigilo, cierto respeto.

Serví vino casi hasta el tope.

- Por su hijo.

Brindamos. El tomó la mitad del vaso de un solo sorbo. Después lo apoyó sobre la mesa y se inclinó hacia delante, como para darle un dejo más confidencial a lo que iba a decir: empezaba la función.

- ¿Usted tiene hijos? me preguntó.

- Sí, dos.

- ¿Y los ve seguido?

- Casi nunca, viven afuera.

El viejo se reclinó sin dejar de mirarme.

- Entonces usted va a poder entenderme bien. - Asentía con la cabeza y parecía satisfecho.

Le contesté que no era tan fácil, que con los hijos nunca se sabe. Que no es dos más dos cuatro y esas cosas. Creo que hasta llegué a contarle que uno de ellos es piloto de avión y el otro músico. Que están casados pero que no tengo nietos. No estoy seguro, supongo que dije todo eso porque es lo que siempre digo en estos casos, pero mientras hablaba me di cuenta de que no le interesaba en absoluto, así que me callé.

Estuvimos en silencio un rato largo. Yo aproveché la pausa y me dediqué al pan con salame y queso. El se tomó todo el vaso de vino y se volvió a servir. Afuera, el cielo ya estaba oscuro y los árboles desplegaban largas sombras deformes sobre las veredas. En la televisión pasaban los goles del fin de semana.

- Pensándolo bien - dijo de repente mirándome otra vez con atención- , de alguna manera nuestras historias se parecen.

- ¿Ah, sí?

- Es casi lo mismo, claro. Porque yo siempre lo sospeché. Siempre. Pero ella me lo negó, y su familia también.

- Disculpe, pero no estoy entendiendo.

Entonces, como si no me hubiera escuchado, se sacó los lentes, los empañó con el aliento y empezó a limpiarlos con la camisa. Me sorprendió ver cómo le cambió la cara. Parecía otra persona. Creo que no habría podido reconocerlo si lo hubiera visto así. Los ojos eran más grandes e hinchados de lo que se adivinaba por detrás de los cristales. La cabeza, más chica y menos proporcionada. Fue una transformación difícil de explicar. Tenía algo de repugnante y de sombría.

Agradecí cuando se puso los lentes de nuevo.

- Mire esto - dijo después, mientras sacaba un sobre arrugado y sucio del bolsillo interno del saco y lo tiraba sobre la mesa con un gesto teatral y afectado.

Estudié el sobre unos instantes antes de abrirlo. Al final, decidí que no había nada que perder. Adentro había una carta y dos fotos. En una de ellas, un chico de unos cinco años sonreía en medio de los que, supuse, serían sus padres. El hombre aparentaba unos cuarenta años y la madre algunos menos. De fondo se veían unas montañas que no pude reconocer. En la otra estaba sólo el hombre, detrás de la barra de un bar, levantando un gran vaso de cerveza como si brindara con el fotógrafo. La carta estaba escrita a mano y dirigida a un tal Fernando Espinoza. No tenía ganas de leerla. Por suerte, el viejo no se aguantó y empezó a hablar de nuevo.

- Es mi hijo - afirmó, apoyando un dedo sucio en la cara del hombre de la foto- . Vive en España. Nos vamos a conocer esta noche. Aquí mismo. Va a venir a conocerme a mi propio barrio... ¿Qué le parece?

Estuve a punto de decirle que ése no era su barrio, pero me contuve. Volví a mirar la foto. Haciendo un esfuerzo podía encontrarse un parecido entre los dos.

- Vive en Europa, ¿entiende? En Europa. Eso es lejos, muy lejos. - El viejo ahora, de la emoción, escupía al hablar- . Es un chico de mundo. De familia y de mundo. ¿Qué suerte la mía, no? Porque cuando uno no cría a su propio hijo puede salirle cualquier cosa. Podría haber sido un fracasado, un delincuente, un drogadicto, pero el destino quiso que fuera un chico con estilo y con mundo y con familia... - decía, levantando un poco la voz, como si quisiera que la poca gente del bar lo escuchara -. Con mundo y con familia repitió.

Hizo una pausa antes de continuar.

- ¿Vio a mi nieto? Es igualito a mí, igualito. Dos gotas de agua. ¿No le parece que soy un hombre terriblemente afortunado?

No supe qué responderle.

- Igualito a mí - siguió, como si nunca se hubiera detenido- . Mis ojos. Celestes, bien celestes. Y la misma piel blanca. Igualito a mí, y a su padre, que también se me parece. Menos, pero se me parece. ¿Se da cuenta la suerte que tengo? Soy un tipo con mucha suerte, ¿no le parece, señor?

- Seguramente - afirmé, tratando de sonar convencido.

Sus labios siguieron repitiendo la palabra seguramente, pero sin emitir sonido alguno. Absorto, pasaba el dedo índice por el borde del vaso y susurraba seguramente, seguramente, seguramente. Aproveché su distracción para estudiarlo. No podía determinar si me estaba mintiendo o no. Por un instante pensé que había inventado toda esa historia y hasta plagiado las fotos sólo para sentirse importante, respetado. Después me pareció una exageración y me dije que algo de cierto tenía que haber.

- ¿Qué hora es? - me preguntó de repente, un poco alterado, como si saliera de un mal sueño.

Miré el reloj de la pared y le dije que eran casi las nueve.

Se relajó.

- ¿Le importa si pedimos otro vino? dijo . Se lo voy a devolver, lo juro.

Cuando nos trajeron el segundo pingüino llenó los dos vasos. Vació el suyo antes de volver a hablar.

- El problema - empezó a decir con acento catedrático- es que uno nunca puede saber qué les pasa a las mujeres. A lo mejor a los hijos sí. Pero a las mujeres, nunca. ¿No cree?

- No estoy seguro.

- ¿Y su mujer? me preguntó.

Dudé antes de contestarle.

- Ya no está - murmuré, al final.

- Es lo mismo - dijo, violentamente- . Es lo mismo si están o no están. Es lo mismo.

Empezó a no gustarme el tono de la conversación. Estuve a punto de pararme e irme. El viejo seguramente lo presintió y apuró la siguiente frase.

- Uno se enamora de joven porque ése es el momento para enamorarse, de joven - dijo, con entusiasmo- . Pero... ¿y después? ¿Cómo saber si ella también está enamorada? ¿Eh? ¿Cómo?

El viejo ahora me examinaba desde atrás de sus inmensos lentes como si fueran un microscopio.

- ¡Ajá! - gritó al ver que yo me demoraba en contestar- . Ahí está el problema, ¿entiende? No importa si usted está enamorado o no. Importa lo que les pasa a ellas. Siempre el problema es lo que les pasa a ellas... sólo a ellas y, encima, ellas nunca saben muy bien qué es lo que les pasa, ¿no es cierto?

Terminó de decir esto y tomó otro largo trago. Yo seguía sintiéndome incómodo. Estaba esperando la oportunidad para dejarlo solo.

- Eran de guita, ¿entiende? No mucha, pero suficiente. Yo sabía que era mío, lo sentía acá, mire, acá - se golpeaba el pecho con el puño cerrado- . Y me lo negaron, me lo negaron durante todos estos años. ¿Ahora de qué me sirve? ¿De qué me sirve haber tenido razón, eh? ¿De qué?

Vació el vaso y me lo acercó para que se lo llenara.

- No lo estoy entendiendo.

- No importa. - Negaba con la cabeza. Por un instante pensé que iba a sonreír, pero no lo hizo- . No importa, nada importa... ya lo va a entender.

Ahora sí hizo una mueca que intentó ser una sonrisa. Sus labios se estiraron un poco dejando ver unos dientes amarillos y desparejos. Y nada más, eso fue todo. No hubo ni un sonido, ni siquiera se le arrugaron la frente o las mejillas. Sólo esa minúscula abertura. Estuve a punto de decirle que si no importaba, entonces que se fuera. O si no, mejor, me iba yo. Pero en ese momento se abrió la puerta del bar y el viejo se tensó, enderezó la espalda y miró por sobre mi hombro. Yo no me di vuelta. Me quedé observándolo a él. Se lo veía temeroso, alerta, exaltado. Tenía los ojos tan abiertos que parecían querer atravesar los lentes. Cuando escuché la voz de Aníbal a mis espaldas supe que había entrado alguno de los muchachos del barrio.

El viejo tardó unos segundos en reponerse. Después se levantó, apoyando las manos en la mesa.

- Disculpe - dijo- . Voy al baño.

Fue hasta el fondo del salón ingenuamente erguido, sin poder ocultar el esfuerzo que le costaba caminar. Pensé otra vez en irme, pero después me di cuenta de que quería ver cómo terminaba la representación de esa noche. Prendí un cigarrillo y me recliné en la silla intentando adivinar, una vez más, cuánto había de verdad en el relato del viejo. Se me hacía imposible imaginármelo joven, entusiasta o enérgico. Era como si de su cuerpo hubieran desaparecido hasta los vestigios que permitieran recuperar algo de su vida más allá de esa vejez triste y patética. Todo el pasado al que él aludía, no sólo resultaba remoto, sino, sencillamente, inverosímil. Me pregunté si se daría cuenta.

El viejo volvió a sentarse a la mesa. Una gota le colgaba de la nariz.

- La vida es una mierda, amigo. - Noté que le costaba fijar la vista- . Una mierda... una verdadera mierda.

No me hablaba a mí, ni a nadie. Se había sumergido en el terreno que mejor conocía: la borrachera. Intuyo que para él era como esos sillones profundos en los que nos dejamos resbalar cuando volvemos de un largo día de trabajo, ya sin preocupaciones y sin pensamientos. Borracho, el viejo parecía más liviano, más sabio, más confiado.

- Pero también están los afortunados, los elegidos - golpeó la mesa con el puño y el vino de los vasos amenazó con derramarse- : como yo - remató.

Tomó otro trago.

- Créame lo que le digo. - Ahora tenía aires de grandeza, como si fuera un noble, o un ángel caído entre los mortales, con un mensaje precioso e incomprensible que dudara en develar- . Créame lo que le digo - repitió- , yo tenía razón pero... pero eso no siempre es suficiente. ¿Entiende? Soy un hombre con suerte.

Se paró y miró en círculo a todo el bar, como un predicador buscando a sus fieles.

- ¡Sépanlo! - gritó- . ¡Soy un hombre con suerte! ¡Con mucha suerte!

Levantó el vaso proponiendo un brindis.

- ¡Brindo por mi suerte! - dijo- . ¡Salud! - Y tomó hasta la última gota.

Los pocos parroquianos que había lo miraron de reojo y después siguieron con sus cosas, sin prestarle mayor atención. Volvió a sentarse. Quiso decir algo más y entonces un hilo bordó se le escapó por la comisura y le manchó el cuello de la camisa. Primero se detuvo en seco. Después se limpió con la palma y se quedó mirando la gota en su mano. Parecía sorprendido, como si pensara que se había cortado el cuello, o la muñeca. Después la sacudió sin darle mayor importancia.

- Qué tipo con suerte repitió.

Ya no le interesaba si yo estaba o no frente a él. De alguna manera, yo había cumplido mi papel y podía retirarme. La función estaba por terminar y el resto era todo suyo. Las luces se irían apagando, poco a poco, hasta que un solo reflector lo alumbrara en el centro de la escena. Por último un clic, la oscuridad y los aplausos.

- Con suerte, con mucha suerte - siguió murmurando, entre dientes, cada vez más bajo, hasta que se calló.

No hacía ni un ruido. Parecía un bebé sumergido en un sueño suave y placentero. El mentón contra el pecho, la cabeza oscilante, los brazos sueltos a los costados del cuerpo y los anteojos amenazando con caer dentro del vaso.

Esperé unos minutos y después pasé una mano por encima de la mesa. Lo tomé, apenas, de un hombro.

- ¿Don Fernando?

No se movió.

- ¿Don Fernando? repetí.

Pareció despertarse. Me miró con los ojos entornados.

- ¿Y mi nieto?

- Todavía no llegó, Don Fernando. ¿Se siente bien?

A través de sus anteojos inmensos me observó detenidamente, moviendo la cabeza de un lado al otro. Después habló.

- ¿Qué le importa? - En su voz se filtraba algo de desprecio y de rencor.

- ¿Por qué lo dice, Don Fernando?

- Usted lo sabe me contestó, arrastrando las palabras . Mejor que nadie, lo sabe.

- No lo entiendo.

- La verdad - volvió a golpear la mesa con el puño- . ¿Ya se olvidó? La verdad, ¿entiende? No sirve para nada, para nada - repetía mientras la voz se le iba apagando, como si se alejara- , para nada de nada... para nada...

Al final, otra vez agachó la cabeza y cerró los ojos. Se escuchaba el aire entrar y salir con dificultad de su nariz. La forma en la que le temblaban los hombros me hizo pensar que estaba llorando. Fue demasiado para mí.

- Adiós, Don Fernando.

Me levanté intentando no molestarlo. Él siguió igual. Fui hasta la barra y dejé todo pagado.

- No te preocupes me dijo Aníbal- . Es todos los días lo mismo.

- No me preocupo le contesté mientras salía.

Afuera, un aire frío cruzaba la ciudad y por detrás de las terrazas empezaba a surgir una luna naranja y perfecta. Era una noche hermosa para caminar. Me cerré los botones del abrigo y después prendí un cigarrillo. No sé por qué volví a mirar hacia adentro. Nunca lo hago. Debe haber sido un presentimiento, o algo así. Aníbal hablaba con un desconocido. Por curiosidad, o porque algo intuí, me acerqué a la ventana para verlo mejor. Estaba de espaldas. Llevaba una camisa a cuadros y un pantalón de vestir. Los zapatos brillaban aun en la semipenumbra del salón. Alzaba a un chico que tendría unos cuatro años y que me observaba fijamente con unos ojos azules y muy grandes. Vi que Aníbal miraba de reojo hacia la mesa del viejo - que seguía inmóvil, como yo lo había dejado- , lo vi dudar, lo vi rascarse la barbilla y después vi que me miraba a la distancia, a través del vidrio, como consultándome o pidiéndome un consejo. Asentí y él me entendió.

Dirigiéndose al hombre y al niño meneó la cabeza y levantó los hombros en un claro gesto de negación, o de ignorancia. El otro no insistió. Se despidieron sin estrecharse las manos. Antes de que me fuera, Aníbal y yo volvimos a mirarnos. Lo saludé con el brazo en alto y seguí mi camino. La luna, ahora ya casi tan blanca como un reflector, subía, lentamente, entre los cables de la luz.

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