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Viernes, 12 de febrero de 2010

Príncipe y príncipe

Manuel Feito y Marcelo Durán, protagonistas y productores de Príncipe Azul, un musical de cámara basado en la obra de Eugenio Griffero, reflexionan sobre la historia que cuentan en escena, la intimidad de los personajes, sus aspiraciones y limitaciones.

 Por Silvina Maddaleno

¿Qué los sedujo de esta historia en comparación con otras para tener tantas ganas de contarla? Porque no sólo ponen el cuerpo sino los ahorros...

Manuel Feito: –Es una historia de amor que es agónica, pero bella. En el año ‘82, en Teatro Abierto, vi la obra por primera vez, y el texto me atrajo mucho, la forma de contar. Fue una de esas obras que me pegaron. Yo tenía 20 años, más o menos. La volví a ver en Puerto Madryn hace poco, estaba de vacaciones y ahí me decidí. Cuando volví a Buenos Aires le dije a Marcelo: “Consigamos esta obra y hagámosla ya”. Y coincidimos.

¿Cuál es el tema de la obra para ustedes?

Marcelo Durán: –La vergüenza juega mucho en la obra, paraliza a los personajes de forma constante. En la vida diaria, en la actualidad, la vergüenza frena demasiado. No permite tampoco que el otro se exprese con libertad, y de alguna manera le quita inteligencia al sentimiento. No nos deja llegar al objetivo de cumplir con el deseo propio.

M. F.: –Juan y Gustavo son dos pibes de 16 y 20 años que se enamoran en el 1900, se ven obligados a tomar rumbos diferentes signados por la vergüenza de lo que significaba ser homosexual en ese momento, pero se reencuentran 30 años después. Cuando se estrenó la obra, en 1982, fue una apuesta muy arriesgada, ya que era plena dictadura y contar una historia de amor entre dos hombres no era cualquier cosa. Así y todo tuvo mucho éxito. Es la historia de un romance y de no jugarte en su momento.

¿De qué manera suponen que se replica esta temática en la actualidad?

M. F.: –Hoy hay otra visibilidad. Pero el romance existe desde siempre, y la imposibilidad de amarse también. El tema pasa por no jugarse por lo que uno desea. El miedo a dar ese paso.

M. D.: –Y esto va a ocurrir siempre.

¿Se sienten identificados personalmente de alguna manera?

M. D.: –Esta obra me toca en todo sentido, porque a mí me pasó algo similar. Y es una pelea permanente luchar con la incomodidad. Porque por más que quieras cerrar el círculo, siempre va a quedar abierto. Yo soy un enamoradizo de la vida, cerrar los ciclos a mí me cuesta muchísimo. Pero uno aprende que tiene que seguir avanzando.

La obra plantea entre otras cuestiones la marca que deja el amor, en este caso gay, y la imposibilidad de lucir esa marca en sociedad, ¿Qué le dirían a aquellos que sienten que no les es posible “lucir su marca”?

M. D.: –Nosotros les dedicamos la historia a todos aquellos que decidieron lucir su marca, en vez de ir por la vida ocultándola. Y a nuestros amores, para que sepan que nuestras marcas crecen día a día más y más.

M. F.: –Bueno, ésa es un poco la dedicatoria “cursi” que tenemos en la gacetilla. A todos aquellos que sienten que no pueden animarse a vivir su amor me dan ganas de decirles que hay que animarse, hay que atreverse. Tener esas marcas presentes y, de ser posible, multiplicarlas.

¿Existe el Príncipe Azul?

M. F.: –Sí, ¡tiene que existir, tiene que existir!

M. D.: –Y si no, hay que encontrar el Príncipe Azul que cada uno lleva dentro.l

Principe Azul, Multiespacio Los Angeles, Corrientes 1764, Buenos Aires. Sabados a las 22.

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Imagen: Sebastián Freire
 
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