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Viernes, 9 de abril de 2010

ES MI MUNDO

Bien arriba

Sobre plataformas, en un vuelo de ácido o subiendo al cielo en orgasmos multiplicados, desde esa altura veía el mundo, el punk y la movida española Patty Diphusa, alter ego de Pedro Almodóvar, la más brava y más real de sus chicas. Sus relatos, publicados originalmente en doce entregas, están reunidos en el libro de Anagrama que Página/12 edita el próximo domingo.

 Por Diego Trerotola

El punk español tenía marcado su destino travesti. Es que el anarquismo cultural, en la transición democrática tras la muerte de Franco, tuvo entre sus grandes exponentes a Ocaña, pintor andaluz anclado en Barcelona que se paseaba travestido por las ramblas y hacía nudismo al aire libre para transformarlo en viento libérrimo. Esa experiencia se multiplicó con el estallido de la Movida Madrileña, y a principios de los ’80 ese punk colisionó con el pop de la manera más ruidosa posible, casi como si fuese una catástrofe cultural que desmanteló todo un país. El principal motor de ese movimiento monstruoso se puede decir que fueron varias personas, pero todas vivían en el cuerpo de Pedro Almodóvar. Es que, si miramos bien, Almodóvar nunca tuvo un ego, tuvo varios, y en esa época todos trabajaban para hacer turno completo: de día era un empleado de la Telefónica, de tarde era guionista de historietas y de fotonovelas y director de cortos en Súper 8, hasta que a la noche se podía transformar en cantante de un dúo con Fabio McNamara o actor de la compañía Los Goliardos junto a Carmen Maura y otras figuras que después colaborarían en sus películas. Todo bajo la fusión de la ideología punk del DIY (Do It Yourself, hacelo vos mismo) con el desprejuicio de virar cada gesto de su existencia en obra de arte cutre, actitud directamente heredada del pop más trash de Warhol, que por los primeros ’80 visitó Madrid para, de alguna manera, cederle el cetro a Almodóvar. Y justo en ese momento, antes de su fama global y de quedar petrificado como un adjetivo singular que designa cada explosión kitsch melodramática, esa orgía informe de otros yo, esa primera persona plural que era el primer Almodóvar, tuvo su implosión cuando se transformó en escritora, o, más específicamente, cuando encontró el nom de plume Patty Diphusa que le abrió el camino para ser la peor de todas: una sex-symbol internacional de fotonovelas porno que decide escribir sus memorias del presente como crónicas extremistas de una desquiciada adicta a todo lo que le permita viajar en las alturas, como el sexo, las drogas y los zapatos con plataforma. Eso sucedió en doce entregas editadas en la revista La Luna, lugar ideal para una chica lunática, porque la primera chica almodóvar (y la más guarra) fue él mismo, que a fuerza de grito primario pudo imprimir negro sobre blanco cada jadeo liberador de las aventuras desorbitadas de la Movida.

Patty te quiero

Como un folletín porno en primera persona fuera de borda, las doce dosis de Patty Diphusa hoy se pueden leer como las primeras memorias del camp más corrosivo, que en esos primeros ’80 corría el peligro, como tantas cosas, de ser convertido en algo chic, en una moda descartable, y que en la verborragia nihilista del alter ego mujeril de Almódovar se transforma en una utopía festiva y expansiva pero nunca neutralizada. Es decir, cada palabra de Patty Diphusa es un gesto marica profano pero ecuménico como forma de una contracultura indomable, siempre corriendo, siempre movida, siempre sonriente. No había ni sombra de melodrama aún, eran épocas donde reinaba la comedia anarquista, que se reía y bailaba con todo por igual, sin conocer jerarquías. O, mejor dicho, eliminando toda jeraquía sexual, social, estética, para volverse fuerte en el descentramiento cultural. Relatos vertiginosos de noches en fuga estaban escritos como pastiches insurrectos que terminaban perfilando las curvas por donde giraba, sin desacelerar, el deseo de Patty Diphusa y sus partenaires sexuales de distinto signo. Así que piensen que el Frankenstein femenino de Almodóvar es un Oscar Wilde con las tetas de Mae West, que se roba la peluca plateada de Warhol y se la asegura con los alfileres de gancho de Nancy Spungen, para salir a “follar” sin límite de velocidad. Por eso, por su calidad de compendio sublime del camp asqueroso y sexópata, las páginas de Patty Diphusa se puede leer hoy como el mejor manual de la mala educación para que resurjan las locas revolucionaria, las anarco-maricas, esas que de cualquier baño hacen una tetera gozosa, que tienen el poder de resucitar al chongo borracho y la manía de estar divinas aunque las hayan hundido hasta el cuello donde el barro se subleva; esa loca de antaño, que cada vez está más tapada por la lógica de lo gay fashion, de la asimilación social de la disidencia sexual. “Lo peor de ser una chica libre es que los demás no lo son”, escribe Patty, dándose cuenta de que nadie le pudo seguir el ritmo a su desenfado libertino, ni siquiera su propio creador.

La fiesta que fue

Lo notable de las aventuras de Patty Diphusa es que, en el prólogo, Almodóvar confiesa que esos estrambóticos coitos y esas situaciones extremadamente caricaturales son reales en parte, que mucho de ese descontrol fue vivido por el mismísimo actor en los días de la Movida, lo que le da al libro un valor testimonial. Lo triste es que, a pesar de lo terrorista que podía ser con su cine, nunca la bomba anarco-sexual almodovariana explotó tan fuerte como en sus aventuras como Patty Diphusa. Incluso, ahora, parece que esa realidad del director manchego se invirtió, que casi ya no existe su lado de femme fatal zarpadísima, colocada y sonámbula (uno de los rasgos de Patty es que nunca duerme, es que sus sueños los habita en la vigilia). En su blog, Almodóvar describió su participación en una fiesta que homenajeaba la estética visual y musical de la Movida que produjo el Principado de Mónaco en 2008: “Había que dar una imagen ‘movideña’ y yo ya no tengo cuerpo para volver a la bata de guata, las medias de rejilla y el plataformón. No tengo prejuicios al respecto, pero hace años que no dispongo del físico que ampare un look más o menos ‘movideño’. He pasado de los cincuenta y hace tiempo que me retiré de escenarios, pasarelas y cuartos traseros de los bares. Algo dentro de mí me impide vestirme de mamarracha, como cuando actuaba con Fabio a principio de los ’80. Y no es que me falte desparpajo. Para nada. Pero los años no han pasado en balde, quiero decir que yo soy de los que se dan por aludidos por el paso del tiempo. Estos últimos 25 años me han convertido en un caballero, a mi pesar. No he podido evitarlo.” ¿Ese algo de dentro de Almodóvar cederá para que otra vez se deje guiar por sus voces femeninas y vuelva a ser la “Frankestina”, descendiente de una hermana del Doctor Jekyll, que destruya al caballero que lleva afuera? Por su felicidad, esperemos que logre volver a ser una mamarracha alegre. Por la nuestra, por suerte todavía podemos gozar sin culpa del sexo asegurado que hay en cada frase de las deslenguadas correrías de Patty Diphusa, la porno star almodovariana de clítoris eléctrico que se puede usar como un vibrador que hace cosquillas orgásmicas con cada uno de sus disparates subversivos. Sólo hay saber ponerse sus pilas.

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