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Viernes, 3 de septiembre de 2010

LUX VA A CIUDAD CULTURAL KONEX

Sin abasto en el Abasto

Plantadx cual poste en una esquina, Lux decide no volver al chat y en cambio va en busca de inmersión cultural en las oscuridades del teatro ciego, que tan bien desarrolla el tacto. Máxime cuando en la sala de al lado tuvo que rechazar a un amante francés por falta de diccionario. Parole, parole, parole...

Mezclas del Abasto: apenas a unas cuadras del mega-shopping, ese templo del neoliberalismo donde cada compra equivale a una donación de sangre pequeño-burguesa al dios-capital, pululan las salas de teatro under (¿se dirá off Corrientes?) y los restaurantes peruanos. Oasis urbanos que te recuerdan que en esta época de revueltas contra el orden corporativo, unx Lux, sin ser setentista, puede hacerle pito catalán al consumo yanquiforme para alimentarse de cultura sin marquesinas y, a la hora de la cena, de un buen ceviche popular. No todo evento sublime en Buenos Aires tiene su lugar en una cama o en un cine triple equis, me dije en plan consolación.

Lo cierto es que, por más consuelo que intentara, seguía con los pezones ardidos de fantasías ese viernes de agosto, porque la cita programada vía contactos en la web me había dejado de plantón, produciendo cubitos de hielo en la esquina de Corrientes y Pueyrredón, así que me fui silbando bajito un triste tango de arrabal. Lux-looser en medio de sombreros y pelucas de ortodoxos recién salidxs de las sinagogas y muchachas varias rumbo a ganarse el pan, ninguna invitación al garche en el horizonte, como si este cuerpo queer in extremis que ha enceguecido a miles anduviera ahora cubierto por cartones. ¿Qué hacer cuando no se coge? ¿Es posible sobrevivir al día si llega la noche y el pescado sigue todavía sin vender?

Arte. Arte. Arte. El impulso de sobreviviente al abandono de Eros me depositó sin embargo a los pies del Centro Cultural Konex, donde (no tengo remedio) actúa los viernes mi amante francés Hervé Segata, en la obra Feizbuk del musculoso Muscari. ¿Estaría dispuesto el franchute a saciar el hambre de estx Lux si le hago desde la butaca mi clásico gesto masticador? Pero, ay, me acordé de que no había traído encima el diccionario francés—español donde encontrar algunas palabras cerdas y motivar el deseo porque, sabrán lectorxs, que el orgasmo se anuncia en mí por vía auditiva antes que por vía genital.

Luz declinante, Lux en el ocaso, no había metáfora más oportuna esa noche que La isla desierta, el relato de Roberto Arlt llevado a escena por el Grupo Ojcuro, de actores y actrices de Teatro Ciego, así que compré ahí nomás un ticket para sumergirme en una sala donde se entra en fila, tomadxs todxs del hombro, con un guía en la punta, porque es como si sobre el mundo se hubiese caído un telón negro. Alguien me tomó de la mano, me ubicó en un asiento, y enseguida empezó el sonido de máquinas de escribir y las voces de los personajes. Pero tanta oscuridad me provocaba un tembladero entre las piernas, un rush cutáneo, hasta en la última capa de la piel, y por más que tratase de concentrarme en las bondades de la obra, terminé por convertir el universo de los ciegos en una hoguera de mis pasiones más urgentes.

Primero fue un roce de piernas con el ¿vecino, vecina? de butaca. Valor no le faltaba a esa pierna que sabía moverse tan bien en la negrura, y que sin esperar una señal contundente se convirtió de pronto en mano inspectora y la mano en... ay, no quisiera caer en descripciones que se acercarían a la grosería. Hasta el tour de la mano llegará mi cuento, pero si se imaginan lo que vino después, cuando las cartas estaban ya echadas, tendrán toda la razón.

Nunca supe quién había sido mi amante en la oscuridad de esa isla desierta de actores ciegos. Qué importaba. Lo que sí puedo asegurarles es que no hay relación sexual sino fantasmas bajo la forma de Eros que te conducen unas veces a la frustración, y otras, como en el Konex, a salvar una noche de invierno.

La isla desierta, del Grupo Ojcuro.
Feizbuk, de José María Muscari.
Ciudad Cultural Konex, Sarmiento 3131

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