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Viernes, 5 de noviembre de 2010

LUX VA AL CASAMIENTO DE ALBERTINA CARRI Y MARTA DILLON

¡Vivan las novias!

Escenas, intimidades, imágenes sueltas de una fiesta inolvidable donde el amor de las contrayentes se repartió como lluvia de lentejuelas entre todos los invitadxs haciendo de este casamiento una verdadera comunión.

¿Qué se pone unx para una fiesta de casamiento que empieza a las seis de la tarde y amenaza (casamiento cumple, invitados dignifican) con terminar a las seis de la mañana? Con un pronóstico de lluvia, como en toda fiesta con baile en el patio, hasta último momento estuve con mi danza de la sequía debatiéndome entre el raso y el neoprene. Pero Lux no se ahoga en disyuntivas, sale disparada en un combo de pluma, telgopor, brillantina, gel, strapless y ahí está llegando primerx a la mansión Carridillon. “¡Ay! ¡Parecés lesbiana llegando tan temprano!”, me dijo malicioso el crítico profesor, a quien iba yo a responderle con mi nueva ocurrencia especial para fiestas: “Vos casate y seguí chup...” cuando advertí a cielo abierto que mi danza había surtido efecto: el arco iris, aprovecho estas líneas para decirles a las señoras esposas, que aunque no estaba en la lista, ha sido un regalo de susodichx. Al llegar a la puerta me crucé con el juez, puntual como un minutero y extirpado de una telenovela de la tarde con letra (chica) pero harto aprendida, las actas bajo el brazo. ¡Un juez a domicilio! Delivery de justicia, qué buena idea, páseme su teléfono que siempre preciso, le dije mientras al ver la escalera estrecha y empinada me dejó pasar, no sé si para solazarse con mis partes traseras o para atajarme por si me caía de mis tacos de veinte centímetros y el peso de la ley.

Fue entrar y que me dieran unos paquetitos divinos que me mandé de un suspiro luego de lo cual alguien me advirtió que eran lentejuelas, una versión chic del arroz Doble Gallo. Escupí las últimas y las guardé para el momento indicado. Aunque faltaban unas horas para noche de brujas, Susy Shock al ritmo de su caja convocaba al aquelarre y en el mismo acto avisaba a las novias que ya era tiempo de entrar en cuadro. Un segundo de silencio y allí aparecieron Marta y Albertina, dos diosas paganas dragueadas entre corsets y tules tan chulas, tan churbas. Ya se me empezaba a correr el maquillaje cuando arrancó el juez revoleando el micrófono con aires de Mateyko. Acá va a haber mucha movida, me dijo un invitado de color mientras yo pasaba del morado al amoratado por la empatía que me caracteriza. Testigos atestiguaron y las novias dijeron que sí, que claro que querían. Y algo de las cosas del querer pegó en los cuerpos del resto, que empezamos a tocarnos las fibras más íntimas, Love is in the air, besos, anillos, abrazos y humedades por doquier. No sonó la marcha nupcial, pero sí la marcha peronista, y el bolero y la kumbia, y la electrónica. Hermosa marea humana en la que me perdí extasiadx con los clamores del pueblo. El hogar conyugal explotaba de invitadxs insignes del arte, de la vida y del amor. La música me llevaba a un cuerpo a cuerpo con todas y todos, me abalancé sobre un chongote, pero calculé mal y terminé rodando sobre la actriz más Merello de la fiesta.

“¡Lux! ¿Qué hacés en el piso tan temprano?”, me decía la diseñadora gráfica top Isabelita mientras, profesional del baile como siempre, me iluminaba las partes con su set de luces psicodélicas. “¿Qué voy a estar haciendo? —le contesté—. Juntando lentejuelas.”

Pero no pude seguir hablando porque la emblemática pareja gay de la escena nacional me cargó en andas al grito de “Vení, vamos al jardín del edén”. “Es la mía”, pensé, pero no. El paraíso era una escenografía armada para que el ojo avizor del gran fotógrafo de la noche hiciera una producción con su cámara entre los asistentes. Posé junto a las flamantes esposas, sentadx en la falda de la pareja formada por el director y su actriz fetiche hasta que escuché a la cantante internacional probando sonido. Me fui allí mismo, atraídx por el rítmico sonido de sus canciones que como mantras me adentraban en la profundidad del ensueño. Al darme vuelta, vi que tenía seis personas detrás de mí. “¿Estás en la cola, no?”, me preguntó una torta hermosa que se casó hace poco. Y daba para confundirse porque había varias filas. La del baño, lo cual era lógico porque con la rapidez con se llenaban y vaciaban las copas, lxs habitués de la barra nos encontrábamos ahí cada cinco minutos. La fila que iba al encuentro del fileteador de shawarma que entregaba sus trozos de carne bien especiados y jugosos. Y por último, la fila para acariciar las piernas de una conocida editora que llevó unas medias que fueron una de las tantas atracciones de la noche.

Después de doce horas ininterrumpidas de fiesta, cuando empezaba a amanecer, muchxs nos recluimos al abrigo de la luz artificial desparramadxs en los sillones. De esa instancia me llevo dos imágenes poderosas, el elástico de los calzoncillos blancos de algodón del escritor que asomaban cuando se agachaba y la increíble cantidad de cosas que la wedding planner sacaba de entre sus tetas: llaves, celular, encendedores y hasta un par de juguetes de Furio. Más no puedo contar por varias razones, pero fundamentalmente porque mucho no me acuerdo. Alcé tantas veces mi copa por la felicidad de estas dos amazonas ahora unidas en legítimo matrimonio que los recuerdos se me esfuman. Y aunque todavía hoy sigo encontrando lentejuelas en varias partes de mi cuerpo, no podía faltar al deber de testimoniar tan bella reunión familiar.

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Imagen: Sebastian Freire
 
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