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Viernes, 14 de enero de 2011

TAPA

Mi nombre, mi cuerpo

Por primera vez se autoriza a un varón trans el cambio de su identidad registral sin obligarlo a someterse a pericias médicas o psicológicas, y garantizando su derecho a optar por una cirugía parcial en un lugar adecuado para el cuidado de su salud y atendiendo sólo a la autonomía de quien demanda. Con este fallo del juez Roberto Gallardo, que cita por primera vez los Principios de Yogyakarta –una serie de principios para aplicar la legislación internacional de derechos humanos a las cuestiones de identidad de género y orientación sexual–, se afianza la jurisprudencia y queda de manifiesto, otra vez, la necesidad de una ley que no obligue a judicializar la historia de vida para que cada quien pueda ser quien es en todos los ámbitos.

 Por Blas R.

Soy Blas, transgénero masculino. Presenté el amparo para que el Estado reconozca mi identidad sin operarme y lo conseguí en tres semanas.

Me reuní con abogadxs que son amigxs y que ante todo son buena gente: Paula Rivera y Emiliano Litardo de Cetju-LGBT (Centro de Estudios Técnicos y Jurídicos de la cuestión Lésbica, Gay, Bisexual y Trans). Trabajamos en conjunto en forma independiente con la convicción de que si nos llegaba a ir bien, íbamos a darle circulación a todo el trabajo y no solamente al resultado, para que sea de utilidad a quienes lo necesiten.

Sabíamos que iba a ser duro, sobre todo porque no estoy operado, no me aplico hormonas, no me siento enfermo y no tengo intenciones de practicarme una faloplastia.

Es cierto que estoy tan mal acostumbrado que me resulta más fácil responder al rechazo que a la aceptación. Pero también es cierto que, contra todo pronóstico, nos fue bien.

El 7 de diciembre presentamos el amparo ante los Tribunales de la Ciudad de Buenos Aires. El capítulo II, que transcribo a continuación, es un relato que resume la historia de mi vida:

No existe etapa de mi vida en la que me haya sentido mujer. Siempre establecí mis relaciones pensándome varón. Lo que sí ha variado con los años es mi forma de interpretarme.

No tuve una infancia infeliz, no me faltó amor y la economía de una familia platense de clase media me permitió contar con una buena educación y acceso al sistema de salud. Mi papá era odontólogo y mi mamá es arquitecta. Tengo una hermana melliza y otra hermana menor. En el año 1981, con los datos de la ecografía, el médico felicitó a mis padres: ¡iban a tener mellizos! Yo era más grande de tamaño que mi hermana, lo veían en la ecografía, así que esperaban una nena y un varón.

Mis primeros años en una casa con tantas mujeres hizo que no faltaran ejemplos que revelaran el contraste entre ellas y yo. Las diferencias con mi hermana melliza siempre fueron notables y cada evidencia era cuestionada o reprimida. Solía estar muy triste, con una tristeza que me acompaña todavía.

Dentro de un código familiar donde lo diferente era sinónimo de promiscuo y merecía una condena que llegaba a exiliar algunos términos del discurso, no fue fácil organizar ideas que se iban apoderando de mis reflexiones. Si en mi casa lo diferente se leía enfermo, entonces me pensé enfermo. Con vergüenza, oculté cada una de mis sensaciones como si se tratara de un delito, algo demasiado humillante que seguro traería aparejado un castigo infinito.

Cuando se me presentaba la oportunidad de jugar con los varones, la aprovechaba y era uno más del grupo, trepando paredes o construyendo una casa en un árbol. Pero a medida que fui creciendo el mismo grupo de chicos dejó de hacerme parte.

Empecé a pensar que mi cuerpo no era el correcto y ésa era la causa de todos mis conflictos. Si hubiera tenido “cuerpo de hombre”, nadie hubiera dudado... Desde chico estaba convencido de que un día me iba a ir a dormir y al despertarme iba a tener el cuerpo “correcto”, uno que no diera lugar a dudas, que le mostrara al mundo quién era yo.

Mi cuerpo se desarrolló, contra todos mis deseos, acomodándose a una figura culturalmente definida como mujer. Sufrí muchísimo. Perdí el interés por desarrollar actividades que me podían gustar. De hecho, ni siquiera me preguntaba qué cosas me gustaban, porque sentía estar viviendo la vida de otra persona. Estaba seguro de que yo no era quien decía mi documento y oscilaba entre la bronca y la desesperanza, con la convicción férrea de que nadie iba a entenderme nunca.

No alentaba relaciones de amistad con nadie y me limitaba a conquistar modestos logros académicos para complacer a mis padres. Pensaba que hubiera preferido no nacer, o estar muerto, y a la vez veía a mis hermanas disfrutar de otros éxitos, saliendo a la noche, teniendo novios, grandes grupos de amigos con planes divertidos y códigos de complicidad. Me tentó la idea de disfrutar de esos placeres y resolví tomar el ejemplo de ellas como una receta. Tuve amigos, tuve enamorados y salidas y vacaciones en grupo. Pero eran victorias que me provocaban una pena cada vez más intensa. Sabía que estaba postergando mi vida, que estaba apostando a una ficción y perdía tiempo valioso. Sin embargo, tenía tanto miedo al rechazo y estaba tan cansado de estar solo, que por un tiempo pensé que valía la pena y que estaba haciendo lo correcto.

A los 18 años, y gracias a una película, supe que existían otras personas como yo. Busqué mucha información en Internet sobre Harry Benjamín, disforia de género, transexualismo, transgeneridad, etcétera. Por más que se tratara de nuevos contenidos, no dejaba de sentirlos familiares y me reconocía en sus descripciones.

Me informé sobre cirugías, hormonas, psicodiagnósticos y leyes en la Argentina y otros países. Me sumé a un proyecto nacional para convocar gente trans. Me sentí aliviado: de pronto ya no estaba solo. En ese momento, gracias a la bibliografía que pude descargar en mi computadora, llegué a la conclusión de que padecía un trastorno de la identidad que iba a resolverse cuando pudiera adecuar mi cuerpo al formato convencional de hombre.

En ese entonces oculté las novedades a mi entorno inmediato y resucité un montón de ilusiones que había desplazado años atrás. Sin que nadie lo supiera, empecé a trabar relaciones con gente de otras ciudades, lejos de La Plata. Me nombré Blas y tuve mi primera novia a los 19 años. Una relación tan breve como especial: ella me miraba y veía a un varón. Lo mismo pasaba con mis nuevos amigos. Gente que apenas me conocía, pero a la vez sabía más de mí que mi propio núcleo familiar.

Fue una época tormentosa, en la que se me prohibía cortarme el pelo, usar ropa que no diera cuenta de la feminidad esperada, se controlaba a mis amigos... Yo me escondía de mi familia porque sentía que la verdad en sus manos era una amenaza a mi deseo hecho realidad, a mi vida de varón, que, contrariamente a lo que ellos pudieran decir, era lo único auténtico que yo tenía. Más allá de las ventajas que me ofrecía este modo de vivir, también reconocía que estaba muy solo y mi familia me hacía falta. No podía tener estudios, padres, amigos, ni teléfono, ni casa, ni nadie a quien llamar en caso de emergencia. ¿Quién iba a pasarme una llamada para Blas?

Esperé a la mayoría de edad para confesar a mi familia que soy transgénero. La situación en mi casa se tornó insostenible, ese mismo año me mudé a Capital.

De esto pasaron casi 7 años, ya no creo tener el cuerpo equivocado, pero sí estoy seguro de estar en medio de una comunidad con la mentalidad equivocada, con un código que me desconoce, me niega y sólo me va a reconocer si me transformo...

Hoy no busco esconder mi cuerpo, no lo odio, ni lo quiero cambiar. De todos modos, sé que es un cuerpo de varón, porque yo soy un varón, ¿cuerpo de qué iba a tener si no? Y contra la definición social de trans, puedo decir que la discordancia no es entre cómo me siento y el cuerpo que tengo sino que se trata de un choque duro entre quien soy y lo que socialmente se espera de mí, un varón que social, cultural y legalmente es asignado mujer en virtud de mis cromosomas o genitales o caracteres secundarios.

Cambiaron muchas cosas en mi vida: estuve en pareja muchas veces, tengo amigos que me llaman Blas y saben que soy trans, pueden hablar por teléfono y venir a mi casa y conocen a mi familia. Estudio filosofía y conseguí que la Facultad de Filosofía y Letras de la UBA reconociera mi nombre identitario. Trabajo para el Gobierno de la Ciudad de Buenos Aires y también logré que sea respetada mi identidad de género dentro del ámbito laboral.

Soy un hombre y mi cuerpo, tenga los atributos que tenga, es un cuerpo de hombre. Pero que el resto del mundo lo lea continuamente en términos femeninos hace que mi vida de relación sea muy difícil y a veces peligrosa.

Mi documento dice que soy mujer y si quiero relacionarme como hombre me convierto en indocumentado, pareciera que no tengo familia, ni estudios, ni ningún documento que certifique legalmente quién soy. Y tengo una familia, una historia académica, experiencia laboral. Necesito que mi documento deje de desmentirme.

Sabíamos que en el mejor de los escenarios, el proceso judicial lleva un año aproximadamente pero, a la semana de haber ingresado la demanda, Paula Rivera me avisaba que el 16 de diciembre tenía que presentarme a una audiencia con el juez.

De pronto algo tan esperado parecía convertirse en un suceso repentino y me costó no perder la calma. Todo lo que había pensado con relación a ese momento se perdía entre los nervios y la ansiedad.

Me sentí muy cómodo durante la entrevista en el juzgado y no sólo porque me trataron con mucho respeto sino porque no fue necesario que dijera nada acerca de la necesidad de una ley de identidad de género que establezca mecanismos administrativos para acceder a los cambios registrales. No hicieron falta explicaciones, ni detalles, ni fundamentos, porque el juez dijo todo eso que yo podría haber expresado, y más todavía.

De acuerdo con lo asentado por la jurisprudencia, los magistrados dan intervención al cuerpo médico forense para la realización de pericias a las que iba a oponerme. El género no es un atributo de los cuerpos y yo no tenía intenciones de someterme a exámenes físicos y pruebas genéticas. Afortunadamente el juez tampoco las tenía.

El 29 de diciembre, el tribunal dictó una sentencia más que favorable. Se funda en los derechos humanos, la Constitución Nacional, el Pacto de San José de Costa Rica, la ley 3062 y los Principios de Yogyakarta, destacando sobre todo que nadie está obligado a someterse a procedimientos médicos para obtener el reconocimiento legal de su identidad de género. Se ordenó que se efectúen las modificaciones pertinentes a los efectos de mantener mi número de DNI, cambiando el nombre y el sexo.

Estoy feliz con el resultado obtenido, especialmente con una cuestión que no había contemplado al principio: mi familia me acompañó. Mi hermana melliza se presentó como testigo y contar con ese respaldo fue lo mejor de todo. Pareciera que en todo este proceso estuve solo, pero en rigor de verdad estuve rodeado de gente. Lohana, Luisa, Taddeo, Fer, que también son trans, de ideas políticas diversas, pero idéntico ímpetu y compromiso...

Por lo general, a las masculinidades trans se nos cuestiona no haber conformado una organización que nos aglutine. Yo creo que es algo positivo. En este marco de descrédito de las instituciones y sus funcionarios, de incompetencia, oportunismo y de intereses creados, pensar que igual hemos podido articular una red de contactos informales y que somos capaces de reunirnos y compartir por el solo hecho de encontrarnos, sin alentar proyecciones políticas individuales, es digno de reconocimiento.

Soy consciente de que el documento de identidad no acaba con el estigma. Nadie presenta su DNI para entrar al baño. No funciona como escudo de las trompadas y las burlas. No introduce a mi cuerpo en esos circuitos de deseos que, aunque desobedientes, sólo contemplan el abrazo de corporalidades normativas y estándar. Pero es un gran avance... Y, después de todo, ¿quién dijo que esto terminaba acá?

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Imagen: Sebastián Freire
 
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