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Viernes, 28 de enero de 2011

SOY POSITIVO

Lágrimas de amor

 Por Pablo Pérez

Por primera vez desde que empezó 2011, L pasó el fin de semana solo. El ambiente en su trabajo seguía enrarecido, el trato de sus compañeros había cambiado, como si se compadecieran de él. Además ya no podía contar con La Masa, su único amigo ahí, ninguno de los dos estaba dispuesto a conversar; La Masa, porque L lo había tratado de impotente y de gay adelante de su mujer; L, porque pensaba que La Masa había contado en el trabajo que era portador de HIV, o gay, o las dos cosas. Estaba en el balcón de su departamento, a punto de llorar, mirando la planta de marihuana que le había regalado su amigo. “Ya lo sé, plantita —dijo L—, sé que La Masa no pudo haberme traicionado así, pero no sé ni dónde estoy parado: desde que me enteré de que soy seropositivo, la vida se me volvió rara...” “¡Ojalá pudiera darte una flor ahora, la más rica del mundo, para alegrarte el domingo!”, dijo la planta, y L rompió en llanto. Hacía años que no lloraba. Las lágrimas arrastraban dolor y miedo, pero también emoción y... ¿amor? Había buscado contagiarse el VIH con el deseo de morirse y ahora estaba viviendo con más intensidad que nunca. Llorar le hacía bien, le hacía bien aquel torrente que lo liberaba. En el medio del llanto asomó una risa. Buscó el celular y le mandó un mensaje a La Masa. “¡Perdoname, por favor! ¡Estuve mal!” La Masa lo llamó enseguida. “¡Amigo! Soy yo el que tiene que pedirte perdón, fui un bestia...” “¿Podemos vernos ahora? —interrumpió L— Te invito a mi casa, acá vamos a estar más tranquilos que en la tuya...”

L estaba mirando el atardecer cuando llegó La Masa. Que hubiera llegado tan pronto lo ilusionó. “Nuestra amistad le importa”, pensó. La Masa estaba más producido que de costumbre. “¡Lindo depto!”, dijo. Estuvieron en silencio mientras La Masa armaba un porro; L se sentía drogado antes de fumarlo, se aguantaba las ganas de abalanzarse sobre él y besarlo. Suspiró y buscó serenarse, tenían una conversación pendiente. “Tengo una pregunta incómoda —largó de pronto—. ¿Vos contaste en el laburo que tengo HIV?” “¡Estás loco! ¿Me viste cara de chismoso?” “Bueno, ya se enteraron por vos de... ya sabés... de mi dotación.” “¡Pero eso es otra cosa! ¡Cómo voy a contar que tenés HIV!” “¡Y qué sé yo! Como nos peleamos, pensé que...” A medida que fumaban, la conversación iba cobrando ritmo. L sacó de la heladera una cerveza y siguió: “¿Y quién habrá sido entonces? El tema es que en el laburo empezaron a tratarme raro, como si supieran...” “¡No te persigas! –dijo La Masa–. Si se enteraron, ya fue, no tiene sentido preocuparse. Sabés que podés contar conmigo para lo que sea. Somos amigos, ¿no? Y además, boludo, yo sé guardar secretos...” “Sí, yo también sé guardar secretos”, contestó L. La Masa, ya despatarrado en el sillón, se acariciaba los músculos de los brazos, los pectorales... le guiñó un ojo y le dijo: “Vení, L, acercate”.

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