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Viernes, 1 de abril de 2011

¡UFA!

Carne podrida

 Por Liliana Viola

El cliente de la prostitución travesti despierta morbo y sobre todo muchas incógnitas. ¿Quién es él, a qué dedica el tiempo libre? La leyenda cuenta que ese señor está entre nosotros, que tiene un auto caro y que, si no, está manejando un taxi quejándose de lo mal que anda el mundo con tanta gente rara. Que le roba horas secretas a su familia tradicional y que jamás reconocerá sus gustos sexuales. Las mismas travestis cuentan que muchas veces este cliente saca la bestia homofóbica que trae encima y que cuidando de no estrellarla consigo mismo, ya que él no es gay, ni prostituta, ni mucho menos travesti, la descarga contra ellas, en gran porcentaje, hasta matarlas.

Se puede transmitir esta realidad en una crónica policial, hacer hincapié en el morbo más o menos, salir a buscar testimonios y muchas cosas más. Incluso se puede, y esto no deja de ser tristemente novedoso, sacar la bestia homofóbica que cada cual tenga adentro y en lugar de dársela contra sí mismo, porque no hay más macho que un mediador entre el público y la verdad, dedicar dos páginas a todo color de una revista (nos referimos a la sección denominada “El periscopio asesino” en la revista El Guardián) a escrachar a estos clientes, sacando fotos de sus autos y sus patentes durante sus incursiones a El Rosedal justo en el momento en que una travesti (desnuda) está cerca de la ventanilla. Al pie de cada foto, quien edita esta ingeniosa sección coloca las iniciales de los dueños de esos autos y se regodea cuando puede señalar que quien va al volante es un hombre, aunque el dueño del vehículo pecaminoso es una mujer, seguramente la esposa engañada. Los textos de los epígrafes están escritos como si hablara una de las travestis en cuestión, sólo que poseída como Linda Blair por un demonio machista y gracioso que no se priva de las bromas más grasas acerca de chorizos que se tragan, lechita que se vierte, manos que amasan, falta de mariscos en la paella, y el culo que se raja, siempre el culo. Una homofobia redoblada se descarga así, no sólo contra las personas que están ejerciendo la prostitución sino también contra los escrachados, que tal vez estén ahora mismo siendo objeto de mensajes internos y mafiosos que tanto recuerdan a esos operativos que la SIDE lleva a cabo para terminar con carreras políticas, sindicales o empresariales ascendentes. ¿Se tratará de un argumento de venta de la revista apuntando a las esposas argentinas? ¿A quién están escrachando estas fotos con números de patentes, y en nombre de qué alta moral se produce este derroche de periodismo verdad que entre líneas pide más presencia policial en la zona?

Podría ser que se tratara de una rebuscadísima manifestación contra la prostitución, o mejor, de la prehistoria de esta escena. Lo que viene antes en la vida de un sector de la población de nuestro país que aún no cuenta con un DNI que respete su nombre propio, salvo honrosas excepciones, que muchas veces es expulsada de la familia, de la escuela y de toda institución que permita eludir el círculo que lleva a El Rosedal tanto a clientes como a paparazzis. Podría ser pero no. Si no, esta producción de berreta factura, que gira en torno de la metáfora de “la carne en el asador” con salchichas y chorizos como ilustración de fondo, no tendría lo que tiene ni sus alusiones a “falsas mujeres”. La gracia se completa con una sexóloga que da cuenta de la compulsión por el sexo como para dar el toque pseudocientífico que todo disparate necesita y otra columna supuestamente firmada por una travesti que se reconoce como un hombre que trabaja de travesti. Curiosamente, este personaje sale con los ojos tapados, no se entiende si para proteger su identidad o su verosimilitud.

Cuando Pergolini, Guebel, Tognetti, Lewin y Rial tuvieron la infeliz idea de filmar al cirujano plástico Alberto Ferriols mientras mantenía escenas eróticas con sus pacientes travestis en su consultorio y mostrárselo en vivo a su esposa, estaban poniendo la cara, tal vez orgullosos de la proeza, pero poniendo la cara. Y así es como debieron pagar –con reprobación, con bochorno y con acciones legales– por ese abuso de poder que a veces se hace llamar periodismo de investigación. Vale acotar entonces que la sección “Paparazzi asesino” no lleva firma de autor y el fotógrafo se esconde bajo el seudónimo de “Paparazzi Kid Team”. ¡Qué paradoja! Los paladines del escrache prefieren actuar desde las sombras. Y allí se quedan.

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