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Viernes, 29 de julio de 2011

SOY POSITIVO

Cuento de hadas

 Por Pablo Pérez

Una rara sensación que me recorría las venas y las neuronas me hizo sospechar que la ola de sueños vívidos provocados por efavirenz-truvada estaba a punto de comenzar. El primero fue con una habitación de dieciséis camas, y al despertar pensé: “Tengo que jugarle al 16 y al 61 a la quiniela”. Como ahora hay tantas, desistí, soy muy ambicioso y para sacar una suma interesante tendría que haber gastado una gran suma. Tanta fe no le tenía a mi sueño. A la noche siguiente comprobé que en la vespertina nacional había salido el 61. Lejos de entristecerme, pensé que efavirenz-truvada, además de sueños vívidos, generaba sueños útiles, así que sigo atento. Pero envalentonado porque ahora los sueños no eran tan tremenos, decidí seguir mirando, como todas las noches, la serie de vampiros True Blood, que había dejado cuando empecé con la nueva medicación porque no quería sueños sanguinolentos. Entonces soñé que estaba en una feria de atracciones de pueblo, donde cada habitante mostraba sus habilidades. El hijo ciego del poeta hacía unos hermosos muñequitos de trapo y nos condujo a un sector secreto donde también había construido un gran tobogán. El juego comenzó triste, el día nublado, el lugar era pequeño y oscuro como un corral o un gallinero, rodeado de rejas a los costados y locales cerrados al frente. Primero estábamos solos el ciego, un amigo y yo. Lo que en la vigilia puede parecer tonto, durante el sueño era muy serio: para que los muñequitos de trapo no cayeran en la arena y se arruinaran, los atamos con un largo piolín al extremo alto del tobogán, que medía unos cinco metros de alto, por donde los arrojábamos una y otra vez. Los muñequitos estaban tan perfectamente equilibrados en peso y tamaño, que se deslizaban a la perfección hasta el final. De pronto la dueña del local que estaba justo frente al tobogán levantó la persiana y dijo: “¿Vieron qué lindo el tobogán que hizo F?”. Al rato apareció Sam, el metamorfo de True Blood (humano con la habilidad de mutar en el animal que desee y que indefectiblemente queda en bolas cuando se reantropomorfiza), tapando pudorosamente sus genitales, pero dejando ver sus perfectas nalgas de manzanita. Fue el primero en arrojarse por el tobogán, después me animé yo y me di cuenta de que también estaba desnudo, el deslizamiento era impecable porque las tablas estaban perfectamente pulidas y lustradas. Al llegar, el piso era de madera también, listones tan bien acabados como el tobogán, un regalo para el tacto a los pies. Llegó más gente desnuda, que entre risas y gritos de júbilo se tiraba por el tobogán, mientras yo lloraba a mares, emocionado por el jovencito ciego que había creado tanta belleza.

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