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Viernes, 5 de agosto de 2011

ENTREVISTA

Lo personal y lo político

Para cualquiera que haya cuestionado la institución matrimonial en general, activar para convertir esa institución en un derecho es una contradicción. Frente a esta encrucijada, el sociólogo catalán Gerard Coll-Planas hizo lo que mejor sabe hacer: cuestionar, investigar, escuchar. Así alumbró La voluntad y el deseo –que escribió después de editar junto al activista trans Miquel Missé El género desordenado (ambos de Egales)–, en el que también se reflexiona sobre la patologización de las identidades trans.

 Por Paula González Ceuninck y Flavio Rapisardi

¿Por qué La voluntad y el deseo?

–La voluntad y el deseo es un libro que surge en un momento de crisis personal y política en el marco de la discusión sobre lo que en España se llamó “matrimonio gay”, y aquí veo que inteligentemente se denominó “matrimonio igualitario”. Estaba investigando sobre las estrategias de jóvenes gays, lesbianas y trans en contexto de homofobia, lo que implicó ponerme en un contexto, frente al espejo del dolor. Y en ese marco yo militaba por la abolición del matrimonio civil. De allí mi conflicto, que me llevó a ver que en mi propio activismo estaba pronto a caer en grandes errores, como no ver cómo el matrimonio cambiaría el paradigma, el escenario. La mayor parte del movimiento Glttbi vio nuestra posición como violenta, iluminada frente a la comunidad Glttbi que veía con buenos ojos el matrimonio. Por esto revisé mi posición. Después de escribir todos los días contra el matrimonio, ahora estoy casado.

¿Cómo tematizaste entonces esta crisis política y personal?

–El tema de mi libro es la agencia. Análisis de discursos de psicólogos y psiquiatras, activistas Glttbi, foros de Internet, citas del libro, etc., fueron material de mi análisis. En este corpus encontré, por ejemplo, el discurso de un chico gay totalmente sistémico, o la crítica al comportamiento y consideraciones patriarcales de un chico trans en un foro, es decir, la reproducción de discursos esencialistas y sexistas por parte de las mismas personas Glttbi. Yo los consideraba enemigos en mi activismo. Como investigador tuve que poner distancia crítica: allí encontré que esos discursos sistémicos eran un modo de lidiar con la culpa y el dolor: iban del biologicismo al voluntarismo como estrategias, por lo que volví a plantearme esta pregunta: ¿qué noción de subjetividad hay en este proceso?

¿Activismo y teoría?

–Por supuesto, cómo relacionar los análisis con el activismo. Ahí tuve que releer y reflexionar sobre mis propias prácticas. Y encontré dos tipos de discurso: el de la normalización, voluntad de igualdad y reconocimiento; tiene dos ingredientes para su aceptación: argumentar que no hay elección posible y el sufrimiento que sienten. Este discurso puede caer fácilmente en el victimismo. La normalización como proceso deja en el camino a las compañeras trans, las manda a última fila en las marchas, de igual modo al colectivo de PVVS (personas que viven con vih y sida), ya que consideran que no dan buena imagen. En este marco surgieron los discursos sobre la posibilidad de crianza “normal” de niños/as, es decir, que los niños/as no serían Glttbi por su crianza en una familia homoparental. Frente a este discurso, nos encontramos con otro, el transformador, y sus objetivos: cambiar el deseo, la familia, la sociedad. Este discurso puede caer en una posición autoritaria, voluntarista, a la que le cuesta abordar el tema del sufrimiento. Y estos discursos son complicados porque uno niega la agencia y el otro la sobredimensiona.

Y en este marco, ¿reflexionaste sobre la despatologización de la diversidad sexual y genérica?

–Sí, la patologización de la transexualidad es un tema central en mi reflexión y en mi intervención. Soy crítico a la ley aprobada en España que exige dos años de hormonación, lo que es una política abiertamente eugenésica. Y, por otro lado, también soy crítico con la exigencia de certificados de disforia, que deben ser extendidos por las denominadas unidades de trastornos de género. Los datos que se miden son profundamente sexistas y biologistas. Esta protocololización escrita por médicos incluye categoría irrisorias como la de “travestista no fetichista”. En el marco de mi investigación-acción entrevisté a una psicóloga de la unidad de trastorno de género de Barcelona. Su discurso está lleno de contradicciones y se asienta en el supuesto origen biológico de la homosexualidad... ¡Pero esta afirmación no puede ser corroborada!

¿El poder médico y psi?

–Por supuesto. Hay una fuerte presión y lobby de psicólogos y psiquiatras con una política del peritaje que exige operaciones y hormonización. Por ejemplo, quienes no quieren extirparse órganos, suelen ser excluidos del proceso. Desde esta perspectiva hablo de la despatologización: mi discurso es producido desde el punto de vista de un marica porque lo trans entra a la patologización cuando salimos las maricas. Hablo como teórico, pero también como compañero de lucha de las personas trans.

Tu libro es un trabajo de intervención e investigación.

–El libro nace en un contexto catalán de lucha contra por la despatologización, de combate a la construcción de una otredad discriminada para incidir en los procesos de salud, ya que si las personas trans no se patologizan, no entran en el proceso de cambio de identidad. A Miquel y a mí nos pone cachondos la contradicción, y la idea es dar voz a distintas opciones. Por eso nuestro libro se divide en tres bloques. El primero es referido a la salud. Allí hay discursos de psicólogos y psicoanalistas que critican el discurso oficial y de médicos trans y una activista trans que acordaron un discurso para ubicar la transgeneridad en una patologización estratégica, para tener cobertura social. Otro de los bloques se refiere a las ciencias sociales. Por ejemplo, un antropólogo trans inglés cuenta su proceso de cambio de identidad. El tercer bloque es sobre el feminismo y las políticas trans. Personas que dan voz a su experiencia de patologización: personas a favor y en contra. Hay un debate entre un post de Miki y una activista colombiana que defendía la patologización para permanecer en el sistema de salud. La pregunta que se plantea es: ¿cómo cubrir médicamente sin patologizar? En este mismo sentido, la conocida activista Kim Pérez en su momento vio como una liberación la patologización, ya que le otorgaba una identidad. Lo anterior eran electroshocks, etc., pero luego la propia Kim considera que debe superarse esta etapa. Lo que tenemos que plantearnos es si el objetivo es hacer más operaciones evolucionadas de reasignación sexual o el reto es construir una sociedad que no le dé tanta importancia a modificar nuestros cuerpos para sentirnos reconocidos.

¿Considerás que existen particularidades de las identidades trans que permiten distinguir Europa de América latina?

–Sí. Por ejemplo, personas con identidad travesti de América latina van a España y allí surge la necesidad de operación, de una intervención quirúrgica. Por esto nosotros propusimos debatir el tema de la identidad. La presentación del libro desde un punto de vista constructivista dio miedo y produjo tensiones con parte del movimiento trans, porque temían que la noción constructivista y despatologizadora llevara a perder posiciones ganadas por el movimiento. En este marco se reavivaron debates muy duros sobre qué define lo trans. A nuestro parecer, el discurso de médicos patologizadores permeó la cultura española de una manera contundente. Todavía no me puedo olvidar cómo en un congreso se aplaudieron los discursos médicos, mientras que cuando habló Miquel sólo unos/as pocos/as se animaron a aplaudir.

¿Qué opinión te merecen las políticas y perspectivas queer?

–No me queda claro qué puede significar el término queer. Tengo afinidad con autores queer tanto a nivel metodológico y espistémico, pero no entiendo la etiqueta. Con el tema queer tengo cierto debate que tiene que ver con el modo de territorialización de este concepto en Europa y en EE.UU., y que, según mi opinión, teorizan de manera lejana a la realidad. Por ejemplo, Beatriz Preciado elabora un discurso lejano de la realidad y del sufrimiento de muchas personas Glttbi. A mi entender, la testosterona no es una mera performance sino que hay que nombrar sus efectos secundarios. No me parece tan revolucionario inyectarse testosterona en un departamento en París, y me parece preocupante olvidar sus posibles consecuencias materiales, como los tumores. A mi entender, a nivel del activismo hay mucha pose, que no se acerca a la problemática real de la gente. ¿Qué define lo queer? Decir la oposición a todo lo establecido me hace surgir otra pregunta: ¿qué es todo?, ¿cuáles son los límites? Transgredir como objetivo de la política queer en Europa es una política que se come su propia cola. En España hay dos lecturas de Judith Butler, aquellas que no apelan a la subjetividad y otras que recuperan al psicoanálisis. Por lo que sé, existe una diferencia entre lo queer en América latina y Europa. Aquí veo que se busca no fragmentar dinámicas parecidas, por ejemplo.

¿Qué pasó con las víctimas Glttbi del franquismo?

–A diferencia de lo que ocurre aquí, en España no se hizo una reflexión tan profunda sobre la dictadura y menos sobre su conexión con la homofobia y la transfobia. Hay que recordar que Baltasar Garzón no quiso juzgar a nadie sino que sólo quería levantar las fosas comunes. Hay cuerpos sin enterrar desde el año ’39 y todavía están allí.

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Imagen: Sebastián Freire
 
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