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Viernes, 5 de agosto de 2011

En su nombre, en el nuestro

Más allá de la condena al asesino de Pepa Gaitán, el juicio logró movilizar conciencias y activismos, poner en escena identidades que parecen silenciadas, obligar a revisar cuántas actitudes cotidianas convierten en posibles los crímenes de odio. Eso es lo que queda del juicio. Y una ausencia que no se repara, pero que sigue teniendo mucho que decir.

 Por Juan Manuel Burgos

Es fácil, muy fácil –y tentador– para quienes hacemos activismo LGTB identificarnos con una mujer lesbiana, pobre y asesinada “como un perro” de un escopetazo. Se vuelve irresistible fantasear con ocupar, siquiera en la enunciación, ese lugar abyecto, anal y libidinoso. Devenir concha para contrarrestar nuestra misoginia gay. Devenir amor invisible de mujer contra mujer para decentificar nuestro nolugar lesbiano. Devenir precaria para forjar autoridad travesti. Devenir manada perruna para perpetuar la insurrección del pornoterrorismo sadomasoquista. Devenir slogan político para conquistar las bancas que el Estado reserva a las organizaciones civiles. Devenir Natalia Gaitán para ponerle un nombre a nuestras violencias cotidianas.

Ciertamente sostener que “todos somos Natalia Gaitán” es una operación bastante sencilla, en la que, claro, debemos animarnos a dar ese primer paso que supone reconocer nuestra propia vulnerabilidad como personas de la diversidad, la precaridad de nuestros vínculos sexuales y afectivos y la precariedad que implica ejercerlos en medio de un contexto donde la heterosexualidad obligatoria y el patriarcado falocentrista son la norma. Pero además este reconocernos en Natalia, o reconocer a Natalia en todos nosotros, implica por fuerza desconocer a quien empírica y materialmente sucumbió ante el disparo en barrio Parque Liceo.

Así hemos convertido a La Pepa en Natalia Gaitán, insistiendo en ese nombre registral que se reservaba sólo para sus familiares más cercanos. La hemos feminizado con esténciles que muestran su cabello largo (aquel que se cortó al ras a los 13 años y nunca más dejó crecer), le hemos colocado un anillo matrimonial en la mano y un hijo en sus espaldas, le hemos dado asilo en las paredes de las universidades y de ese centro cordobés por el que no podía transitar sin ser blanco de detenciones basadas en merodeo y portación indebida de rostro. Hemos ilustrado y publicado su historia. Le hemos dado en nuestras agrupaciones el trabajo que en vida le era negado por su expresión de género. De este modo, la figura de Natalia Gaitán ha acompañado luchas y reivindicaciones, nos ha ayudado a visibilizarnos, a expresar nuestros deseos y miedos, nuestras identidades y problemáticas, nuestras urgencias y espanto.

Resulta que es tal y tan feroz el modo en que se inscribe en la carne esa advertencia de perdigón que reza “cuidate porque podés ser el/la próximo/a”, que no pudimos ni podemos dejar de identificarnos con esa víctima y en ese proceso en el que nuestra ansiedad por hacer justicia se impone de manera incontrolable corremos el riesgo de funcionalizar a la víctima, de exigirle un último servicio para esa comunidad diversa en la que sospecho no hubiese sido tan bienvenida.

Es que si todas somos Natalia Gaitán, vale también enrarecer un poco nuestras posiciones y permitirnos preguntarnos por su contracara fantasma: ¿no será también posible decir que todos somos Daniel Torres? La respuesta no tiene que ver con si somos capaces o no de gatillar un arma, sino con atrevernos a sentarnos en ese banquillo de los acusados para que nuestra propia lesbofobia sea juzgada.

* * *

Hace dos semanas comenzó el juicio contra Daniel Torres por el homicidio de La Pepa “Natalia” Gaitán, la querellante Graciela Vázquez, mamá de la víctima, y la abogada Natalia Millisenda intentan convencer al tribunal de que el crimen cometido por Torres no fue pasional ni en legítima defensa, sino fruto de un odio particular contra La Pepa basado específicamente en su expresión de género masculina, en su orientación sexual lesbiana y en aquellos privilegios simbólicos de los que gozaba (pese a la discriminación que sufría): era exitosa con las mujeres, era reconocida, aceptada y querida en el barrio y por toda la hinchada de Belgrano de Córdoba, era lo que se dice Un Winner y Un Chongo.

Socialmente estos privilegios parecieran estar vedados para quienes no fueron asignados al sexo masculino al momento de su nacimiento y principalmente para quienes a lo largo de su vida han vivido con coherencia una sexualidad hetero y machista. Resultaba insoportable para el homicida que La Pepa disfrutara de sus encantos y conquistas (escasas si tenemos en cuenta las violencias y exclusiones cotidianas que padeció por ser quien era). Torres no concebía que ésta ocupara un lugar que no debía, que castrara su débil masculinidad dándoles trabajo y protección a su familia, ya que lo único que él tenía eran su mujer y su hijastra, ambas seducidas por la masculinidad femenina del gordo La Pepa Gaitán.

Pero la seducción que despierta La Pepa no se limita a las fronteras de su barrio periférico. Con el correr del juicio –y del tiempo–, militantes lesbianas, trans y gays de todo el país hemos conocido más a sus familiares, a sus amigas y ex novias, hemos escuchado con mayor atención sus historias, hemos grabado y desgrabado las declaraciones de los testigos para extenderlas a compañer*s que están lejos de Córdoba. Nos hemos reunido en almuerzos y sobremesas, en tribunales, en plazas, en casas, en asentamientos, por Skype, por teléfono, por Facebook, con banderas, con café, con sueño, con sueños, con los ojos vidriosos, con rabia, con sonrisas. Como hacía mucho tiempo no ocurría activistas independientes y de distintas organizaciones y partidos, con diferentes agendas y trayectorias, intereses e ideologías, hemos coincidido para reclamar justicia.

Y resulta tan intenso este proceso que poco a poco la Justicia se va abriendo camino en nuestra propia militancia, dejamos de llamar Natalia a Pepa, reconocimos que no se identificaba como mujer ni con ninguna de las cuatro siglas que tenemos en nuestros casilleros políticos, que ser de un barrio periférico no la cristalizaba en pobre directamente, que convertirla en una santa también es deshumanizarla, que sus vínculos afectivos y su familia no era la del matrimonio igualitario. Reconocimos que muchos de los espacios en los que activamos deberían empezar a ser más permeables a la participación de personas con identidades y expresiones como las de La Pepa, que nos queda mucho por escuchar y aprender.

La mayor justicia a la que podemos aspirar es la Educación Sexual, emancipada de los prejuicios religiosos, médicos y jurídicos que condenan como pecaminosas, enfermas o delictivas nuestras identidades. Una educación sexual que respete la autonomía decisional de las personas sobre su propio cuerpo, que nos libere de mandatos y expectativas, que elogie la diversidad en todas sus formas. Y no sólo para quienes andamos sueltos, sino que también llegue a las cárceles, a los victimarios.

Una educación sexual para tod*s.

Una educación sexual que nos recuerde que la de La Pepa no es sólo una vida para ser llorada, sino que es, sobre todo, una vida para ser celebrada y también deseada.

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