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Viernes, 20 de enero de 2012

CRONICAS MISTRALES

Mi vecinito, el raro

 Por Naty Menstrual

El era un chico raro. Eramos sus amigos del barrio. Yo en ese momento sabía que en algún rincón de mi corazón me pasaba algo extraño también. Eran épocas apacibles en un barrio del oeste, donde dejábamos bicicletas afuera y jugábamos a las escondidas entrada la noche sin ningún problema. Su madre, más rara que él aún. Su padre, respetuoso, petiso morrudo y pelado. Tenía un negocio en el centro. No sé de qué, nunca supimos.

En las tardecitas, la vieja rara se hacía sacar un silloncito de mimbre a la puerta y desde ahí digitaba los movimientos de su hijo EL RARO. Y nuestros comportamientos también, por supuesto. Pero qué más nos daba, era la madre del chico raro. Sólo eso. Malhumorada, de feo carácter, lo tenía al pobre pibe a los bastonazos. Nosotros más de una vez la buscábamos para que se enoje y nos largara tremendas puteadas; y bastonazo va, bastonazo viene, a alguno le pegaba. Sobre todo a su hijo. Le daba y le daba.

Un año, en un carnaval, donde el barrio se transformaba en una fiesta, esperábamos a la siesta para reunirnos en el medio de la calle, con baldes y bombitas de agua. A veces las llenábamos de soda, para que duelan más. La guerra duraba hasta que el sol bajaba, secando la calle. Una de esas mojadas tardes, salió el chico raro a querer jugar con nosotros, pero no tenía bombitas en sus manos. Nos miró triste por no poder jugar, y ahí, con la maldad de los niños directa y descontrolada, nos miramos unos a otros, y terminamos contra él. El pobre chico raro trataba de defenderse, pero no pudo; entonces corrió a su casa y se metió rápido. Todos nos quedamos riendo y, no conformes con haberle hecho pasar ese momento humillante, fuimos a esperarlo para seguir cagándolo a bombazos. El salió, pero esta vez bien armado. Tenía dos baldes, uno en cada mano. Nos miramos y empezamos a tirarle los merecidos bombazos, no iba a poder con tantos. Dejó un balde en el suelo y empezó a tirarnos.

No era agua lo que tiraba: eran los restos de un arroz con pollo, y él, para sazonarlo, le había puesto litros de acaroína. ¡Ah!, pensamos: este chico no es raro, éste es un loco peligroso; y antes que se saliera con otra de sus sofisticadas venganzas, todos salimos corriendo.

Mi madre sentenció: “No quiero que te juntes con ese chico raro”. Y me contó parte de su historia, que lo habían adoptado de chiquito y que ese animal lo castigó siempre, a cachetazos, bastonazos y lo que tuviera a mano. Me dio lastima, porque nosotros no entendíamos nada y lo terminamos castigando, como su madre.

Con los años me hice raro yo también, y de raro pasé a gay, y de gay a re putito, de re putito a montadita, de montadita a trava sin tetas y de trava sin tetas a gay otra vez, y así ando: que pollerita sí, que tacos o jogging, barba y zapatillas cuando me vengo al barrio.

Con el tiempo me contaron que esa madre se propasaba con su hijo adoptado. No podía creerlo: ahí nomás, a media cuadra, y nosotros sin hacer nada, agrediéndolo también, diciéndole maricón, raro.

A esa altura la cosa era distinta: primero murió su padre, luego su madre, la reina del bastonazo, y él quedó solo, en la misma casa, en el mismo barrio. En una de las visitas que les hago a mis padres, nos miramos y nos saludamos. Me lo crucé algunas veces en Angels danzando contento y con frenético ritmo de sábado. Se puso en pareja con un chico flaquito y teñido de rubio fuegazo. Hace años que están juntos. Y también, para mi sorpresa, se hizo de religión umbanda, y hasta es pai. Muda de nuevo me quedé. En la casa a veces hay filas de gente y adentro de su casa parecen vivir más de cincuenta.

Una vecina también me contó que en algunos rituales sacrifican gallinas y otros animales. Salen en grupo enloquecidos corriendo todos juntos a revolear pochoclo por el medio de la calle. Y no es precisamente pochoclo acaramelado. Aparte de todo este exotismo barrial, a él le encantan los autos, los arregla, los desarma; autos viejos que no sé de dónde saca, pero son cascajos hechos mierda, sin demasiadas esperanzas. El que más me gusta es el que tiene ahora estacionado en su puerta, un Peugeot 504 que lo pintó de rosa fucsia. Rosa maraca o rosa Dior, que es más refinado. No veo la hora de que ande para que me lleve a dar la vuelta a la manzana alguna tardecita de verano.

Lo que sí me hizo pensar es el sacrificio de las gallinas, pero qué puedo decir yo, si vivía acogotando gansos; y sobre todo, la garra que empezó a poner cuando sus padres murieron para dar rienda suelta a una vida sin bastonazos, disfrutando de nuevos bastones pero de carne de algún que otro chongazo.

Comparsa de pochoclos y acogotamiento de ganso, puro glamour palaciego, no hay caso...

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