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Viernes, 9 de marzo de 2012

ENTREVISTA

Por el camino de Esdras

Esdras Parra fue una poeta, ensayista, narradora, traductora transgénero que nació en 1939 en Venezuela y que se sometió a una operación de cambio de género en tiempos en que ni siquiera se hablaba de eso. El escritor Pablo Ramos está escribiendo una novela basada en su vida y aquí adelanta algunos detalles y contradicciones.

 Por Facundo R. Soto

Decir que Pablo Ramos publicó su primera novela El origen de la tristeza hace ocho años y cuatro libros más, no alcanza para definirlo. Decir que practicó boxeo durante cinco años y noqueó a un tipo de cien kilos, tampoco. Pablo critica a la gente que hace cualquier cosa por lograr mil visitas en su blog, y no le importa nada. A Pablo también pareciera no importarle nada, pero es sólo un parecer. En este momento le importa escribir la novela sobre Esdras Parra, donde cuenta la libertad que tuvo el poeta venezolano para operarse y hacerse mujer. Su mejor cuento, según Liliana Heker, va aparecer en su próximo libro, que se llama “El camino de la luna”, saldrá en junio por Alfaguara. Los ángeles también deben morir es la novela que está escribiendo ahora mientras le da los últimos trazos a Mientras mi mujer no está, la novela sobre Esdras Parra.

¿Qué fue lo que te motivó a escribir la novela sobre el poeta venezolano Esdras Parra?

—Me llamó la atención el primer verso que él escribe después de las cirugías que se hizo para convertirse en mujer. La pasó bastante mal. Escribió: “Recibe mi cuerpo como si fuera nieve”. Es un verso profundamente femenino. Leí la poesía y me fascinó. Sus versos me conmovieron. Los leí por primera vez mientras recorría las calles de su Mérida natal.

Acá no es muy conocidx, ¿qué podés contarnos de Esdras?

—Esdras Parra nace hombre en Mérida, Venezuela, en 1939. Logra un enorme reconocimiento como intelectual y escritor (cuentista y poeta). Viaja en los ’70 a Londres y, según contara Cabrera Infante, se enamora perdidamente de una lesbiana. Enloquece por ella. Tiempo después, en su afán por conquistarla, comienza a travestirse y termina sometiéndose a una vaginoplastia y otras cirugías feminizantes. Nunca logra el amor de esa muchacha, pero sigue su vida como mujer y muere en Caracas en el año 2004, habiendo perdido casi todo lo que tenía. Sobre las razones que lo llevaron a cambiar de sexo hay muchas opiniones y teorías encontradas. La mayoría son abanderamientos de ideologías machistas, feministas, o trans, que desestiman lo interesante del caso, su lado humano: el profundo conflicto espiritual en el cual un ser se ve inmerso antes, durante y después de haber tomado una decisión tan trascendente. Te aclaro que Esdras Parra estaba casado, y que su mujer no lo abandonaría ni aun después de haberse transformado en mujer. Siguieron juntos hasta el final. Por eso, ésta va a ser una novela sobre la tolerancia, sobre el ejercicio de la libertad individual y el respeto que sólo puede dar otra libertad.

¿Qué es lo que más te conmovió de esa historia?

—Era como si esa mujer que nacía reclamara pureza, como si le pidiera al mundo que protegiera su alma, que cualquier susurro de rencor, cualquier reclamo, cualquier mirada triste o de extrañeza hubiese roto su corazón asustado, al borde de la vergüenza, pero decidido a llevar hasta el límite el ejercicio de la libertad.

¿Por qué le pusiste Mientras mi mujer no está?

—Porque Esdras empieza a vestirse de mujer mientras su mujer no está. Te dije que terminan juntos, Esdras con su mujer, juntos hasta el final de los días. El empieza a seguir a la otra porque se enamora de ella. Su mujer encuentra ropa de mujer en su casa y él le dice que tiene otra, una amante, que en realidad nunca se levanta.

¿Cómo llegaste a Esdras Parra?

—Por casualidad. Muy poco conseguí de él. Fui a Mérida, una ciudad universitaria en Venezuela, justamente donde él nació, a una feria del libro para dar un curso. Vi a un alumno con un libro raro. Me llamó la atención la foto de tapa, había una señora. Me lo dio, me lo llevé al hotel, lo fui leyendo en la calle y me fascinó. Es un poeta increíble. Venezuela lo sigue tratando de manera infame. Es un intelectual que lo perdió todo.

¿Cómo estructuraste la novela?

—La novela va a tener dos planos narrativos. Uno en tercera persona, en pasado, donde recorreré los eventos más significativos de la vida del escritor. De niño, luego de joven, donde hay indicios de que busca lo que luego va a terminar siendo. Que de alguna manera no entra en la cápsula de un cuerpo y quiere ir más allá. Su formación, sus amistades, sus amores, sus primeros versos, sus primeros textos y amigos. Su despegue del pueblo natal a la ciudad de Mérida (ciudad de universitarios) y luego a la gran capital, Caracas, pasando por su estancia en Londres, ciudad fundamental donde empezó a travestirse mientras su mujer estaba en el trabajo. El segundo plano narrativo es una suerte de diario de la transformación. Va a ser el pensamiento del personaje Esdras Parra, por supuesto en primera persona, con destellos de anotaciones que serán versos o pensamientos reales (sacados de la investigación biográfica sobre el autor). Y ese diario reflejará los días de internación, de operación y post-operación. Intentará hacer carne el miedo a la mirada de los otros, la salida al mundo como nuevo ser, el dolor de los amigos que le dan la espalda, la pérdida y la incomprensión. La muerte de él fue una cosa muy bizarra, porque lo tomaron como orgullo transexual; y nada que ver, él era muy pudoroso.

Escucho que lo nombrás como él... Después de la operación, o incluso antes, ¿no pasa a ser ella?

—Ideológicamente Esdras va a ser ella siempre, incluso desde que ella no es ella. Pero no definí si tratarlo siempre como ella. Tengo un problema semántico. Esdras es lo que un escritor debería ser para terminar con su obra y seguir con su cuerpo; transformarse en lo que realmente uno es. El acto final sería transformar el cuerpo, en igual medida que el alma. En Venezuela, en los años ’70, las primeras operaciones de ésta índole fueron como si les cortaran la pija con un hacha, Esdras casi se muere. Después tuvo veinte operaciones y siguió laburando. ¿Qué lo llevó a eso? Era una persona grande y no le gustaba la pija, siguió con la persona que amaba, su mujer. Yo creo que entendió algo: se enamoró de una persona, y si esa persona justamente amaba a las mujeres, se dijo, hacerme mujer es la única posibilidad que tengo de convertirme en lo que realmente soy.

¿Ella se cambió el nombre después de la operación?

—No. Igual, creo, que es un nombre ambiguo, que se puede usar para los dos lados. En esa época, obviamente no se pudo cambiar el documento. Pero Esdras nunca quiso ser parte de una movida de orgullo, de nada. Su velatorio fue una de las cosas más bizarras, lleno de travestis como un estandarte de algo que no era. Lo suyo fue una decisión. Yo no encasillo a Esdras Parra en nada (ni gay, ni travesti, ni transexual), como a ningún travesti, lesbiana o trans. Esas definiciones no me gustan. Las terminologías heterosexual, homosexual me parecen médicas. La palabra gay me parece pobre. Esdras Parra es un poeta para mí, después habrá sido, para otros, otra cosa.

¿Cómo investigás los hechos de su vida para escribir la novela?

—No hay ninguna biografía sobre Esdras. Vargas Llosa escribió una pésima obra de teatro, con la misma imbecibilidad moral con que lo trataban a él. Mi idea es seguir investigando y ficcionar las escenas para hacer la novela.

¿Por qué te motiva escribir sobre la libertad? ¿Hay alguna fantasía que no hayas podido realizar, todavía?

—Si hoy quisiera ser travesti y después operarme, no me condicionaría ni la operación ni lo que dijeran los demás. Me condicionaría que, obligatoriamente, pasaría a formar parte de un grupo que no conozco y no sé si quiero formar. En un momento dudé sobre si yo era libre. Pero hoy considero que nací bastante libre, porque no se me ocurre hacer lo que no hago. Yo no soy cuidadoso cuando estoy con mis amigos, porque no los diferencio si son o no son gays, por ejemplo; entonces digo: ése es un puto. Y al lado está Gabo, que somos superamigos, yo toco con él...

Sos supernatural a la hora de insultar...

—Yo soy un tipo con mucha libertad personal, no me acosté con un tipo porque todavía no me gustó. El día que me guste, lo hago a los dos minutos. Si una travesti me gustara, le chuparía la pija, no sólo me lo cogería por el orto. Me gustaría, creo, el travesti entero. Pero mi gusto sexual, como el de la comida, no es un rótulo. No puedo decir: “Hola, soy Pablo, soy vegetariano y soy heterosexual”. Cuando me ofrecen carne, puedo decir “no, gracias, no como carne”. Pero, ¿por qué tengo que andar diciendo que soy vegetariano? Tenemos que guardar cierta intimidad, sobre todo por nuestros hijos. No me sacaría una foto chupando una teta. En un momento hizo falta, porque había que exagerar para romper con lo establecido, pero ahora no. Porque me pinto las uñas, algunos piensan que soy loco, pero este loco tiene tiempo de estar con los amigos, con la gente del taller que doy. Yo voy a la parrilla de la esquina y nadie me tilda de puto, ni nada. Es uno el que pone los límites.

¿Pudiste investigar sobre el contexto de Esdras en la época en que ella se operó?

—Mal. Los amigos la abandonaron, la familia la abandonó. Perdió los trabajos y quedó en la ruina. Venezuela hoy es machista, y lo era más en ese momento. Esdras nunca hizo una poesía de militante gay, ni transexual. Seguía haciendo su poesía como mujer. En un punto no fue una cuestión sexual, fue un acto de plena libertad, por eso la novela habla sobre la libertad, porque comprometió todo, hasta el cuerpo. Esdras pensó: si empiezo a comprender que la energía femenina es mi ámbito, seguramente sin testículos lo voy a entender mejor. Los carpinteros tienen una moral de la madera. Hay una moral del lenguaje y su ética en consecuencia.

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Imagen: Sebastián Freire
 
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