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Viernes, 9 de marzo de 2012

LUX VA AL CARNAVAL DE CRUZ DEL EJE

Con Cruz y sin Eje

Lux va obligadx a conocer un carnaval de pueblo y lo encuentra en un galpón perdido en el medio de la ruta, con máscaras y baños de espuma, al mejor estilo Ojos bien cerrados. Pero parece que en Cruz del Eje el mejor lubricante es la cerveza.

¿Qué despropósito hay en este mundo que pueda compararse con las vacaciones? Ustedes dirán, que mis levantes de ocasión y yo les retrucaré: los carnavales. Dos calamidades que se suceden para la misma época y que es como un modo voluntario de arruinarse el presupuesto y el año antes de que empiece. Lo decís por resentidx, me dice mi amigo, pero mucho más que amigo, poeta personal, Fernando Noy, que acaba de sacar su libro Piedra en flor, divina gloria, y que como es de público conocimiento fue la Reina de Río en tiempos inolvidables. Así cualquiera, desde la carroza todo se ve más lejos y más bello, desde entonces lleva el ímpetu rabelaisiano en las venas y adonde quiera que vaya todo el año es carnaval. Vos en Río y yo no me río, le respondí, porque tu bohemia de poeta y tu condición de icono patrio te libera de tener, como yo, un contrato esclavo con este suplemento, que con las ansias de diversidad puestas al mango me acaban de mandar a Cruz del Eje en busca de la vida de verdad, el pueblo, lo silenciado, el verdadero placer popular. Avión, ni sueñes. Para ahorrarme los viáticos y poderme comprar mínimo dos pares en la liquidación de verano que está haciendo Zapatos traviesos, mis amigos de Tigre, que desde que les subió el agua al tanque ya no me fían, me fui a pata hasta Kroovar, la nueva disco de Cruz del Eje, que la promocionaban como el lugar donde reina el descontrol. Vaya y saque sus conclusiones. A mí siempre me gustaron lxs cordobeses, o por lo menos desde que los conocí. Tienen esas pancitas de asado, chivito y vino, y cuentan unos chistes que luego yo plagio en estas páginas por el mismo precio. Son muy simpáticxs, es cierto. Pero también reina el caretaje, sobre todo de día. Para colmo, en Cruz del Eje siempre es de día, de hecho la llaman la ciudad del sol por esa costumbre que tiene el puto Febo de no sólo asomarse sino instalarse hasta cualquier hora. El flaier de Kroobar prometía cerveza traída desde la mismísima tierra del oktoberfest nacional, la también cordobesa pero mucho más alemana que Munich Villa General Belgrano, lo que me trae unos recuerdos borrosos y la nostalgia de mis zapatos traviesos encajados como guantes con talco. La gran entrada de la bebida a base de malta, que me encanta pero me deja una silueta pochoclo poco digna de este número donde el Bafweek y la pasarela de Ramírez levantan la vara del fashionismo, fue en manos de unos chongos rubios y fortachones que vi en aquel festival deslumbrante y lubricado, pero en este caso era una carroza cervecera arrastrada por herederos de los comechingones que poblaban la zona unos siglos más atrás. Eso me explicó el patovica del boliche, que parece que de flaco había sido guía el culiado, ubicado en el medio de un olivar, otra característica de la zona luminosa a la que vine sin ganas, pero el sabor amargo y el efecto diurético me empezaron a embeber de amor y buena onda. Cuando quise comentar todos mis pensamientos con la Noy, estaba montado a un tractor y ahogado en un enchastre de crema, ¿por qué todos le apuntan a la retina estos cretinos? Mojadx como una aceituna, salí del local e hice dedo buscando una versión más marginal de la fiesta loca que ya se llevó como 20 feriados en todo febrero. El patovica me indicó un galpón en medio de la ruta, y allí fui, con mis anteojos de sol y una botella que logré arrancar de la barra. Me recibió un efebo con diez piercings puntiagudos debajo del labio, le vi un par de estrellas tatuadas en el pecho, y su nombre: Braian. Me enamoré al instante. Me pidió la contraseña para entrar y sólo atiné a decir “comechingón”, lo que el muchacho interpretó como una señal: parece que el cacique de aquella tribu organizaba unas fiestas al mejor estilo Ojos bien cerrados, con plumas, máscaras y todxs con todxs. Agarrándome de la cintura, me llevó para afuera, me bañó en la bebida de la velada y tardó pocos minutos en convertirme en la reina del Carnaval de Cruz. Sin ningún tipo de eje porque descalzx ya estaba, me subió a su moto y me llevó a la estación para emprender la vuelta, previa recogida a la Noy que ya había dejado besos estampados y acervezados en los ejemplares de su libro.

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