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Viernes, 31 de agosto de 2012

MI MUNDO

Tortas vienesas

Ella pasó a la inmortalidad como la paciente homosexual de Freud. Y el objeto de su amor quedó en la leyenda como la extravagante baronesa invertida. Una abrió interpretaciones muy enfrentadas sobre el lesbianismo en el psicoanálisis y la otra sigue siendo objeto de estudios recientes que recuperan más y más crema para el postre.

 Por Laura Ramos

A fines de 1918, al término de la primera guerra, una joven a la que conoceremos por el surname de Sidonie Csillag fue llevada por sus padres al consultorio del profesor Freud, en Viena. Los padres, miembros de la burguesía austríaca, le pidieron a Freud que “enderezara” a su hija, pero él sólo aceptó verla unos meses y luego decidir si la trataría. Al entrar en el consultorio Sidonie hizo una reverencia e intentó besar su mano, gesto que él rechazó.

Un año antes, a los diecisiete, Sidy había pasado las vacaciones de verano en el hotel Panhans del Semmering austríaco, un establecimiento de lujo con peluquería, salones de juego, cotos de caza mayor, establos con caballos y canchas de croquet. Vio por primera vez a la baronesa Léonie von Puttkamer, que paseaba por los senderos de los bosques del brazo de otra mujer, en una ocasión en que escapó al jardín a escondidas de su institutriz. Se enamoró de ella de inmediato.

La baronesa, hija de una familia de la nobleza prusiana, era una bellísima cocotte que vivía en una relación triangular, o al menos eso se decía, con el matrimonio Waldmann en un edificio moderno de la Linke Wienzeile. De regreso de sus vacaciones, ya instalada en Viena, Sidonie fue presa de una ardorosa necesidad de volver a verla. Apenas conoció sus señas comenzó a perseguirla por las calles, aunque no se atrevía a hablarle. Un día de lluvia se detuvo junto a ella mientras la baronesa esperaba la llegada del tranvía Kettenbrückengasse. Al verla parada a su lado, entumecida de frío, tomándola por una colegiala de la zona, la dama le preguntó si su colegio se encontraba cerca. Sidonie le respondió con el rostro rojo de vergüenza: “El único motivo por el que estoy aquí es para verla a usted”. Esa tarde comenzó su rara amistad, tan espiritual como febril, despareja y turbulenta. Todas las mañanas la baronesa recibía ramos de tulipanes, de lirios blancos, de rosas rojas que no hacían sino acicatear un amor furioso y violentamente sexual en la adolescente.

La escena a la que Sigmund Freud alude en sus escritos sobre el caso que denomina “La joven homosexual” transcurrió en la misma ciudad de Viena un año después del encuentro en la parada del tranvía, alrededor del mediodía. Sidonie caminaba por la calle Wienzeile en compañía de su amada, que estaba paseando a su perro ovejero, cuando inadvertidamente vio a su padre conversando con un hombre en la vereda de enfrente. Ellos no podían ignorar la reputación de prostituta de lujo que pesaba sobre la baronesa. El hecho contundente de que su padre advirtiera que ella era amiga de una célebre “invertida” significaría su perdición. En ese momento creyó ver que él le lanzaba un vistazo indignado mientras le extendía la mano a su amigo en señal de despedida.

“Mi padre, ahí enfrente...”, le murmuró a Léonie, a modo de explicación antes de salir corriendo por la calle hasta perderse. Al rato volvió hasta ella, pero la libertina, ofendida, la despidió fríamente: “Todo esto sólo me arruina el humor. Ahora vete, adiós”. Las versiones sobre lo sucedido a continuación varían, pero no hay dudas de que de una manera u otra, después de recibir esta respuesta Sidonie llegó a la estación de tranvía Kettenbrückengasse y se arrojó a las vías.

LA ORQUIDEA Y EL DAMASCO

El intento de suicidio no tuvo éxito. Al día siguiente, como prenda de reconciliación, Sidy le envió a la baronesa un ramo de orquídeas rosa oscuro que le abrió las puertas del salón de tapices damasco. Léonie, recostada sobre un diván oriental, le hizo un gesto para que se sentara a sus pies y besara su mano. Sidonie lo hizo, pero sus juegos no llegaron mucho más allá de la lectura de Josefine Mutzenbacher, un libro no demasiado obsceno. Durante un encuentro posterior, en París, Léonie fue mucho más allá: aceptó que su admiradora lamiera sus guantes. En un precioso ensayo publicado en 2004 por Las12, María Moreno –con su gracia, su ironía, con su genio– apunta que “Sidy amó perramente a la baronesa pero ésta –y no es poco– la preservó como excepción y como refugio fuera de sus series libertinas.”

Freud aceptó recibirla cinco veces por semana, a las tres y media, en su consultorio de la calle Bergasse número 19. Ella juró no ver más a la baronesa, pero rompió su promesa todas las tardes, luego de las sesiones, en el café Herrenhof. Sidy mentía a su padre y también a Freud: “Puesto sobre aviso por alguna ligera impresión, le comuniqué un día que no iba a dar fe a esos sueños, que eran mendaces o hipócritas, y que ella tenía el propósito de engañarme como solía engañar al padre”, dejó él registrado en sus notas. También escribió sobre la aparente colaboración de la paciente con el tratamiento: Sidonie tenía “una férrea voluntad de imponer su modo de vida... Los paralelos con el comportamiento que tiene hacia el padre son evidentes y representan un doble obstáculo... En nuestra muchacha no era la duda, sino el factor afectivo de la venganza contra el padre, lo que posibilitó su fría reserva... Interrumpí, entonces, tan pronto hube reconocido la actitud hostil de la muchacha contra su padre...”. En septiembre de 1919 Freud sugirió que Sidy continuara el tratamiento con una psicoanalista mujer. Un año después publicó el ensayo Sobre la psicogénesis de un caso de homosexualidad femenina.

ENVUELTA SIEMPRE EN SUS PIELES

En su biografía, Sidonie Csillag la joven homosexual de Freud, las vienesas Inés Rieder y Diana Voigt revelan parte de la mitología que envolvía a la baronesa Puttkamer. Se decía que desde su infancia se complacía en azotar a los ponies de su trineo envuelta en pieles de zorro, que utilizaba a dos pececitos ubicados en su bidet como juguetes eróticos, que seducía señoras en la Pensión Elvira, donde conquistó a la dama de honor de una princesa, que intentó envenenar a su marido. Albert Gessmann, o Bertschie, solía llevarle a su esposa varones apuestos para oficiar de voyeur. Pero Bertschie no era feliz: “Yo que soy cortejado y deseado por tantas mujeres, ¡tengo que tener afición justo por aquella mujer que no me puede ni ver! ¡Y para eso debo trabajar, para eso debo mantener a esta mujer!”. Acusada de intentar envenenarlo con arsénico, la baronesa llegó, siempre envuelta en sus pieles, al Tribunal Regional de Viena. Sidy acudió como testigo: “El, que por su profesión de agrimensor trata mucho con exámenes clínicos y seguramente conoce los efectos de los venenos, puede haber introducido esta pequeña cantidad de arsénico por sí mismo en el recipiente”, declaró. Entonces Bertschie esgrimió el artículo 129 bis, que prohibía las relaciones contrarias a la naturaleza. Con el fin de impedir que fueran esgrimidas como pruebas, Sidonie sobornó a una criada para robar las cartas comprometedoras de su amada. La baronesa sabía lidiar con la ley desde su juventud, cuando debió iniciarle un juicio por alimentos a su padre. El había dejado de mandarle la pensión, acusándola de prácticas degeneradas.

De modo que no reparó en gastos a la hora de acusar a Bertschie de obseso sexual, de aludir a “posiciones de misionero” o a mencionar el laboratorio de fotos pornográficas que funcionaba en el sótano de su casa (y la inclusión de especies no humanas en el gabinete). En 1924 lo denunció por difamación, extorsión, inducción a prácticas prohibidas por el artículo 129 bis y engaño a la autoridad.

En su seminario La angustia, Jacques Lacan describió el fracaso del análisis de Freud de la “joven homosexual”. Lacan procuró mostrar que el análisis podía ser llevado más allá del punto donde Freud se había detenido: el complejo de castración. En su libro La sombra de tu perro, discurso piscoanalítico, discurso lesbiano, cuya tapa ultrasensual ostenta una foto de la baronesa recostada sobre su diván abrazando a su perro, el psicoanalista Jean Allouch apunta que cuando se publicó su texto, en 1920, Freud estaba lejos de ser neutral o inocente con respecto de lo que llamó “homosexualidad femenina”. Y se refiere a la conocida sexualidad de su hija, Anna Freud.

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