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Viernes, 14 de septiembre de 2012

ARTE

Colores menstruales

Sus remeras pintadas, sus cuentos, sus crónicas y sus unipersonales hablan a los gritos de la gente rara, del sexo explícito, pero sin explicaciones. Siempre se las arregla para presentar lo normal como algo fuera de lugar, inoportuno, medio tonto. Naty Menstrual hace eso mismo, pero ahora, colgada, en una serie de cuadros.

Siempre se expone. Ahora le hace honor a la palabra y expone cuadros. Parece que viene en broma, parece que se levanta y se va, pero todo lo contrario. Naty Menstrual dice barbaridades y las recibe con un temple de acero. Con ella da la sensación de estar siempre en un cuadrilátero, con los guantes puestos. Pero a juzgar por estos cuadros con los que va a sorprender a más de uno, está claro que se los saca cada tanto. Sube taconeando por la escalerita que lleva a su casa, y al rato baja con las obras: “Esto es algo que estuve haciendo en mis ratos libres”. Y sigue yendo y viniendo, sacando cuadros de diversos tamaños con personajes que parecen salidos de sus propios cuentos, de una noche que pasaron en su cama y ahora, testigos de cada intimidad, duermen con ella. Ser travesti, ser escritora o ser pintora son, para ella, identidades o rasgos que están al mismo nivel y eso no quiere decir que todo está mezclado, pero que sí, es imposible andar deslindando, y además, ¿para qué? “Cuando empecé a pintar, empecé a conocer un mundo distinto y eso debe ser algo de mi naturaleza, porque lo mismo me pasó cuando empecé a travestirme y cuando empecé a escribir.” Pinta con los dedos, elige los materiales que son maderas, cuerinas y plásticos que va encontrando en la calle, y se niega a responder preguntas teóricas o curiosas sobre lo que hace. “No quiero caer en el absurdo de los artistas que mandan cualquiera, filosofan sobre cualquier pelotudez. Pero se me ocurre decir que la pintura tiene vida.”

Y ya lo dijiste. Decí algo más entonces, ¿o tenés miedo al papelón?

–Van a decir que soy una loca, y es verdad. Pero la verdad, cuando vas pintando hay algo que te va dictando de qué color tiene que ser cada personaje.

¿Cuándo empezaste?

–Hace dos años empecé posta, pero desde chica dibujo. Siempre me llamó mucho la atención la plástica. Soy de quedarme colgada mirando obras en Internet o en las paredes. Me gusta ir mucho a muestras. Y con algunas obras me conecto. Es decir, siento una vibración.

¿Vibración?

–Sí, es lo que siente el que no tiene un conocimiento técnico para explicar por qué le gustan algunas pinturas y otras no. Yo a eso lo llamo vibración. Siempre tuve la sensación de que tenía ganas de volcar lo que yo escribo a algo en otra dimensión. Cuando sos marica tenés una niñez escondida. De chiquita yo estaba acostumbrada a estar sola, hacer mis collages, pegar figuritas, buscar así una satisfacción que no te da el mundo real.

¿Qué artistas te gustan?

–Yo tuve la suerte de pasar algunos años en España y ahí pude ver muchísimo. Me gusta mucho sobre todo la escultura de Rodchenko. Me encanta todo lo loco y lo colorido. Me encantan los obvios como Dalí, las caras de Picasso. Keith Haring por su colorido, pero también por su dimensión política.

¿Tienen una dimensión política tus cuadros?

–Yo pinto para sacarme algo de adentro. Y eso tiene algo de político. Conozco demasiada gente que pinta por encargo. Ese, obviamente, no es mi caso. Cuando empecé a pintar me comparaban con Basquiat. Me decían que tengo algo de él. Me gusta escuchar esas comparaciones. En la inauguración alguien me dijo que yo tenía algo picassiano. “Ay, sos muy Picasso”, me dijo. Y le contesté: “Más bien, soy muy pijazo”.

¿Qué diferencias hay entre estos cuadros y las remeras que pintás?

–En la remera está más marcada la cuestión política porque ahí sí hay frases directamente. Cosas como “Muerte a Barbie” o “Batman manicero”, frases de grupos feministas, mucho humor, desmitificación. Mis personajes de las pinturas son otra cosa: un poco tétricos, tenebrosos, pero también tiernos. Se parecen un poco a los de mis cuentos. Mi escritura es realista y cruda, y por eso mi pintura también lo es. Pero no quiero hacer realismo, sólo personajes de mi cabeza, una versión caricaturesca de los humanos. Mi pintura tiene la exacerbación de la fantasía generalizada de los hombres que buscan grandes tetas, o tetas con pijas y huevos duros, o grandes culos. Yo dibujo travestis con tetas gigantes y margaritas en los pezones, pelos larguísimos. En fin, fetiches. Los hombres que dibujo de cuerpo entero tienen mucha pija que, por peso, se les dobla y se les cae.

Se podría pensar que en tus pinturas continuás la constante referencia a lo sexual que tienen tus textos.

Yo soy provocativa desde cómo me visto. Ya sólo con eso. No es que yo crea que uno tiene que hacer cosas para provocar, pero sí para dejar pensando. Para mover algo en el otro. Mis personajes son más o menos humanos. Pero no es pornografía. A veces chocan y no entiendo por qué. Algunas personas se espantan al ver esas pijas, como si nunca hubieran cogido con un hombre o bañado a un hijo. No son sexuales. Son sólo gente inspirada en lo que veo. No hay gente cogiendo, eyaculando o teniendo sexo oral. Si prendés Tinelli un rato, vas a ver a gente que se parece mucho a la de mis pinturas. Gente que es casi una caricatura. Esos pómulos, esos labios de churrasco. No es que quiera hablar de algo sexual sino de las obsesiones de la sociedad machista. Además de las tetas grandes, las pijas grandes que, al final, son más una obsesión masculina que de las mujeres. Al fin y al cabo son ellos los que te preguntan: “¿Y? ¿Y? ¿Te gustó? ¿Te parece que la tengo grande?”

Las obras de Naty Menstrual pueden verse hasta fin de mes en Mu, Punto de Encuentro (Hipólito Yrigoyen 1440) y en Librería Fedro (Carlos Calvo 568.)

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Fotos: Lina Etchesuri y Marieta Vazquez
 
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