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Viernes, 23 de noviembre de 2012

De la amistad como forma de vida

El mundo no tan puro del teatro off y las intimidades de la amistad masculina puestas en evidencia y, además, a prueba en #SMS Somos muy sensibles

 Por Adrián Melo

En su ensayo clásico El hombre que está solo y espera, Raúl Scalabrini Ortiz dedica varias páginas a describir y a retratar la amistad masculina, considerándola parte sustancial del “ser argentino”. Define la amistad profesada por los hombres porteños entre sí como ajustes sagrados: “Ni los vaivenes de la fortuna, ni los tropiezos de las empresas, ni los malogros de las intenciones pueden destruirla”, “La amistad porteña es una caricia de varones que no se doblega ante el destino. La amistad no persigue remuneración alguna. Se da libremente. La amistad porteña es un olvido del egoísmo humano”.

Ese prototipo incondicional nacido frecuentemente en los bares porteños, alimentado muchas veces en las canchas de fútbol, en confesiones arrancadas por el alba y en otros contextos de hombres sin mujeres en donde florece lo que Eve Kosofsky Sedgwick llamaría homosociabilidad, llegó a formar parte de la mitología y el arte argentinos, llenó tan pronto páginas de letras de tango, de obras de teatro y de televisión costumbristas como obras de literatura, desde Kordon hasta Fontanarrosa, pasando por Borges y Cortázar, y recorre las comedias y los dramas populares de la cinematografía argentina, en un arco que puede ir desde Enrique Susini pasando por Leonardo Favio, Enrique Carreras hasta Juan José Campanella.

Es este espíritu el que rescata la obra de teatro #SMS. Somos muy sensibles, en la cual los textos de la primera obra de teatro escrita allá por los años setenta por Campanella y Fernando Castets llamada Off Corrientes son adaptados por el director Darío Cortés y extrapolados a los contextos actuales. Una de las preguntas que actualiza Cortés es la de si es posible hacer prevalecer esos valores de la amistad como forma de vida en épocas en donde ciertos escenarios urbanos de sociabilidad se despersonalizaron o desa­parecieron y en donde las relaciones humanas se cifran recurrentemente a partir de las nuevas tecnologías de los mensajes por celular o de las redes sociales.

Siguiendo los códigos del género, la historia es simple. En un departamento conviven dos amigos: Martín (Julián Luque), un actor formado en dramaturgia clásica, de­sempleado, que debe realizar castings humillantes en publicidades como medio de supervivencia, y Fito (Sebastián Ziliotto), un guionista de buenas ideas condenado a ser asistente (más bien cafetero) de un set de grabación. La dupla de amigos es complementada por un personaje querible y entrañable compuesto por Agustín Oberto, más preocupado por debutar sexualmente que por su profesión. Frente a los personajes obligados a relegar sus sueños bohemios y venderse al mundo de los negocios y la publicidad, se encuentra el mundo de los malvados: la novia de Martín, interpretada por Vanina Balena, muy cómoda y sensual en su personaje de Cecilia, la clásica femme fatal, sin escrúpulos ni ambages con tal de triunfar como actriz y que, como suele suceder en estos formatos, intenta separar a los amigos, y Roger Gordon, divertido debut teatral de Sacha Manzur, interpretando al muchacho mujeriego, canchero y cuyos valores neoliberales y new age se oponen diametralmente a los defendidos por los héroes de la obra.

Con un texto que, si bien por momentos dista de ser profundo, es siempre cálido y que, gracias a la adaptación y a sus propios méritos (quizá también por aquello que afirmaba Eco acerca de que si dos clichés producen risa cien conmueven) y a las buenas actuaciones (especialmente destacable la pelea climática entre los dos amigos protagonistas) produce momentos de empatía, risas y emoción en el espectador, Cortés presenta una obra que constituye a la vez un espejo del lado oscuro del teatro off, así como un homenaje a ese tópico de la amistad o, como decía Scalabrini Ortiz: “Dos amigos forman una tertulia, un mundo completo y ficticio en el que el mundo ya no es valedero”.l


Ofelia Casa Teatro. Honduras 4761. Sábados 22 hs.

Ultima función: 24 de noviembre

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