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Sábado, 30 de marzo de 2013

LUX VA A LA INAUGURACION DE LA COOPERATIVA LA PAQUITO

Estampadx por el pueblo

Degeneradx de los humildes y tan locx por los trapos como Paco Jamandreu, Lux le puso el pecho a una cooperativa textil, no dejó puntada sin hilo, ni amargo obrero sin sorber.

Alguien que no me quiere (ojo, que lxs hay) echó a rodar hace unos días una imputación canalla: “Lux es gorila”. Que yo había votado a Carrió, que criticaba la Asignación Universal por Hijo. Que proyectaba fundar una orga, “La Diabética”, para atacar a Cristina... Todas infamias. Que lo sepan mis lectorxs: Lux ha llegado a ser quien es porque siempre quiso ponerse al margen de todas las normas y todas las derechas, pero incluso las pejotistas, y porque odia la palabra honor o reputación. Si algo no me faltó nunca es sensibilidad por el pueblo, glamour involuntario y audacia vivificadora. A los que me provocan afirmando que no hay causa paqueta que me encuentre dormidx, les respondo que Lux es pueblo, sudor –y no sólo en la cópula– y su alegría es siempre antagonista de toda opresión. De clase, de género, de raza. Si alguien me ha oprimido es por consenso BDSM y en la cama o en alguna sala de cine.

Aclarado el punto, paso a contarles que estuve en La Boca en la inauguración de la cooperativa de estampados de todo tipo La Paquito (así llamada por la evitómana Paco Jamandreu, y no por Francisco, el neorromano), presidida por Diana en un local de los Putos Peronistas. Todavía llevo en la vistosa zona pectoral el obsequio de Mariano Rapetti, el más dulce de los Niños Proletarios de PP: un pin hecho en la cooperativa con la cara de la senadora Negre de Alonso derramando sus ácidas lágrimas cuando se promulgó la ley de matrimonio igualitario. Me costó adivinar esa cara porque el humo de la choripaneada y la voz con registro testicular del rosarino Juan Pablo Milito –criticaba ante un grabador esa mezquina identificación que los medios suelen hacer entre travestis y banalidad– me distraían de mi misión, que era dar testimonio de un programa de trabajo tan inclusivo, con fuerte apoyo estatal, que revolucionó ese sábado de marzo los adoquines de la calle Arzobispo Espinosa, transformada de repente en pista de tango queer, en escenario de la música de Karen Benett, en volcán murguero de lxs afro, Iara y la Noy y... en volcán de calentura de Lux.

“Acá todos somos perucas, bienvenidos los putos peronistas”, oía una voz masculina que salía de la obra en construcción junto al local de La Paquito. Lux corta mármol con los pezones cuando Eros asoma, como dice Tuli, y hay que decir que en medio de cal y cemento asomaba mi dios predilecto en la forma de un obrerazo con músculos populares, sonrisa bien administrada y dos manoplas que me ayudaron a subir un andamio para ofrecer a la mirada de lxs compañerxs activistas –y un par de vecinas octogenarias que se habían instalado en un balcón y aplaudían como teletransportadas a algún lejano Carnaval de juventud– mis últimas creaciones en paso murguero. Como siempre, Lux entró en posesión de la Gran Energía Deseante Universal y una fuente de 1000 voltios encendió el atardecer peronista. Lux lúmine lumbrosa, en pleno uso de la ebriedad, de la mano del obrerazo, se fue perdiendo en las tinieblas del futuro edificio de departamentos que una arquitecta de nombre Nilda jamás imaginó como dormitorio de albergue transitorio o pseudotetera. Nunca lo imaginó porque nunca podría ella imaginarme, queer in extremis como soy. “Nilda, la tenés adentro”, escribió el obrerazo en un cacho de pared, aunque ustedes ya sabrán quién esa noche en La Boca cobijó una considerable cantidad de carne en su interior. Salimos –obrero y Lux– a saludar en un andamio como atrio. “Acá tenés lxs pibxs para la liberación”, gritamos y las vecinas viejas del balcón nos tiraron besos mientras, calientes ellas también, se tocaban una a la otra las chochas y ya encargaban a La Paquito unos estampados queer para el abrigo de sus perros.

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