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Sábado, 30 de marzo de 2013

A LA VISTA

Cordero de Dios

La sociedad reaccionó con estupor ante la noticia de dos jóvenes gays de San Isidro agredidos por otros dos, que invocaban al papa argentino y a la monstruosidad de no poder procrear entre las razones de la golpiza. Pero ocurre que no es un hecho aislado, sólo que otras víctimas –víctimas a su vez de otras exclusiones– no llegan a los medios. Una ley de antidiscriminación vendría a poner un poco de equidad donde reina la ley del más prejuicioso.

 Por Flavio Rapisardi

La violencia tiene color. En un marco sociopolítico de fuerte puja redistributiva luego de una década de crecimiento económico, la lucha de clases y por la refundación de un país, no es un intercambio de rosas, ni bellas palabras, sino de encontronazos, movilizaciones y palabritas subidas de tono. La política es conflicto, y éste tiene su dosis de violencia enmarcada, regulada en la consigna del “vivir juntos”, muy distinta a la que se basa en el pedido de la anulación del/la otro/a.

¿Quién podrá olvidarse de esas señoronas de abundante spray que durante los últimos cacerolazos pedían la muerte de la Presidenta? ¿Y las imágenes inquisitoriales de horcas de la Solano Lima? ¿Y el llamado a la guerra de Dios contra el matrimonio igualitario?

Cuando la corpo mediática habla de crispación, violencia y hacen becerros llamados al consenso, sólo están tratando de poner en caja la política, es decir, la disputa que les pisa los talones de los privilegios que gozan desde el neoliberalismo que en el ’76 amaneció por estos lares.

En este marco de politicidad que supimos conseguir, y esperemos no se anule luego de 2015, hubo avances para la diversidad sexo-genérica: leyes y políticas públicas que marcaron un nuevo horizonte de libertad e igualdad. Y como sabemos, las leyes no sólo consagran lo que denotan sino que también tienen efectos culturales como la visibilización y la valoración que ubican a los/as sujetos en territorios de mejor vida.

Una de las leyes que aún se nos debe es la modificación de la Ley Antidiscriminatoria que todavía no incluye la orientación sexual ni la identidad y expresión de género. Parece mentira: nos podemos casar, pero pueden menoscabar nuestros derechos porque no hay ley específica que nos ampare.

De todos modos lo que les pasó el fin de semana pasado a Pedro y Agustín encuadra en el Código Penal: una violenta paliza pretextada en el papa Francisco es sólo eso, un pretexto. Si el Papa hubiese sido el fascista de Sodano, también los hubiesen fajado, porque la tilingada por más que use zapatos náuticos, pantalones pinzados y perfumes importados, si es facha, es facha: simple tautología.

Es claro que la jerarquía de la Iglesia con su troglodita diatriba creó y reproduce un clima en el que muchos/as se regodean con la idea de horcas masivas en la Plaza de Mayo, manifestación de otra violencia: la del odio tan lejano al Nazareno que sentó a su mesa a los/as expulsados/as del Templo, ese edificio comprado y vendido a las dictaduras y poderes de turno: Herodes o Videla. Ojalá Francisco se entere de que en estos lares un grupo usó su nombre e hicieron de la Palabra un cachivache. Y si Don Francisco está muy ocupado con la caterva de la curia, que algún púrpura local al que le pagamos el sueldo con nuestros impuestos (hay que reformar ya la Constitución Nacional) salga a decir que la violencia pretextada es inadmisible, antes de que tengamos que lamentar otras palizas en nombre de la biología, el sujeto freudiano o algún Dios.

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