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Viernes, 23 de agosto de 2013

ENTREVISTA

Una trans en un cuerpo de varones

Angeles Beatriz Alvarez entró a Bomberos Zapadores siendo varón. De día se calzaba el uniforme y de noche se maquillaba, se vestía de mujer y subía como transformista a un escenario. Angeles es bombera de la policía de la provincia de Santa Fe y travesti. Es una de las principales responsables de que el cuerpo de bomberos incluya hoy a muchas mujeres voluntarias. También es una de las apercibidas por denunciar, a raíz de la tragedia de Rosario, situaciones precarias y falta de materiales.

 Por Virginia Giacosa

Desde Rosario

Hija del medio de un matrimonio de clase trabajadora, nacida y criada en la zona sur de la ciudad de Rosario, Angie tiene 42 años y dos hermanas. No viene de familia de policías, ni de bomberos. Su padre trabajó en el frigorífico Swift hasta jubilarse y su mamá fue ama de casa. De chica le gustaba jugar con autitos, cohetes y camiones. Una pared de su casa no la deja mentir. Se apila en cajitas transparentes nubladas de polvillo la colección completa de las naves espaciales de La Guerra de las Galaxias.

“Me gusta la adrenalina, estar en acción, moverme de acá para allá y ayudar a la gente”, dice, mientras se mira sus uñas esculpidas, de la elección de un trabajo que es estereotipo de la masculinidad: el bombero es siempre el machote.

Entró a la Unidad Regional II de Rosario en 1998 como Walter Daniel Alvarez, nombre que hasta hoy se lee en su credencial y en su recibo de sueldo. Para sus compañeros eso importa poco: ella es Angie. La primera bombera zapadora travesti de Rosario que permitió por su condición que las mujeres pudieran ingresar al cuerpo, cosa que antes estaba prohibida.

La semana pasada –a siete días de la trágica explosión que dejó 21 muertos en Rosario– fue apercibida por denunciar públicamente la falta de materiales de trabajo y de personal. A través de una nota, le informaron la sanción según el artículo 49 de la ley provincial 12.521 por –en pocas palabras– “menoscabar a la institución bomberil”. La medida pone en riesgo su ascenso estipulado cada cuatro años. En 2013 debería pasar a sargenta primera, pero este antecedente iría a su legajo y todos subirían en el escalafón menos ella. Lo curioso de la sanción es que llegó dirigida a la “señorita Angie”, cuando en los papeles de la institución ella sigue siendo Walter.

“Es gracioso, pero a su vez me da la pauta de que me reconocen como lo que soy: una mujer”, responde mientras se delinea los ojos frente al espejo con bombitas de camarín instalado en su modesta casa.

Además de bombera, Angie colabora con organizaciones como Vox y Voluntarios contra el Sida que defienden los derechos de gays, lesbianas y trans. Junto con el Area de la Diversidad municipal organizó talleres de oficios para sacar a las travestis de la calle. “Se empezaron a dar cursos de maquillaje, costura, peluquería. Como entre las que se disputan una zona para trabajar suele haber algunos roces, yo iba a intermediaria para convocarlas a participar y la mayoría se sumaba sin problemas. Siempre tuve ganas de colaborar”, cuenta.

Pollera-pantalón

Angie siempre tuvo la idea de modificar su apariencia. Estuvo en pareja diez años y su chico no soportaba verla vestida de mujer. Por eso lo concretó al llegar a Bomberos y tiempo después de romper con aquel muchacho. “Me costó mucho. Primero trabajé en la cocina de PAMI I y luego, al entrar a la policía, se me hacía más difícil, casi imposible, pensar en esa posibilidad.”

Cuando todo comenzó, en 2005, Angie ya tenía el pelo largo y las cejas bastante depiladas. Sus compañeros sabían que era gay y los más cercanos conocían su secreta afición por el transformismo. En ese tiempo, si iba de visita a la casa de su familia, se ponía ropa ancha y suelta para que no se le marcara el incipiente contorno.

“Ya me venía hormonizando para que el pecho se estirara y así poder ponerme las prótesis. Se me notaba que iba teniendo algunas curvas, pero me daba vergüenza mostrarlas”, relata.

Travestis amigas le habían hablado del famoso Perlutal para aumentar las hormonas femeninas, pero tuvo miedo de arruinarse el cuerpo y esperó un poco. Cuando la Municipalidad de Rosario abrió el Consultorio Trans –el primero en todo el país en atender gratis y por nombre de género a las travestis–, comenzó el tratamiento. Ahí, un médico clínico le recetó las hormonas que sabe que deberá tomar de por vida para sostener el cambio deseado.

Más tarde vinieron las cirugías. Se operó la nariz, se puso rellenos faciales en pómulos, labios y frente, con láser se quitó la barba y los pelos de la cara y se hizo las tetas que hoy luce con orgullo debajo de la remera negra apretadísima con la insignia dorada de la policía. Como las hormonas las empezó a tomar de grande, lo único que no le cambió fue la voz, que no se afinó casi nada. Desde hace un tiempo forma parte del coro de Empleados de Comercio, donde dice que la ayudan a ejercitarla. Le gusta cantar, pero aprovecha esos ejercicios para suavizar el tono.

Pasaron dos años hasta que asumió el cambio de género en el cuartel. Recién en 2007 terminó esa transición en que su aspecto andrógino empezó de a poco a tomar forma de mujer. Todavía recuerda cuando iba a trabajar fajada, con la gorra puesta y el pelo atado por miedo a levantar más sospechas de las que ya recaían sobre su apariencia.

“Hacer shows era la excusa para vestirme de mujer. Una vez que cambié mi imagen externa, abandoné las presentaciones”, explica ahora que acaba de cumplir 15 años en la fuerza y va a trabajar con las uñas pintadas de azul, el pelo rubio planchado y los pechos desmesurados bajo el uniforme.

El cambio, que para ella y sus compañeros era algo esperado, no fue digerido así nomás por sus jefes. Luego de oficializar su nueva identidad, entró en una depresión y pidió realizar tareas administrativas. Como iba vestida de civil, se dieron cuenta de que lo suyo era un poco más que ser gay y enseguida le llamaron la atención.

“Me pidieron que me corte el pelo a lo americano como mis compañeros y que no usara ropa femenina”, recuerda. Durante un tiempo las represalias de las autoridades se hicieron frecuentes y la recluyeron a tareas administrativas. No la dejaron salir por un tiempo. Nadie podía verla.

“Me decían que no había lugar para mí. Trabajaba encerrada en el comedor, no podía salir a la calle. La gente no me podía ver.” Entonces mandó una carta reclamando la tarea administrativa que le habían asignado. Y después de dos meses volvió a trabajar como antes.

Su familia la apoyó en la decisión, pero al comienzo el camino también tuvo algunas espinas. Una de las cosas que le dijo su mamá fue que no podía llamarla con un nombre de mujer porque al nacer le había puesto uno de varón. “Poneme uno de mujer, entonces”, le rogó Angie. Y la madre eligió Beatriz, el segundo nombre que hoy aparece en el documento que recibió luego de que en 2012 se aprobara la ley de identidad de género.

La bomba atómica

Gracias a Angie, a la institución pudieron ingresar mujeres, algo que no había ocurrido en toda la historia. Primero llegó una tanda de 20 chicas y ahora suman unas 35 las que forman parte del Cuerpo de Bomberos Zapadores de Rosario. “Era un ambiente muy machista, más que la policía. No tomaban mujeres porque decían que tenían que tener dos baños y dos piezas, mientras que en la comisaría se trabajaba igual y se compartían esos espacios sin ningún problema”. Con las primeras chicas en el destacamento, al jefe no se le pasaba por la cabeza que podían cumplir las mismas tareas que los varones. Si había un incendio, tenían la costumbre de llevar sólo hombres. Por eso, cuando Angie estaba a cargo, aprovechaba para sacar a las mujeres a la calle para apagar un incendio, realizar un rescate o levantar un cadáver.

“A la hora de la siesta, cuando ellos se iban a dormir, salía con ellas. ‘Vamos el plantel femenino’, les gritaba”, cuenta entre risas.Todas las tareas que hasta ese momento hacían sólo los varones las empezó a hacer junto con las chicas para demostrar que todas podían. “Cuando estamos en medio de un incendio lo único que nos queda descubierto son los ojos. Debajo del casco y el traje somos todos iguales. Si te lo sacás, la gente te agradece y un poco se sorprende de que seas bombera”, agrega.

Desde 2011, la ministra de Seguridad de la Nación, en ese entonces Nilda Garré, ordenó que se respete la identidad de género en las fuerzas policiales y de seguridad, y que las personas trans puedan usar vestimenta femenina. Esa normativa hace que pueda usar pollera, algo que no la deslumbra demasiado y menos para entrar al cuartel.

“Es más incómoda si hay que subir, correr, saltar.” Para ella no hay que uniformarse para sentirse chica. Como tampoco el monigote con pollera o pantalón que reluce en la puerta de los baños determina con claridad adónde hay que entrar. No necesita de una falda para verse mujer. Pero sí quiere que la nombren como quien ella es. Y ésa es la deuda pendiente. En su credencial y en su recibo de sueldo, al lado de la foto femenina donde su nombre sigue siendo de varón, ella quiere el de mujer. Angie.

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Imagen: Andres Macera
 
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