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Viernes, 20 de septiembre de 2013

MI MUNDO

Gas no tóxico

Hélène Hazera es una legendaria periodista del diario Libération, actriz y activista trans, amiga de otras leyendas francesas como Copi, Michel Cressole, Guy Hockengheim. Con el humor y la virulencia de los años ’70 que la vieron brillar y recibir cachiporrazos
de la policía, dispara sus famosos pedos contra algunas taras del presente.

 Por Guillermo Bravo

Cantando por las calles del Marai, después recitando poemas de García Lorca y recordando canciones chinas, Hélène se prepara para la entrevista. Dice que es un termómetro de boludos: cuando se presenta en el Metro o va al supermercado, nadie queda indiferente. Hélène Hazera es uno de los máximos referentes del activismo trans en Francia. Muchos la creen judía o árabe, pero su nombre es un compuesto entre “el sonido más parecido a lo que quería ponerme mi madre, y sin a”, y un apodo que le dio un amigo, él sí, árabe: Hélène suele tirarse pedos, por lo que este chico la llamó hazera (podríamos traducirlo como “pedorra”) y ella lo adoptó. “Mi padre venía de una familia de banqueros arruinados, su madre era lesbiana y heroinómana. Mi madre venía de la pequeña burguesía de artistas. Se conocieron por la resistencia. De la parte de mi padre viene un gen bipolar. Mi hermana se suicidó hace un año. No me queda más que mi hermano, que me envía mails de odio: ‘Maricón, eunuco, vaso de huevos HIV’. A mí me echaron de la familia en el momento en el que estaba más frágil. Su rechazo me tiró al piso. He perdonado.”

Fue amiga de Copi, de Michel Cressolle, de Guy Hockengheim. Pasó de trabajar en las veredas de Pigalle a ser periodista en Libération, uno de los diarios de mayor prestigio en Francia, y fue una de las principales activistas trans del FHAR (Front Homosexuel d’Action Révolutionnaire); actualmente dirige un programa sobre canciones en Radio France International.

Después de pasear por las calles de París, vamos a su departamento para continuar la entrevista: una sala repleta de libros y discos entre los que hay que caminar con cuidado para no estropear algún tesoro, se entrevé la puerta del baño y la cocina, en la que flota la vajilla sin lavar. Discos y más discos, el de Marie France, que supo encandilar a Copi y en el que se basó para crear el Marilyn de Le Bal des Folles, muchos discos de música árabe.

¿Cómo comenzó la militancia trans?

–No me gusta la palabra militancia, parece demasiado militar. Prefiero activismo. Hay muchas formas de activismo. Salir a la calle, escribir comunicados, ir a tirar sangre falsa en las fachadas de los ministerios, trabajar las carpetas con los ministros. Y también simplemente negarse a ser otra cosa que uno mismo, negarse a vivir en la mentira, escondiendo lo que no debería esconderse. A veces los artistas hacen más que los militantes. Nietzsche dice en Aurora: “No grandes principios, pequeños actos anticonformistas”.

¿Y usted, cómo empezó a animarse a ser usted misma?

–Es difícil responder. Ya no recuerdo a qué edad comencé a ponerme los vestidos y los tacos altos de mi madre cuando estaba sola en casa; sin embargo, en mi adolescencia identifiqué primero a la homosexualidad con la loca. Jean Genet me revolucionó con Nôtre-Dame des fleurs. En la secundaria iba maquillada a clase. Me uní al FHAR a los 19 años, hicimos un conjunto de locuras que según parece dejó su huella: era cualquier cosa y era gracioso. Nos reímos de los izquierdistas, eran tiempos de los castristas, de los maoístas, un horror total. Un año después, algunos empezaron a tomar hormonas y la cosa cambió.

Usted sigue siendo una activista hoy en día. ¿Qué cosas cambiaron en el activismo homosexual?

–¡Era divertido, divertido, divertido! ¡Nos ligábamos golpes de cachiporra! Y éramos unos cirujas. La gente que estaba en el FHAR era brillante, no arribistas. Ahí encontré amigos que duraron para toda mi vida... Recuerdo una manifestación en la que yo me había disfrazado de Eva Perón (una Eva Perón en vestido cocktail ’50 que bailaba french cancán), un amigo vestido en enfant de choeur anunciaba por megáfono el casamiento de Joséphine Baker y Alain Krivine (el líder trotskista), otro con un impermeable de voyeur y can-can se había subido a una pissotière y arengaba a la gente desde allí.

Pero se ha avanzado en la lucha contra la discriminación.

–La generación anterior a la mía –aparte aquellos que vivían la vida dorada de los cabarets– vivió el infierno. Eran parias. La policía era muy violenta. Muchos terminaron en prisión. Si yo cuento, el 70 por ciento de mis amigas de juventud ha muerto. Suicidios, sida, sobredosis, asesinatos. Pero mi generación ha vivido una especie de epopeya, algunas han escapado del cabaret y la prostitución para entrar al mundo del trabajo. Hoy, comparado con lo que yo he vivido, hay una gran diferencia. Lo que yo veo era inimaginable hace treinta años. Pero quedan aún muchos en el margen, en la prostitución, los inmigrantes, no hay que olvidarlos. Y también yo lucho para que los artistas sean tenidos en cuenta, he hecho una serie de videos en los que los trans son siempre mostrados como modelos, nunca como artistas.

Usted hizo su transición poco después de Mayo del ’68. ¿Piensa que es más difícil hoy en día?

–Cuando yo hice mi transición no había ninguna estructura para los trans. De alguna manera éramos más libres. Pero es una trampa. Las costumbres evolucionan muy rápidamente. En Francia, la sociedad ha evolucionado mucho. Ahora los políticos tienen que seguir a la sociedad civil.

¿Qué es lo que usted llama en un artículo “la emergencia de la militancia trans”?

–Hubo un período heroico en los años ’60 en donde había que organizar la compra de hormonas, las depilaciones, los envíos de personas a los cirujanos extranjeros. Todo eso fue prohibido. Había una asociación, la Amaho, presidida por un ex resistente devenido mujer. Después han aparecido en Francia pequeñas asociaciones que no han durado mucho porque después de la transición las activistas desaparecían para vivir una vida anónima. En el año 2000, una pequeña célula salida de Act Up Paris, el GAT (Groupe Activiste Trans) cambió el panorama con métodos ofensivos: bloquear los ministerios, interrumpir el congreso de “especialistas trans”. ¿El objetivo? Obtener la des-psiquiatrización, y eso fue obtenido.

En aquellos años de su propio activismo heroico usted era amiga de personas como Copi, Hockengheim, Cressole...

–Cressole me salvó la vida. El me hizo entrar en Libération en 1978. El sabía que a mí me gustaba escribir. Estaba feliz de que yo viva una parte de él mismo que él no podía asumir. Era un príncipe del periodismo en París. Hablaba naturalmente de sus gustos. En esa época leer en un diario artículos en donde un periodista elogiaba la boca de un presentador de telé chocaba... Era extremadamente culto, curioso, interesado por los derivados de la cultura africana. Hockengheim estaba muy ligado a Cressole. Era el más brillante de todos nosotros y una especie de líder para la prensa. Evidentemente se debe releer Le désir homosexuel y su capítulo “Anus et capitalisme” con distancia... Guy tenía mucha energía, era un gran trabajador. Yo estoy muy contenta de que uno de los que atacaron a la hipocresía sexual en los años ’80 haya luchado en los años de Mitterrand con los “izquierdistas devenidos notables”, pero no se lo han perdonado. Guy era el amante de Copi y era muy raro verlos juntos. Copi, el artista egoísta con antimilitancia que, sin embargo, atacaba más ferozmente al sistema con su humor y su poesía. Copi podía comportarse como una basura, pero te hacía reír; y uno perdona todo a quien te hace reír.

¿Por qué dice eso de Copi?

–Bueno, podía ser falso o cruel, con críticas muy agudas a personas cercanas. Pero es parte de su personaje y de su inteligencia.

¿Por qué odia el término “queer”?

–No es el término sino los adeptos a la teoría queer lo que yo odio, sobre todo los universitarios, siempre dispuestos a desarrollar grandes teorías, pero nunca a ocuparse de temas prácticos, como el sida o la precariedad, por ejemplo. Llegan, saben todo, van a explicarnos todo, hablan en lugar nuestro. Nos han dividido mucho.

¿Por qué no le gusta el trabajo de Andy Warhol sobre las trans?

–Porque las utiliza como monstruos de feria. Jackie Curtis, que escribió el guión de Women in Revolt, ni siquiera fue invitada a la première de la película. Tenía miedo de que ellas se portaran mal con los millonarios. Pero él tiene el mérito de haberlas filmado.

¿Cómo cambió el rol de los militantes desde los años ’70 hasta ahora?

–Entrevisté a un músico de los años ’70 y me dijo: “En aquel tiempo tomábamos ácido y así subíamos al escenario. Para mí todavía la acción política es gritar, empujar, llamar la atención, desnudarse, improvisar canciones, enviar panfletos... y coger”. Nuestro único vínculo con el poder eran los policías que nos golpeaban. Hoy nos reciben en los ministerios, somos más escuchados, podemos obtener ciertas cosas, todo es más estratégico. Ahora hay que decir que aquí tenemos la homocracia y la sidocracia, gente que se sirve de eso.

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