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Viernes, 20 de diciembre de 2013

ENTREVISTA

El Cupido intratable

Franco Torchia viene con un trío de almas inspiradoras: André Gide, Michel Foucault y Roberto Galán. Además lo marcan los altoparlantes de su Ensenada natal y la voz de su madre. Graduado en Letras y panelista de Intratables, también es la voz y el corazón de Cupido, el programa que en 2003 fue pionero en uniones igualitarias. Cuenta todo o casi todo, ya que lo personal no es sólo político, sino materia prima de su producción.

 Por Adrián Melo

Hace unos meses, hablaste sobre tu sexualidad en una revista de espectáculos. ¿Por qué lo hiciste?

–Vengo de vivir una serie de años de profundísimas e importantísimas transformaciones internas, casi todas en el ámbito de la sexualidad, y me pareció natural darles un correlato público. Las transformaciones internas son casi todas promovidas por la sexualidad. Ojalá a mí me hubieran contado todos los comunicadores que consumí, que consumo, quiénes son, a quiénes desean, con quién se acuestan y cómo viven. Mi vida hubiera tenido un panorama infinitamente más transparente en relación con la comunicación. Por todo eso lo hice.

Tengo entendido de que después te separaste. Pero en esa misma entrevista aludías al hecho de que tu hija tenía una hermosa relación con tu novio. ¿Cómo es la experiencia familiar “diversa”?

–No, ya no estoy más separado (risas). Me separé hace un tiempo de aquella persona con quien estuve durante casi tres años y con quien nunca conviví. Mi hija se llama Teresa, tiene cinco años y comparte vivienda con su mamá y con el novio de su mamá. Y en parte vive conmigo y con Tomás, que es mi novio y con el que elegimos convivir. En este preciso momento Tomás y Teresa están en plena fase de descubrimiento. Teresa crece en la diversidad, en la variedad, hablamos sobre nuestras vidas privadas con ella sólo en la medida en que ella nos pregunta, acompañamos su propio proceso de descubrimientos y le decimos la verdad. Mi preocupación es, cuando empiece la primaria, encontrar una escuela lo suficientemente capacitada para acompañar esta realidad familiar. La escuela es la asignatura pendiente en la sociedad argentina. Siento que nada de lo que hago sirve si no cuento esto. Por un lado porque la noción de intimidad, tal como el siglo XIX principalmente quiso que entendamos, ya no existe. Tenemos que empezar a buscar otros conceptos. Por otro lado, creo que lo personal es hoy ciento por ciento político, por eso acá estamos. Y siento muy necesario decir que hoy estoy muy feliz con mi familia, con mi hija y con Tomás, del que estoy plenísimamente enamorado. Y que llegó a mi vida para mejorarla.

Para muchos gays, la literatura, así como el cine, fueron espacios que hicieron que no se sintieran tan solos o que ayudaron a moldear sus deseos. ¿Cómo influyó la literatura en tu vida, en relación con la sexualidad y qué lugar podés darle hoy a tu formación en tus trabajos?

–Me encanta el triunvirato Balzac-Stendhal-Flaubert, creo que ellos lo dijeron todo en materia de amor y exploraron las diferentes formas de las sexualidades. También leí mucho a Gide, sobre todo desde Los alimentos terrenales, ese canto a la vida y al cuerpo. En cuanto al pensamiento, nada volvió a ser igual para mí después de Foucault. Necesito decirlo porque necesito volver a él todo el tiempo. A él y a Borges.

Fuiste y sos la voz, el conductor, el guionista de Cupido, un verdadero fenómeno del amor. ¿Qué aspectos positivos y negativos encontrás en el programa?

–Una cosa fue el Cupido aquel de 2002 y 2003 y otra el de hoy. Comencé a hacerlo cuando tenía 24 años y hoy tengo 37. Fue un programa súper radical en aquel momento, inclasificable, muy arriesgado, de bajísimo presupuesto, un programa de la crisis. Era un programa muy complejo, con posibilidad de múltiples lecturas. Es tan sólo una cita a ciegas. Pero también opera en algún momento como reflejo de los imaginarios del amor y de la pareja. Qué hay en las cabezas de los jóvenes y de los adolescentes o qué había en el 2001 en las cabezas de los adolescentes. Al mismo tiempo tiene lo peor del entretenimiento televisivo muy condensado pero es muy misterioso. Porque, entre otras cosas, es misteriosa la figura del conductor. Al mismo tiempo es esquemático, se basa todo el tiempo en tres o cuatro planos y eso junto a la voz en off es lo que lo ha distinguido siempre. Esa absoluta precariedad en materia de elementos.

Esa voz de Cupido es maliciosa...

–Es tan maldito como puede llegar a ser mi madre por momentos. Empecé a entender a partir de Cupido la influencia que tuvo en mi vida mi madre y, ligada a ella, la enorme cultura de altoparlante, porque crecí escuchándolos: los de los botelleros en mi Ensenada natal, los de la radio local que funcionaba desde un zaguán, los de la cancha de Defensores de Cambaceres a la cual me llevaba mi padre, los altoparlantes del club YPF donde intenté en algún momento hacer gimnasia artística y deportiva. Y mi madre, yo viendo a Roberto Galán. Mi mamá queriendo que yo fuera médico, abogado o contador. Más Galán, siempre Galán. Todo eso elaboradísimo dio como resultado Cupido.

A Roberto Galán se le reprochó y también se le festejó como parte de su encanto cierta socarronería, algo de burla en su relación con el público. Algo de ese espíritu aparece sin duda en Cupido. ¿Sentiste que se burlaban de los participantes?

–No. Cupido es un malvado desde donde lo mires. El es atroz. Es venenoso. Es el Cupido de El asno de oro de Apuleyo. Es esa versión del mito griego, grecorromano. Es una basura. Al mismo tiempo creo que es un programa naïf al lado de Cuestión de peso. Hay un pacto entre los participantes y yo, quien les habla; digamos que es un pacto de diversión y completamente simétrico, no opera ninguna oscuridad, ninguna intención. Hay una conciencia de parte de ellos de que soy capaz de ciertas maldades desde el personaje y ellos más pasivos o menos pasivos, pueden a veces contestarme. Pero es increíble cómo eso de la divinidad malvada es respetado, pesa en la escena. Quizá me vieron 30 segundos antes, pero entramos ahí y empieza el juego y el juego tiene esas reglas.

Podríamos decir que la primera unión gay de la televisión argentina ocurrió en Cupido...

–Fue exactamente en marzo del 2003 a las 18, en vivo, lo cual no dejó de traer problemas. La Iglesia se molestó. Grupos católicos de los cuales no recuerdo el nombre me amenazaban por mail. Un día me fueron a buscar a la puerta del canal, me acuerdo. Farinello hizo un raid mediático quejándose. La estructura del programa dice que la pareja formada se tiene que dar un pequeño beso, lo que comúnmente se denomina piquito al final. Entonces eso fue en su momento un debate nacional. Es increíble, cuántos años pasaron. En términos históricos doce años no es nada, pero es importante todo lo que pasó en el país en esos años.

Alguna historia de pareja que recuerdes o que particularmente te impactó de Cupido en relación con las diversidades sexuales...

–Fue una relación gay entre, por un lado, un chico musculoso que trabajaba medio de patovica, medio de seguridad y del otro lado un peluquero. El peluquero –no me gusta referirme en esos términos a él pero no recuerdo el nombre y es más fácil para el relato– estaba muy enganchado, y el musculoso lo trataba con mucho desdén. Y el peluquero hizo un intento muy grande por solidificar aquello que Cupido había contribuido a unir y que el destino cantado desunió. Resultaba interesante porque ponía en evidencia toda la cadena de prejuicios y de estereotipos muy disueltos pero que todavía existen hoy dentro de la comunidad gay. Por empezar, esa ridiculez del rol del activo y del pasivo. Esa clasificación que habría que borrar y que a esta altura debería ser una doctrina nacional.

¿Cómo convivís con la frivolidad de un programa como Intratables?

–Yo no le tengo ninguna desconfianza, ni ningún rechazo a los temas instalados en el mundo del espectáculo. Antes de Intratables trabajé en Fundación Proa en el departamento de prensa y antes, en la Revista Ñ.

¿Y?

–Si una experiencia me dejó haber transitado esos espacios es que nada de lo que me interesa en términos de comunicación es posible desde lugares tan restringidos, tan apartados. El otro día, Hernán Brienza se refirió en Intratables al hecho de que “acá no hay ninguna persona con título”. Yo me reí. Mi inclusión en Intratables tiene que ver con eso. Soy y me siento portavoz de una minoría en el programa. Hablo desde un contexto minoritario donde mi voz resuena desde un lugar minúsculo. Rodeado en la adversidad. Me estimula y además me siento muy acompañado tanto por Santiago del Moro, como por parte del equipo de producción.

¿Lo elegiste o te salió?

–A mí me hubiera sido más fácil jugar con los bordes, aparecer un sacado por más que no lo sea. Construir un personaje desde ahí. Creo que existe la tradición de que el comunicador que abiertamente ha contado su sexualidad lamentablemente está vinculado al escándalo, muy vinculado a los fuegos artificiales o a personas como Fernando Peña, a quien admiro sobre todo su trabajo radial. Pero el imaginario que perduró sobre él es el del que aparece siempre fuera de registro. El programa necesita que polemicemos, debate, pero elegí el debate sin escándalo. Para mí el desafío es ir a un programa todas las noches, con rating, con ese nivel de conducción y en este contexto elaborar un pensamiento y hablar. Es más desafiante que si estuviera con Cristina Mucci los sábados hablando de libros a las 7 de la mañana. No soy eso sólo. Soy mucho más complicado.

¿Cuál es tu programa ideal, el programa que te gustaría hacer?

–Yo me quiero casar ¿y Ud.?

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Imagen: Sebastián Freire
 
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